17/10/11

PARA QUE ÉL REINE

De Jean Ousset
 
CRISTO REY


" Cuanto mayor es el indigno silencio con que se calla el dulce nombre de nuestro Redentor en las conferencias internacionales y en los Parlamentos, tanto más alta debe ser la proclamación de ese nombre por los fieles y la energía en la afirmación y defensa de los derechos de su real dignidad y poder."
S.S.Pío XI, Quas primas

CAPÍTULO I

Alfa y Omega



CRISTO REY, AUTOR Y FIN DE LA CREACIÓN

« En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y et Verbo era Dios. El estaba en el principio en Dios. Todas las cosas han sido hechas por El y nada de lo que existe ha sido hecho sin El » (1).


Pero si es principio del universo, el Verbo es también su Fin.

« Nada tiene esto de extraño escribe Dom Delatte (2). La primera « causa eficiente es también la última causa final; la armonía de las cosas quiere que el Alfa sea el Omega, principio y fin, y que todo se termine y vuelva finalmente a su primer principio. ¿Cómo no había de ser el heredero y el término de los siglos Aquél por quien los siglos comenzaron?»

Ya desde el segundo versículo de su Epístola a los Hebreos, San Pablo lo enseña vigorosamente. « Los términos son de una rigurosa precisión; nunca se ha hablado de este modo: es el mismo Hijo de Dios quien ha hecho los siglos y en quien los siglos terminan como en el heredero de su obra común: en verdad han trabajan, para El... » (3) «y que todas las cosas se acaben en El, que en el encuentren su término y su consumación, proviene de que el Padre le ha instituido heredero de todas las personas y cosas. Filiación y herencia van juntas: la una es consecuencia de la otra. Pero esta concepción de la herencia no quiere tan sólo decir que las almas y los pueblos son suyos; significa igualmente que toda la historia se orienta hacia El, que es el término de la creación, pero también « de la historia, que los sucesos se encaminan hacia El, que es el heredero del largo esfuerzo de los siglos, y que todos han trabajado para El.

¿Acaso Sócrates, Platón y Aristóteles no han pensado para El? ¿Es que la Iglesia no ha venido, a su hora, para recoger como bien suyo, como una riqueza preparada por Dios para ella, todo el fruto de la inteligencia antigua? ¿Para quién sino para la Iglesia, han hablado la ley y los profetas, la religión judía se ha desarrollado, las escuelas socráticas han discutido, la escuela de Alejandría balbuceado su « logos », los pueblos se han mezclado, los judíos han sido puestos en contacto sucesivamente con todas las grandes monarquías, el Imperio Romano adquirió su poderosa estructura?

El Señor es el heredero de todo; a El, primero en el pensamiento de Dios, se han ordenado todas las obras de Dios» (4).

Esto es lo normal, lo prudente. Porque un querer perfectamente ordenado quiere, desde el comienzo, el Fin (5). El orden consiste, pues, en que todo el universo gravite hacia el Verbo como hacia su término.

Y el Verbo, es Jesucristo nuestro Señor.


Dios quiere primero Su gloria.

«Dios quiere crear porque quiere Su glorificación fuera de Sí mismo. Y queriendo Su glorificación exterior, El quiere, en primer lugar y principalmente, lo que, en la historia actual de la humanidad es el primero y universal medio de procurarla: la Encarnación Redentora, obra de Cristo, cumplida con la cooperación de Su Madre. Así Jesús y María son principalmente queridos por Dios como aquellos de quienes dependen todas sus otras obras... Tienen sobre la Creación « entera la preeminencia y una verdadera realeza... (6) .

Frecuentemente se representa al Creador en la obra de los seis días, trabajando en función del hombre... Esto es cierto. Pero el primer hombre y la primera mujer para quienes prepara estas maravillas no son Adán y Eva, son Jesucristo y María.

En la historia del mundo, Adán y Eva están bajo la dependencia de Jesús y de María, por quienes ellos y sus descendientes han recuperado la Gracia. Jesús y María son, en efecto y en el orden actual de las cosas, los primeros en la intención divina y las verdaderas cabezas de la humanidad » (7).

CRISTO ES REY


Por tanto, Jesucristo es Rey.

«No hay—escribe Monseñor Pie—ni un profeta, ni un evangelista, «ni uno de los apóstoles que no le asegure su cualidad y sus atribuciones de rey. »

«Un niño nos ha nacido y un hijo nos ha sido dado », escribe Isaías en su visión profética. « El imperio ha sido asentado sobre sus hombros... » Daniel es aún más explícito: « Yo miraba en las visiones de la noche y he aquí que, sobre las nubes, vino como un Hijo de hombre; él avanzó hasta el anciano y le condujeron ante él. Y éste le dio el poder, gloria y reinado, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominación es una dominación eterna que no acabará minea y su reino no será nunca destruido... »

Pero en este sentido podría invocarse toda la Sagrada Escritura y la Tradición toda. La unanimidad es absoluta.

«Príncipe de los reyes de la tierra» le llama San Juan en el Apocalipsis, y sobre sus vestiduras como sobre El mismo, pudo leer el Apóstol: «Rey de los reyes y Señor de los señores. »

CRISTO ES REY UNIVERSAL


Por tanto, Jesucristo es Rey.

Rey por derecho de nacimiento eterno, puesto que es Dios...

Rey por derecho de conquista, de redención, de rescate.

Y esta realeza se comprende que es universal. Nada, en efecto, puede ser más universal, más absoluto que esta realeza, puesto que Cristo es, El mismo, el principio y el fin de toda la Creación.

Para que no quepa duda alguna, no obstante, Nuestro Señor se cuidó de precisar: «Omnia potestas data es mihi in coelo et in térra.» «Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra.»

En el cielo y en la tierra..., que es como decir: en el orden sobrenatural y en el orden natural.

«Ahí está efectivamente, escribe Monseñor Pie, el nudo de la cuestión... No olvidemos ni permitamos que se olvide lo que nos enseña el gran Apóstol: que Jesucristo después de haber descendido de los cielos, ha ascendido a ellos, a fin de cumplir todas las cosas: ut impleret omnia. No se trata de su presencia en cuanto Dios, puesto que esta presencia ha existido siempre, sino de su presencia como Dios y hombre a la vez. De hecho Jesucristo se halla, desde entonces, presente en todo, así en la tierra como en el cielo; llena el mundo con su nombre, su ley, su luz, su gracia. Nada existe fuera de su esfera de atracción o de repulsión; ninguna cosa, ni ninguna persona, pueden serle del todo extrañas e indiferentes; se está con El o contra El; ha sido colocado como piedra angular: piedra de edificación para unos, piedra de tropiezo y de escándalo para otros, piedra de toque para todos. La historia de la humanidad, la historia de las naciones, la historia de la paz y de la guerra, la historia de la Iglesia sobre todo, no es sino la historia de Jesús que todo lo colma: ut impleret omnia » (8).

«Ni en su persona, ni en el ejercicio de sus derechos, puede ser Jesucristo dividido, disuelto, fragmentado; en El, la distinción de las naturalezas y de las operaciones no puede ser jamás la separación, la oposición; lo divino no puede repugnar a lo humano, ni lo humano a lo divino. Al contrario, El es la paz, la aproximación, la reconciliación; es el engarce que de dos cosas hace una... Por eso San. Juan nos dice: « Todo espíritu que disuelve a Jesucristo no es de Dios, sino que es justamente ese anticristo de quien habéis oído que está para llegar y que al presente se halla ya en el mundo...» Así cuando yo oigo, concluye Monseñor Pie, ciertos rumores que crecen, ciertos aforismos que prevalecen de día en día y que introducen en el corazón de las sociedades, el disolvente bajo la acción del cual debe perecer el mundo, lanzo este grito de alarma: guardaos del anticristo» (9).


CRISTO ES REY TODOPODEROSO


Sí, todo poder ha sido dado a Cristo en el cielo y en la tierra.

Esta verdad está en la base misma del catolicismo.

La encontramos en las epístolas y los discursos de San Pedro. La volvemos a encontrar, subyacente en toda la enseñanza de San Pablo. Su fórmula «non est potestas nisi a Deo», no es, en el fondo, otra cosa que la expresión de la misma idea, de una manera más particular.

Jesucristo ha pedido y su Padre le ha concedido. Todo desde entonces le ha sido entregado. Está a la cabeza y es el jefe de todo, de todo sin excepción. « En El y rescatados por su sangre», escribía San Pablo a los Colosenses (10), «tenemos la redención y la remisión de los pecados; que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en El fueron creadas todas las cosas del Cielo y de la Tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades; todo fué creado por El y para El. El es anterior a todo y todo subsiste en El. El es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. El es el principio, el primogénito de los muertos; para que tenga la primacía sobre todas las cosas. Y plugo al Padre que en El habitase toda plenitud de la divinidad y por El reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su Cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo en Jesucristo Nuestro Señor». Tal es la enseñanza del Apóstol.

«No establezcáis, pues, en modo alguno excepción allí donde Dios no ha dejado lugar a la excepción, exclama monseñor Pie. El hombre individual y el jefe de familia, el simple ciudadano y el hombre público, los particulares y los pueblos, en una palabra, todos los elementos de este mundo terrestre, cualesquiera que sean, deben sumisión y homenaje al nombre de Jesús».

CRISTO ES REY DE LAS NACIONES


Jesucristo rey universal... y, por tanto, rey de los reyes, rey de las naciones, rey de los pueblos, rey de las instituciones, rey de las sociedades, rey del orden político como del orden privado.

Después de lo que se acaba de decir, ¿cómo se concibe que pueda ser de otro modo?

Si Jesucristo es rey universal, ¿cómo podría esa realeza no ser también realeza sobre las instituciones, sobre el Estado: realeza social? ¿Cómo se la podrá llamar universal sin ella?

Si las discusiones son tan vivas sobre este punto, es porque tocamos el terreno de aquel a quien la Escritura llama precisamente «el príncipe de este mundo». He aquí que perseguimos al dragón hasta su último reducto, que lo acosamos donde pretende hacer su guarida... ¿qué hay de extraño que redoble la violencia escupiendo llamas y humo para intentar cegarnos?

¡Cuántos se dejan engañar!

«Hay hombres en estos tiempos, observaba ya monseñor Pie, que no aceptan y otros que sólo aceptan a duras penas los juicios y decisiones de la Iglesia... ¿Cómo dar el valor de dogma (dicen o piensan) a enseñanzas que datan del «Syllabus» o de los preámbulos de la primera constitución del Vaticano?

Tranquilizaos, responde el obispo de Poitiers, las doctrinas del «Syllabus» y del Vaticano son tan antiguas como la doctrina de los apóstoles, de las Escrituras... A quienes se obstinan en negar la autoridad social del Cristianismo, San Gregorio Magno da la respuesta (11). En el comentario del Evangelio en que se cuenta la Adoración de los Magos... al explicar el misterio de los dones ofrecidos a Jesús por estos representantes de la gentilidad, el santo doctor se expresa en estos términos:

Los Magos—dice—reconocen en Jesús la triple cualidad de Dios, de hombre y de rey. Ofrecen al rey oro, al Dios incienso, al hombre mirra. Ahora bien—prosigue—, hay algunos heréticos: sunt vero non nulli hoeretici, que creen que Jesús es Dios, que creen igualmente que Jesús es hombre, pero que se niegan en absoluto a creer que Su reino se extiende por todas partes: sunt vero nonnulli hoeretici, qui hunc Deum credunt, sed ubique regnare nequaquam credunt.

Hermano mío, continúa Monseñor Pie, dices que tienes la conciencia en paz, y al aceptar el programa del catolicismo liberal, crees permanecer en la ortodoxia, ya que crees firmemente en la divinidad y humanidad de Jesucristo, lo que basta para considerar tu cristianismo inatacable. Desengañaos. Desde el tiempo de San Gregorio, había «algunos heréticos» que, como tú, creían en esos dos puntos; pero su herejía consistía en no querer reconocer en el Dios hecho hombre una realeza que se extiende a todo... No, no eres irreprochable en tu fe, y el Papa San Gregorio, más enérgico que el «Syllabus», te inflige, la nota de herejía, si eres de los que considerando un deber ofrecer a Jesús el incienso, no quieren añadirle el oro... » (12), es decir, reconocer y proclamar Su realeza social.

Y, en nuestros días, Pío XI, con particular insistencia ha querido recordar al mundo la misma doctrina en dos encíclicas especialmente escritas sobre este tema: Ubi Arcano Dei y Quas Primas.

Esta es, pues, la enseñanza eterna de la Iglesia, y no una determinada prescripción de detalle, limitada a una sola época. En los comienzos de la Era Cristiana, como más tarde, lo relativo a la conducta ha podido venir a mezclarse con lo relativo a los principios. «Pero el derecho, señala Monseñor Pie (13), el principio del estado cristiano, del príncipe cristiano, de la ley cristiana, que yo sepa jamás han sido discutidos hasta estos últimos tiempos, ni escuela católica alguna pudo nunca entrever en su destrucción un progreso y un perfeccionamiento de la sociedad humana…», como hoy se oye repetir tantas veces.

NOTAS:

1 Comienzo del Evangelio de San Juan.
2 Dom Paul Delatte, Les èpitres de saint Paul, t. II, p. 288.
3 Dom. Paul Delatte, idem, p. 287.
4 Idem, p. 287-8.
5 ...quiere, ante todo, el fin, en el orden de la intención. El enfermo quiere, en primer lugar, curarse; tal es su intención. Para esto tomará la medicina... «Finís primun in intentione, ultimatum in executione». «El fin primero en el orden de la «intención, es el último en el orden de la realización».
6 San Francisco de Sales...: Dios «eligió crear a los hombres y a los Ángeles como para acompañar a su Hijo, participar de sus gracias y de su gloria y adorarle y alabarle eternamente». (Traité de l'Amour de Dieu, t. II, cap. IV, página 100.)
7 René Marie de la Broise, «Etudes-» de los Padres jesuitas, t. LXXIX, 301.
8 Op. cit., t. V, p. 166.
9 Card. Pie, Œuvres, t. IV, p. 588 (cit. San Juan: 1.a Epístola. IV. 3). 
10 Epístola de San Pablo a los Colosenses, I, 12-20 ... Epístola de la Fiesta de Cristo Rey.
11 Excelente ocasión para destacar cuán perfectamente ilustra este pasaje la doctrina de Pío XII en Humani Generis. «Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las Encíclicas no exijan, de por sí nuestro asentimiento, pretextando que los «Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su Magisterio. «Pues son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: El que a vosotros oye, a Mí me oye, y, la mayor parte de las «veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece—por otras razones— « al patrimonio de la doctrina católica... »
12 Op. cit., t. VIII, p. 62 y 63.
13 Op. Cit., t. V, p. 179-180.
(Fragmento)
Puede leerse completo en CENTRO SAN BENITO 
 

12/10/11

JESÚS, MISTERIO DE LOS SIGLOS


                                                                   

Misterium quod absconditum fuit a saeculis
et generationibus (Colosenses 1, 26)


1. Sólo Jesús tiene las llaves de la ciencia y las llaves del abismo. Él sólo puede romper los siete sellos que cierran el libro del porvenir para leer y descubrir sus secretos.

La naturaleza creada, el espíritu y el corazón del hombre, la sociedad, la historia, la Iglesia de Cristo, todo esto es un libro lleno de enigmas. dios ha abandonado todo esto a la investigación y a la discusión de los hombres, pero sin Jesús nada se esclarece y nada se explica.

2. ¿Qué significa en la naturaleza esta muerte aparente que dura los prolongados meses de invierno, qué la germinación, descomposición del grano en la tierra para producir la planta, como si la vida debiera salir de la muerte?

¿Qué significan esta multitud de seres infinitamente pequeños, esta profusión de poder y esta riqueza para crear lo que no debe vivir más que un instante, esta serie interminable de seres lanzados como en confusión y al azar al mundo visible, cual si del desorden pudiera nacer la armonía?

¿Qué significan estas anomalías, estas contradicciones y lagunas aparentes en el gobierno del mundo material, y esta admirable finalidad jamás frustrada, esta Provindencia que nunca falla?

3.- ¿Cómo explicar, después de aquella necesidad de amistad que atormenta el corazón del hombre y el egoísmo que doquiera le persigue; la aspiración universal hacia la soledad, hacia la unión, hacia el amor, y las guerras, las revoluciones con las oposiciones, las luchas y los odios que son consecuencia suya?

¿Qué significa esta necesidad invencible de justicia y de equidad, estas permanentes desigualdades, estas flagrantes injusticias, esta opresión de los débiles y esta explotación del indigente?

Se alaba la hermosura de la virtud, querríase poseerla, y sin embargo se la calumnia y se la persigue.

Se reconoce la necesidad del bien, y sin embargo se asiste impotente a la victoria del mal.

4.- La historia, a su vez, está llena de enigmas. Los hombres deciden libremente de los sucesos; forman y transforman los imperios, crean los pueblos, gobiernan libremente, disponen de todo según su capricho y su ambición.
Y, con todo, la historia del mundo obedece a leyes invariables. Una mano invisible tiene los hilos de esta trama tan libremente urdida. El ser a quien no se ve, a quien no se quiere ver, a quien se quisiera rechazar, se halla doquiera dirigiendo a su merced los sucesos, y disponiendo para sus fines de las pasiones humanas.

Cuanto más libre e independiente se cree el espíritu humano, tanto más esclavo es de sus prejuicios y de sus caprichos, y tanta mayor necesidad siente de dependencia y aprendizaje.

Cuanto más extraviada se halla la humanidad por los caminos del error, con tanta mayor presteza puede ser conducida, por el exceso mismo de sus desvaríos, a la vida y la virtud.

5.- Y todas estas aparentes contradicciones no son más que los aspectos particulares del problema universal con que a cada paso se choca en el mundo visible, en el arte, en la ciencia y en la vida individual, familiar y social, en la vida espiritual de cada alma y en la vida de la Iglesia.

Dos elementos hay en pugna que es preciso conciliar: dos términos opuestos que hay que unir: lo mudable, lo caprichoso y la ley invariable; la actividad y la inercia, la materia y la forma, el poder y el obrar, la libertad y la autoridad.

Doquiera que el hombre lleva sus investigaciones, en el orden de la naturaleza o en el de las ideas, en el mundo moral, político, económico o en el de la gracia, doquiera encuentra estos dos principios.

Si suprime uno, produce en el orden filosófico un error, en el terreno teológico o moral una herejía, en la política o en la economía una perturbación, y en el mundo de la naturaleza un malestar o un cataclismo.

La libre concurrencia ilimitada, bajo el punto de vista material, produce el liberalismo económico; la intervención exagerada del Estado, el socialismo.

La libertad sin freno, en política, engendra la anarquía; la autoridad sin endulzamiento produce la tiranía.

La libertad sin límites en moral, es el laxismo; la autoridad no limitada por la libertad es el rigorismo.

A través de los siglos, los teólogos, los filósofos, los políticos, los economistas, los dueños de todas las ciencias naturales, se han dividido en escuelas opuestas para resolver este problema y para conciliar estos dos elementos siempre incompatibles bajo algún punto de vista.

6.- Este mismo problema se halla planteado en la vida espiritual de todo hombre.

¿Cómo conciliar la extrema debilidad del alma, sus perpetuas caídas, con su progreso incesante; su impotencia para todo bien con el continuo heroísmo de su vida; sus infidelidades, renovadas a cada paso, con la invencible ternura que Dios le manifiesta; el precepto que tiene de obrar como si todo dependiera de ella con la convicción de que por sí misma nada puede; esta absoluta desconfianza de sí misma y la persistente confianza de llegar a la santidad; la insignificancia de sus obras, la imperfección de su vida, los desfallecimientos en la lucha y la persuasión de tan alta recompensa; los sufrimientos físicos y morales que destruyen su ser y la certidumbre que de esta muerte surgirá la vida para otras almas;  las vicisitudes interiores, el continuo caminar por el desierto de la vida espiritual y la confianza de arribar a la tierra prometida?

7.-  Y, sobre todo esto,  se cierne un misterio aún mayor, el hecho único en la historia: la Iglesia Católica.

La Iglesia siempre combatida en su doctrina, en su moral, en su gobierno... y siempre en pie.

La Iglesia siempre inmutable en sus dogmas, siempre adaptada a las necesidades de los tiempos, siempre intransigente y siempre flexible, sufridora y triunfante, enferma y hallando siempre en su enfermedad fuerza y vigor.

La Iglesia perpetuamente odiada y siempre temida, despreciada o ignorada a sabiendas, y sin embargo siempre en el primer plan de las preocupaciones del mundo.

La Iglesia siempre tras un fin espiritual y procurando a los hombres la felicidad y el bienestar material.


La iglesia proclamada la enemiga de toda cultura y llevando consigo la civilización.

La Iglesia proponiendo dogmas increíbles y cautivando bajo su yugo a las más privilegiadas inteligencias, imponiendo a sus discípulos la abnegación y la cruz, y siempre escuchada y siempre obedecida.

La Iglesia estableciéndose a fuerza de persecuciones, renovándose en el tiempo de los combates y el sufrimiento, y regenerándose en la sangre de sus propios hijos.

La Iglesia, en apariencia más débil que los imperios que la rodean, y a todos los cuales sobrevive.

La Iglesia reducida a impotencia, despojada de todo auxilio humano, encadenada, sin dominio sobre los cuerpos, pero fuerte, libre y dueña de los corazones.

8. Por fin llegamos a Jesús, en quien hallamos acumulados todos los problemas desparramados por la naturaleza, en el corazón y el espíritu del hombre, en la sociedad, en la historia y en la Iglesia universal.

Jesús es el problema por excelencia y quien lo comprenda habrá hallado la solución de todos los demás. Es el misterio que Dios ha ocultado desde el principio de los siglos y cuyas huellas ha dejado esparcidas por toda la creación. Y ¿cuál es ese misterio?

Es la unión que se obra en Jesús de lo finito con lo infinito, de la Humanidad con la Divinidad, de la debilidad con la fuerza, de la muerte con la vida, de la pobreza con la riqueza, de la obediencia con la libertad, del sufrimiento ilimitado con la infinita felicidad.

Jesús, Hombre-Dios, lo une todo en una síntesis magnífica, la ciencia y la fe, el principio inmutable y su fecunda aplicación, la inmovilidad y el progreso, las leyes eternas y los hechos particulares.

él armoniza entre Sí lo finito con lo infinito, la unidad en la distinción, la entera libertad del hombre y el soberano dominio de Dios, la responsabilidad de la criatura y la moción todopoderosa de la Causa Primera, el mérito y la predestinación, el interés del hombre y la gloria de Dios, los derechos de la justicia y las condescendencias de la misericordia.

Sólo Jesús concilia en Sí mismo el homenaje finito que la criatura tributa a su Autor y la exigencia de una gloria infinita; la necesidad de amor sensible con el deber de amar soberanamente a la espiritual Beldad, la sed de felicidad infinita que atormenta a todo hombre y la capacidad limitada del corazón humano, la aspiración a la inmutabilidad, al descanso, a la vida sin fin, con el problema del dolor y la muerte.

Jesús es perfecto y lo esclarece todo. Está en el centro del mundo creado e increado, y responde a todas las necesidades del alma. Vive en toda la naturaleza que prefigura y simboliza su vida, su muerte y su resurrección.

Es el alma de la sociedad, la llave de la historia, el jefe de la Iglesia que continúa acá abajo su vida humillada y triunfante a la vez. Vive en cada alma y en cada alma continúa su pasión y la obra de la Redención.

9.- Y, lo que es más de admirar, es que al paso que ilumina todos los misterios, ninguno de ellos lo explica a fondo a nuestros ojos mortales.

Hace que adivinemos su profundidad, y cómo en Él se halla la solución fecunda, pero no descubre ninguno, sino que nos deja bajo las sombras de la fe. Levanta el velo, pero sin rasgarlo. Nos da la certeza, pero sin la visión; nos da el goce, pero sin disminuir el mérito; los transporta al mundo divino, pero sin quitarnos de la tierra.

Y el problema supremo que es la clave de todo, la unión de lo finito con lo infinito en una sola Persona Divina, continúa siendo el problema más oscuro, y el más incomprensible aquí abajo.

10.- ¡Oh Jesús, misterio de los siglos, yo os adoro, os amo e inclino con respeto mi frente ante vuestra grandeza y me oculto confiado en vuestro Sagrado Corazón.

Esta majestad soberana aliada a una ternura infinita, esta santidad sin tacha unida a una incansable compasión para con mi debilidad humana, es el misterio que aún encuentro doquiera, que hace que me enamore de Vos en la tierra, y que será mi admiración eterna en el Cielo.
                                                                              
(Fragmento de "El Amigo Divino", de Jos. Schrijvers)



7/10/11

LA ENCARNACIÓN DE CRISTO

San Cirilo de Jerusalén


El Hijo de Dios se ha hecho hombre
1. Como alumnos de la pureza y discípulos de la prudencia, celebremos con labios castos al Dios nacido de la Virgen. Quienes nos consideramos dignos de alimentarnos del cordero racional2, comamos de él tanto la cabeza como las patas3, significando la divinidad mediante la cabeza y la humanidad mediante las patas. Los que escuchamos los Evangelios oigamos al teólogo Juan, que tras escribir: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios» (Jn I,1), añadió después: «Y la Palabra se hizo carne» (1,14). Tampoco se debe adorar a un simple hombre4 ni tampoco a sólo Dios sin hacer referencia a la humanidad. Pues si Cristo es Dios, como sucede en realidad, pero no asume la naturaleza humana, no tenemos la salvación. Adóresele, por consiguiente, como Dios, pero créase también que se ha revestido de la naturaleza humana. Tampoco es aceptable que se le llame hombre dejando aparte la divinidad ni lleva a la salvación separar la humanidad de la confesión de la divinidad. Reconozcamos la presencia del rey y del médico. Jesús es rey que aportará salvación ciñéndose con el lienzo de la humanidad y tras haber sanado lo que estaba enfermo. Como perfecto maestro de niños, se ha hecho niño con ellos «para enseñar a los simples la prudencia» (Prov 1,4). El pan del cielo ha descendido a la tierra para alimentar a los que tienen hambre.
No rechazar a aquél en quien se cumple la profecía de la encarnación
2. Pero los judíos, cuando rechazan a aquel que ha venido, esperan a aquel que ha de venir con dureza: ellos repudiaron a Cristo, pero acogerán, inducidos a error, al impostor que venga. Así se hará verdadera la palabra del Salvador: «Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis» (Jn 5,43). Sería estupendo hacer esta pregunta a los judíos: ¿dice verdad o mentira el profeta Isaías cuando señala que el Emmanuel nacerá de una virgen? (cf. Is 7,14). No es de extrañar que lo acusen de mentiroso, pues es costumbre para ellos no sólo acusar a los profetas de mentir, sino incluso lapidarlos. Ahora bien, si el profeta dijo la verdad, señalad quién es el Emmanuel. Más todavía: el que ha de venir, y al que esperáis, ¿ha de nacer de una virgen o no? Si no nace de una virgen argüís al profeta de falsedad. Y si esperabais que ello sucediera en el futuro, ¿por qué lo rechazáis cuando ya se ha cumplido?
Verdadera humanidad plena y concepción virginal de Cristo
3. De su error serán sacados los judíos cuando lo permitan5, y será glorificada la Iglesia de Dios, pues nosotros acogemos verdaderamente al Dios que es Palabra hecha hombre. Esto ha sucedido, no por la voluntad de hombre y de mujer, como dicen los herejes, sino que se ha hecho hombre de una virgen y por el Espíritu Santo, como dice el Evangelio. Y no en apariencia, sino en verdad. Y me gustaría que te dieras cuenta de que ahora es el tiempo de transmitir la doctrina de que él ha recibido la naturaleza humana de una virgen. Ahora recibirás las pruebas de esta realidad. El error de los herejes es múltiple, pues éstos negaron de modo total que él hubiera nacido de una virgen6; otros concedían la realidad de su nacimiento, pero no de una virgen, sino de la unión de un hombre y una mujer. Otros dicen que no es el Mesías Dios quien se ha hecho hombre, sino un hombre deificado7. Estos se atrevieron a decir que no una Palabra preexistente se hizo hombre, sino que fue coronado (como Dios) un hombre con méritos propios8.
Haremos frente a las objeciones
4. Pero tú acuérdate de las cosas que ayer se dijeron sobre la divinidad. Cree que el Hijo unigénito de Dios es el que a su vez ha nacido de la Virgen. Cree al evangelista Juan cuando dice: «La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros. Es realmente Palabra eterna, engendrado del Padre antes de todos los siglos, aunque en el tiempo ha tomado carne por causa nuestra. Muchos están en contra de esto y dicen: ¿Qué es lo que ha pasado tan grave para que Dios descendiese hasta lo humano? A lo que puede decirse: «Después apareció ella9 en la tierra, y entre los hombres convivió» (Bar 3,38). O bien (se plantean): ¿es posible que una virgen dé a luz sin un hombre? Al encontrarnos, pues, que se nos contradice ampliamente y que se nos presenta batalla en diversos frentes, se hace preciso que aniquilemos todo ello mediante la gracia de Cristo y mediante los discursos que aquí ofrecemos.
El Hijo asumió la carne de la más excelente de las criaturas
5. Preguntémonos, en primer lugar, por qué vino Jesús. Y no repares en mis razonamientos, a los que quizá podría contradecirse mediante sofismas. Ahora bien, si no aceptas los testimonios de los profetas acerca de cada una de estas cosas, no creerás en lo que digamos. Si no aprendes por las Escrituras lo referente a la Virgen, al lugar, al tiempo y al modo, tampoco recibas testimonio de hombre alguno10. Pues sobre éste que ahora está aquí y os instruye puede recaer alguna sospecha, pero sobre el que pronunció las profecías, hace mil años e incluso más tiempo, ¿quién puede tener reticencias si está en su sano juicio? Por tanto, si buscas la causa de la venida de Cristo, acude simplemente al primer libro de la Escritura. En seis días hizo Dios el mundo. Pero éste existe para el hombre. Resplandezca el sol con sus fulgores espléndidos: fue hecho para que luzca en favor del hombre. Todos los animales fueron hechos para nuestro servicio; y las hierbas y los árboles fueron creados para que los utilizásemos. Son todas criaturas buenas11, pero ninguna de ellas es imagen de Dios excepto únicamente el hombre. Una simple orden hizo el sol, mientras que el hombre fue formado por las manos de Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como nuestra semejanza» (Gén 1,26)12. Y si se tributa honor a la imagen de madera de un rey terreno, ¿cuánto más deberá hacerse con la imagen de Dios? Pero ésta, la más excelsa de las criaturas de Dios, que estaba feliz en el paraíso, fue expulsada de allí por la envidia del diablo (Gén 3,23-24; Sab 2,24). Feliz se encontraba el enemigo al ver postrado a aquel a quien había envidiado. ¿Querrás tú acaso ser como ese enemigo que se alegraba?
Este no se había atrevido a acercarse al hombre a causa de su tuerza, pero sí, por ser más débil, se dirigió a la mujer cuando ésta todavía era virgen. Fue después de su salida del paraíso cuando «conoció el hombre a Eva, su mujer» (Gén 4,1 ) .
El pecado se había extendido por la tierra
6. Sus sucesores en la progenie humana fueron Caín y Abel, y Caín fue el primer homicida. Más tarde tuvo lugar el diluvio a causa de la multiplicación de la maldad de los hombres13. Un fuego del cielo cayó sobre los habitantes de Sodoma a causa de su impiedad (cf. Gén 19). En épocas posteriores Dios eligió a Israel, pero también éste cayó en la perversión y el pueblo elegido quedó herido de muerte: Moisés se encontraba en el monte ante Dios, y el pueblo, en lugar de a Dios, adoró a un becerro (Ex 32,1-6). Mientras que en la ley de Moisés se decía: «No cometerás adulterio» (Ex 20,14), un hombre se atrevió a pecar entrando en un lugar de prostitución (cf. Núm 25,1-9). Posteriormente a Moisés, fueron enviados profetas que cuidasen de Israel. Pero cuando éstos traían la medicina, se lamentaban vencidos por la fuerza de la enfermedad, de tal manera que alguno de ellos clamaba: «¡Ay de mí, que ha desaparecido de la tierra el fiel, no queda un justo entre los hombres!» (Miq 7,2); o también: «Todos están descarriados, en masa pervertidos. No hay quien haga el bien, ni uno siquiera» (Sa 14,3). Y, a su vez: «Tiene pleito Yahvé con los habitantes de esta tierra, pues no hay fidelidad ni amor, ni conocimiento de Dios en esta tierra; sino perjurio y mentira, asesinato y robo, adulterio y violencia, sangre que sucede a sangre» (Os 4,1-2). Y: «Sacrificaban sus hijos y sus hijas a los demonios» (Sal 106,37). Se ocupaban con hechicerías sagradas y con la vanidad de sus vergüenzas. Así dice: «Sobre ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar» (Am 2,8; cf. Dt 24,12-13).

Puede leerse completo en: CATEQUÉSIS DE SAN CIRILO DE JERUSALÉN

5/10/11

En la prensa oficial de El Vaticano

Puede leerse en Osservatore Romano


 
En la datación la BBC ha decidido ignorar el nacimiento de Cristo

Una hipocresía
históricamente insensata

La noticia de que la BBC ha decidido cambiar la definición de la fecha —sustituyendo las usuales siglas que evocan el antes de Cristo y después de Cristo con un genérico «era común» para no ofender a los creyentes de otras religiones— no ha suscitado grandes reacciones. Aparte de las de muchísimos no cristianos, que mediante varios portavoces han hecho saber que no se sentían para nada ofendidos por la datación tradicional. Pero estas moderadas y respetuosas tomas de posición no han importado a los dirigentes de la emisora británica, como ya ha sucedido en casos análogos. En realidad, es ya muy claro que el respeto de las demás religiones es sólo un pretexto, porque aquellos que quieren eliminar toda huella de cristianismo de la cultura occidental son sólo algunos laicos occidentales.
Y no es ciertamente la primera vez que esto ocurre. El intento de cambiar la datación viene de la Revolución francesa, que impuso un nuevo calendario en el que el cómputo del tiempo comenzaba desde el 14 de julio de 1789, día tradicional del inicio de los movimientos revolucionarios, e inventó nuevos nombres para los meses, obviamente borrando las fiestas cristianas, sustituidas por otras «revolucionarias». Las semanas, para borrar el domingo, fueron sustituidas por las décadas. El calendario duró poco, eliminado en 1806 por Napoleón: las nuevas fechas tenían algo de postizo y de ridículo incluso para los más orgullosos ilustrados.
El segundo intento lo realizó Lenin, que cambió el calendario sustituyéndolo con una datación que partía del golpe de Estado del 24 de octubre de 1917. Este calendario, que permaneció en vigor desde 1929 hasta 1940, sustituía las semanas con una escansión de cinco días, y naturalmente abolía las fiestas cristianas, reemplazándolas con las nacidas Alegoría del mes de Frimario según el calendario introducido por la Revolución francesade la revolución. Pero tampoco este intento tuvo mucho éxito, como demuestra el hecho de que se usó paralelamente al calendario gregoriano, también para mantener relaciones con el resto del mundo. Así fue también para la datación a partir de la marcha sobre Roma, con la que comenzaba la Era fascista, impuesta por Mussolini y que, sin embargo, se aunaba a la tradicional, sin pretender sustituirla.
En resumen, la idea de remover el calendario cristiano tiene pésimos antecedentes, con numerosos fracasos a la espalda. Es necesario decir que esta vez la BBC se limita a cambiar la dicción y no el cómputo del tiempo, pero, haciendo así, no se puede negar que haya realizado un gesto hipócrita. La hipocresía de quien finge no saber por qué precisamente desde aquel momento se comienzan a contar los años.
Negar la función históricamente revolucionaria de la venida de Cristo a la tierra, aceptada también por quien no lo reconoce como Hijo de Dios, es una enorme tontería. Y desde el punto de vista histórico, lo saben tanto los judíos como los musulmanes.
¿Cómo se puede fingir no saber que solamente desde aquel momento se afirmó la idea de que todos los seres humanos son iguales en cuanto son todos hijos de Dios? Principio sobre el que se fundan los derechos humanos, en base a los cuales se juzga a pueblos y gobernantes. Principio que hasta ese momento nadie había apoyado, y sobre el que en cambio se basa la tradición cristiana.
¿Por qué no reconocer que desde aquel momento el mundo cambió? ¿Que desaparecieron tabúes e impuridades materiales y que la naturaleza fue liberada de la presencia de lo sobrenatural precisamente porque Dios es trascendente? De estas realidades nació la posibilidad para los pueblos europeos de descubrir el mundo y para los científicos de iniciar el estudio experimental de la naturaleza que ha llevado al nacimiento de la ciencia moderna.
¿Por qué entonces negar incluso las deudas culturales que la civilización tiene con respecto al cristianismo? No existe nada más anti-histórico ni más insensato, como judíos y musulmanes han comprendido claramente. No es cuestión de fe, sino de razón. También esta vez.
  Lucetta Scaraffia
5 de octubre de 2011

4/10/11

La Flor de la Liturgia



NOCIONES PRELIMINARES

1. Noción del Sacrificio – 2. Antigüedad  y universalidad del Sacrificio – 3. Los Sacrificios bíblicos – 4. El Sacrificio de la Misa – 5. Los fines de la Misa – 6. Valor y frutos de la Misa – 7.  Aplicación de los frutos de la Misa – 8. El Estipendio – 9. Las intenciones – 10. Los nombres de la Misa – 11. Diversas clases de Misas – 12. Su número – 13. La participación de los fieles en la Santa Misa – 14. Tres medios principales de participación – 15. Otros medios legítimos de participación – 16. La Misa ‘entera’ – 17. Dos ‘medias’ Misas.

1. Noción del Sacrificio. El Sacrificio, estrictamente considerado, suelen definirlo así los teólogos: Es la ofrenda que se hace a solo Dios, por medio de un ministro legítimo, de una cosa sensible, destruyéndola o transformándola en otra, para, reconocer y dar testimonio del suprema dominio de Dios sobre todas las cosas, y expresar nuestro acatamiento.
Dícese ofrenda de una cosa sensible, porque el Sacrificio pertenece al culto externo de Dios, pudiendo ser materia de él tanto una cosa animada como inanimada.
Por legítimo ministro se entiende una persona especial legítimamente delegada para ello.
Se dice a sólo Dios, porque el sacrificio es propiamente un acto de latría, que a Él solo se dirige.
Añádese destruyéndola o transformándola, porque no solamente se le debe a Dios él uso de la cosa, sino la sustancia misma de ella, de suerte que la cosa misma debe dejar de existir física o moralmente, y, por lo tanto, inutilizarse para sus usos naturales…
Con las palabras reconocer y dar testimonio del supremo dominio de Dios, etcétera, se expresa cl fin del sacrificio, que es confesar que todo viene de Dios y a Él se le debe todo, incluso la vida humana, la cual debiera ser, en realidad, la materia propia del Sacrificio; pero como de ordinario no es lícito sacrificar la vida, sustitúyese ésta por la sustancia de otra cosa de su pertenencia.

2. Antigüedad y universalidad del Sacrificio. El Sacrificio, en una o en otra forma, ha existido desde el principio del mundo y en todos los pueblos, en donde, en alguna manera, se han practicado actos de religión. La existencia del hombre, de la religión y del sacrificio, son, puede decirse, simultáneas e inseparables; ya que no puede darse un hombre que no reconozca algún ser superior a sí, y al cual no exprese, de alguna manera, su acatamiento, que es, en último término, a lo que tiende el sacrificio.
Es un hecho demostrado que todos los pueblos, civilizados y no civilizados, han practicado el sacrificio. Los hindúes, toda su religión la practican a base de sacrificios, a tal punto que sus libros sagrados, los “Vedas”, definan el hombre: “el primero de los sacrificadores”. Los griegos, de civilización refinada, en todo hallaban pretexto para sacrificar: en las calamidades públicas, en las enfermedades individuales, en las bodas, en los nacimientos, en las expediciones, etcétera. Los romanos todavía eran más pródigos en sacrificar, hasta el extremo de constituir, entre ellos, el comercio de las víctimas un verdadero tráfico, y de no poder sustraerse de ellos ni siquiera los hombres más cultos. De Juliano el Apóstata, por ejemplo,’ se cuenta que más de una vez inmoló en el altar del sacrificio a más de cien toros, carneros, ovejas y cabritos en cantidad fabulosa, y un sinnúmero de pájaros de blanco plumaje, de mar y de tierra (1).

3. Los sacrificios bíblicos. La Biblia, desde los sacrificios de Caín y Abel, no cesa de hablar de numerosos sacrificios ofrecidos a, Dios por los Patriarcas, Profetas, Reyes y gente del pueblo. Moisés consagra todo un libro, el Levítico, para regular minuciosamente todo el ritual relativo a los sacrificios. Son celebérrimos, los sacrificios de Abel, de Noé recién salido del Arca, de Abrahán y de Melquisedech, y asimismo lo son todos los de la Ley mosaica, los principales’ de los cuales clasificábanse en cruentos e incruentos.
Estos sacrificios cruentos consistían en inmolar animales. Ofrecíanse, unos en calidad de holocausto, y eran los más excelentes; otros por el pecado, con carácter expiatorio; otros por el delito, con carácter expiatorio también, pero privado; y otros, finalmente, en calidad de hostia pacífica, con carácter eucarístico e impetratorio a la vez y como fruto de algún voto personal.
Los sacrificios incruentos consistían en ofrecer, no animales, sino materias sólidas o líquidas. Ofrecíanse, ora en privado y por razones personales, ora en público y por motivos generales.
Todos estos sacrificios del Antiguo Testamento agradaron y aplacaron a Dios hasta que, en el Nuevo, apareció Jesucristo y aboliólos con su Sacrificio, sucediendo la realidad a las figuras.

4. El Sacrificio de la Misa. En la Nueva Ley sólo hay un sacrificio, del cual eran figuras todos los de la Antigua, y él sólo cumple todos los fines de aquéllos: es el Sacrificio cruento de Cristo en la Cruz e incruento en el altar; es decir, el Santo Sacrificio de la Misa. La Misa, por lo tanto, es el Sacrificio de la Nueva Ley, en el cual se ofrece Jesucristo y se inmola incruentamente por toda la Iglesia, bajo las especies del pan y del vino, por ministerio del Sacerdote, para reconocer el supremo dominio de Dios y aplicarnos a nosotros las satisfacciones y méritos de su Pasión. Representa, pues, la Misa, renueva y continúa, sin disminuirlo ni aumentarlo, el sacrificio del Calvario, cuyos frutos nos está continuamente aplicando. “Es, dice Pío XII, como el compendio y centro de la religión cristiana y el punto más alto de la Sagrada Liturgia (2).
Entre el sacrificio de la Misa y el de la Cruz, sólo hay estas diferencias: que Jesucristo_ se inmoló allí dé un modo real, visible, con derramamientos de sangre, y personalmente, mientras que aquí lo hace en forma invisible e incruenta, bajo las especies sacramentales, y por ministerio del Sacerdote; allí Jesucristo nos mereció la Redención, y aquí nos aplica sus frutos.
En la Misa Jesucristo es la Víctima y el principal oferente; el segundo oferente es la Iglesia católica, con todos los fieles no excomulgados; y su tercer oferente y el ministro propiamente dicho es el Sacerdote legítimamente ordenado.
Ofrécese la Misa, primeramente, por toda la Iglesia militante, pero secundariamente también por toda la Iglesia purgante, y para honra de los Santos de la Iglesia triunfante.

5. Los fines de la Misa. Toda la Liturgia, según dejamos dicho, y principalmente la Misa, se propone cuatro grandes fines:
a) dar a Dios el culto superior de adoración, para reconocer su infinita excelencia y majestad, y a este título la Misa es un sacrificio latréutico;
b) agradecer a Dios todos sus inmensos beneficios, por lo que la Misa es también un sacrificio eucarístico;
c) pedir a Dios todos los bienes espirituales y temporales, y a este respecto es la Misa, además, un sacrificio impetratorio; y
d) satisfacer a Dios por todos los pecados y por las penas merecidas por los pecados, así propios como ajenos, de los vivos y de los difuntos, por cuya razón es la Misa, finalmente, un sacrificio propiciatorio y expiatorio.
Todos estos cuatro fines -advierte el Papa Pío XII- los cumplió Cristo Redentor durante toda su vida y de un modo especial en su muerte de Cruz, y los sigue cumpliendo ininterrumpidamente en el altar con el Sacrificio Eucarístico.
Cuando se asiste, pues, a la Misa, débense tener siempre en cuenta estos cuatro fines, entre los cuales se puede repartir toda su liturgia, pues toda ella ha sido compuesta en vista de esas grandes y generales intenciones. Por eso la Misa llena todas las necesidades y satisface todas las aspiraciones del alma y resume en sí toda la esencia de la Religión. En ella es Jesucristo mismo el que actúa: Él es el que adora a su Padre por nosotros. Él el que le agradece sus beneficios, Él el que le pide gracias, Él el que le aplaca. De ahí que sea la Misa la mejor adoración, la, mejor acción de gracias, la mejor oración impetratoria y el mejor acto de expiación. Ninguna práctica de piedad puede igualar a la Misa, y ningún acto de religión, público ni privado, puede ser más grato a Dios y útil al hombre; de ahí que deba ser ella la devoción por excelencia del cristiano.

6. Valor y frutos de la Misa. El valor de la Misa, tomado en sí mismo, considerando la Víctima ofrecida y el Oferente principal, que es Jesucristo mismo, es infinito, tanto en la extensión como en la intensidad; si bien, en cuanto a la aplicación de sus frutos, tiene siempre un valor limitado o finito.
La razón de esta limitación es, porque nosotros no .somos capaces de recibir una gracia infinita, y, además porque la Misa no es de mayor eficacia práctica que el Sacrificio de la Cruz, el cual, aunque de un valor infinito en sí mismo considerado, fue y sigue siendo, en su aplicación, limitado. Así lo dispuso Jesucristo, para que de ésta suerte se pudiese repetir frecuentemente este Sacrificio que es indispensable a la Religión, y también para guardar el orden de la Providencia, que suele distribuir las gracias sucesiva y paulatinamente, no de una vez. De ahí el poder, y aun la conveniencia, de ofrecer repetidas veces por una misma persona el Santo Sacrificio.
Los frutos de la Misa son los bienes que procura el Sacrificio, y son, con respecto al valor, lo que los efectos con respecto a la causa. Tres son los frutos que emanan de la Misa
a) el fruto general, de que participan todos los fieles no excomulgados, vivos y difuntos, y especialmente los que asisten a la Misa y toman en ella parte más activa;
b) el fruto especial, de que dispone el Sacerdote en favor de determinadas personas e intenciones, en pago de un cierto “estipendio”; y
c) el fruto especialísimo, que le corresponde al Sacerdote como cosa propia y lo enriquece infaliblemente, siempre que celebre dignamente.
Los frutos general y especialísimo se perciben sin especial aplicación, con sólo tener intención de celebrar la Misa o asistir a ella, según la mente de la Iglesia; pero, para más interesarse en la Misa e interesar más a Dios en nuestro favor, es muy conveniente proponerse cada vez algún fin determinado, en beneficio propio o del prójimo, o de la Iglesia en general.
Para poder alcanzar el fruto especial es necesaria la aplicación expresa del celebrante, ya que él, como ministro de Cristo, puede disponer libremente de ese fruto en favor de quien quisiere.

7. Aplicación de los frutos de la Misa. Los méritos infinitos e inmensos del Sacrificio Eucarístico no tienen límite y se extienden a todos los hombres de cualquier lugar y tiempo, ya, que por él se nos aplica a todos la virtud salvadora de la Cruz. Sin embargo, el rescate del mundo por Jesucristo no tuvo inmediatamente todo su efecto; éste se logrará cuando Cristo entre en la posesión real y efectiva de las almas por Él rescatadas, lo que no sucederá mientras no tomen todas contacto vital con el Sacrificio de la Cruz y les sean así trasmitidos y aplicados los méritos que de él se derivan. Tal es, precisamente, la virtud del Sacrificio de la Misa: aplicar y trasmitir a todos y cada uno los méritos salvadores de Cristo, sumergirlos en las aguas purificadoras de la Redención, que manan desde el Calvario y llegan hasta el altar y hasta cada cristiano.
“Puede decirse -continúa Pío XII- que Cristo ha construido en el Calvario una piscina de purificación y de salvación, que llenó con la sangre por Él vertida; pero, si los hombres no se bañan en sus aguas y no lavan en ellos las manchas de su iniquidad, no serán ciertamente purificados y salvados” (3). Por eso es necesaria la colaboración personal de todos los hombres en el tiempo y en el espacio, la que se efectúa por medio de la Misa y de los Sacramentos, por los cuales hace la Iglesia la distribución individual del tesoro de la Redención a ella confiado por su Divino Fundador. Por eso no puede faltar en el mundo la renovación del Sacrificio Eucarístico, que actualiza e individualiza el de la Cruz.

8. El estipendio. Los fieles que desean que: el Sacerdote aplique la Misa, o mejor dicho el fruto especial de la Misa a su intención particular, dánle en pago una limosna o “estipendio”, cuyo monto varía según las diócesis episcopales y sus correspondientes tasas o aranceles. Es ésta una práctica católica fundada en la razón y en la tradición y aprobada por la Iglesia.
Es justo y racional que quien sirve al altar viva del altar, y que quien a él está totalmente consagrado, perciba de él lo necesario para su honesto sostenimiento. Lo mismo que el sacerdote de la antigua Alianza recibía para su mesa una ración de carne de la víctima inmolada, así es justo que los fieles, que tienen para su servicio espiritual al Sacerdote y desean que éste les ceda el fruto especial de la Misa, contribuyan con algo para su mantenimiento. Este algo, tratándose de la Misa, es el “estipendio”, y con respecto a algunos ministerios sacerdotales, son los llamados honorarios o, mejor, “derechos de estola”.
El “estipendio” ha sucedido a la vieja y hermosa costumbre de los fieles de ofrecer pan y vino para el ‘Sacrificio; pan y vino que, en los primeros tiempos, no se destinaba a sola la Consagración y Comunión, sino también a constituir un depósito o fondo sagrado para la sustentación del clero y de los pobres. Al pan y al vino fueron agregando los fieles, en el andar de los siglos, el aceite, la leche, la miel, los frutos de la tierra, etcétera, y por fin, el dinero, depositado ora en el gazofilacio, ora en el mismo altar o en las propias manos de los sacerdotes. Mas cuando el uso de estas oblaciones voluntarias y de los diezmos y primicias fue decayendo, la Iglesia hubo de proveer a las necesidades más apremiantes de sus ministros, creando, muy a pesar suyo, los derechos parroquiales e introduciendo, hacia el siglo VIII, el “estipendio”‘ de la Misa, en la misma forma casi que ahora se practica.

9. Las intenciones. Los fieles, al encargar una Misa y dar por ella el correspondiente “estipendio”, señálanle al Sacerdote una intención, la cual tiene él en cuenta al celebrar. Esta intención puede ser una o varias, según la voluntad del donante.
Al encargar una Misa, conviene sepan los fieles que puede ofrecerse el Santo Sacrificio por los vivos. y por los difuntos. De los vivos a ‘nadie excluye el Derecho Canónico (4), ni siquiera a los infieles y acatólicos; si bien por los excomulgados sólo permite aplicar la Misa en forma privada, es decir, sin público anuncio y sin nombrar para nada al interesado, y precaviendo el escándalo.
También pueden celebrarse misas por los privados de sepultura eclesiástica, como son, entre otros, los suicidas y los duelistas; pero no la Misa exequial ni la de aniversario ni otro cualquier funeral (5).
Tratándose de los Santos y Bienaventurados, la Misa se aplica, no “por ellos”, ya que ellos nada necesitan, sino “en su honor”, para dar a Dios gracias por sus victorias y para interponer su intercesión.
Hay no pocas ni pequeñas ventajas en hacer celebrar misas por uno mismo, o por otros, durante la vida, sin esperar a que se le apliquen después de la muerte. Así lo enseña el Breve “Sodalitatem” del 31 de mayo de 1921, del Papa Benedicto XV, que dice: “Los frutos de la Misa son de mayor eficacia durante la vida que después de la muerte, porque la aplicación hecha en vida a los fieles bien intencionados y bien dispuestos, es más directa, más cierta y más abundante. En consecuencia: la Misa, además de la virtud de asegurarnos la gracia de la perseverancia final, tiene la de ofrecernos, ya en vida, el medio eficaz de aplacar la justicia de Dios y de cancelar enteramente, o a lo menos de abreviar notablemente, la expiación de las penas del Purgatorio. Gran número de fieles ignora, con perjuicio de sus intereses espirituales, que el Sacrificio de la Misa les sería de mayor provecho, si en vida lo hiciesen ofrecer por sí, en lugar de dejar a sus herederos el cuidado de hacerlo celebrar, después de la muerte, para alivio de sus almas.”
Las misas aplicadas a un alma después de la muerte ya no contribuyen, como antes, a ayudarle a la salvación; ni le acarrean la plenitud de los frutos: adoración de Dios, acción de gracias e impetración, y sí sólo la expiación o sufragio; ni le aumentan los méritos para la vida eterna y la ayuda actual para ésta; ni implican sacrificio o desprendimiento, puesto que se pagan con dinero que ya no es propio, sino de los herederos.

10. Los nombres de la Misa. El -nombre clásico del Santo Sacrificio es “Misa”, palabra latina que viene a significar “envío”, licencia para retirarse, “despedida”. Proviene de que primeramente, durante su celebración, hacía el diácono dos solemnes despedidas: una a los Catecúmenos y penitentes, después del Evangelio, y otra a todos los Fieles, al fin del Sacrificio. En ambos casos decíales el diácono: Ite, dimissio est, “idos, que ha llegado la despedida”; frase que se transformó en el actual “Ite, Missa est”.
San Gregorio Magno y Santo Tomás dánle otra interpretación mística. Según ellos, la Misa llevaría ese nombre por efectuarse en ella una como transmisión de votos y de súplicas del pueblo a Dios, por mediación del Sacerdote; o también, porque en ella se remite o envía a Dios una víctima, que es Jesucristo.
En el transcurso de los siglos la Misa ha sido designada con los nombres siguientes: Los griegos llamábanla “Sagrada Liturgia” o simplemente “Liturgia”, o sea, función o ministerio público; “Synáxis” o reunión de personas de unas mismas creencias y sentimientos, para participar de un mismo banquete espiritual; “Anáfora” o sacrificio que eleva hasta Dios los `corazones del sacerdote y de los asistentes, etcétera.
Los latinos usaban las expresiones de “Colecta” o asamblea solemne y fraternal; “Acción” y “Agenda”, para significar que era la Acción por excelencia de la Religión; “Oblación” o acto por el cual Jesucristo, el Cordero inmaculado, se ofrece y se inmola a. Dios en el altar; “Comunión”, para significar la íntima unión del alma con Jesucristo mediante la recepción de su Cuerpo santísimo; “Fracción del pan” o elaboración y reparto del manjar eucarístico, etcétera.

11. Diversas clases de Misas. La Misa es, y siempre ha sido, esencialmente una. Ninguna diferencia esencial hay entre la Misa dicha por el Papa y, por el último sacerdote católico; por un sacerdote santo, y por un apóstata; en la basílica Vaticana con pomposas ceremonias, o en la ermita más solitaria de las montañas; en el siglo 1 del cristianismo, o en el siglo XX. Todas tienen el mismo valor, y siempre es el mismo Jesucristo el que celebra, se inmola y se ofrece a los fieles. La diversidad de misas proviene de la mayor o menor solemnidad con-que se celebran, del ministro que oficia y de otras circunstancias.
Por razón de la solemnidad del rito, la Misa se clasifica en solemne, simplemente cantada, y rezada; o bien en pública y privada.
La solemne pide ministros, canto e incienso; la simplemente cantada, sólo requiere uno o dos monaguillos, y cantos; y la rezada, un ayudante, como mínimum.
Si el que oficia en la Misa solemne es un abad, la Misa se llama “abacial”; si un obispo o un prelado, la Misa se llamada “pontifical”; y si el Papa, “papal”. La nota distintiva más principal de esta última es que en ella hay dos diáconos y dos subdiáconos de oficio, representando el rito griego y latino y cantando la Epístola y el Evangelio en ambos idiomas.
De ordinario, la Misa diaria corresponde al Santo o Misterio que se celebra en el día, y cuando no. la Misa toma el nombre de votiva. Hay misas votivas que tienen por fin honrar un Santo, o Misterio, o una Advocación; otras, pedir, gracias especiales, alejar calamidades públicas, etcétera; otras, finalmente, aliviar a las almas del Purgatorio. Las misas votivas en honor de la Santísima -Virgen suelen llamarse, a veces, misas de., Beata; las que se dicen por necesidades públicas, misas de rogativas; las de las bodas, misas nupciales o de esponsales; las por los muertos, misas de difuntos o de réquiem. La característica de todas estas misas es que se suprime el “Gloria” y el “Credo”. El color de los ornamentos es el correspondiente al Santo o Misterio que se honra, o el que demanda el carácter peculiar de la misa que se celebra.
Otra división clásica de la Misa es en conventual y parroquial. La conventual es la que se celebra todos los días, conforme al Oficio del Breviario, en las iglesias catedrales, colegiatas, monasterios y conventos de Regulares, con asistencia de los canónigos, del clero o de los religiosos adscritos a dichas iglesias. Tratándose de catedrales y colegiatas, la misa conventual recibe también el nombre de capitular, por llamarse a la reunión de los canónigos cabildo o capítulo. La misa parroquial es la que están obligados a aplicar por su grey, los días de precepto y las fiestas suprimidas, todos los qué tienen cura de almas: obispos, párrocos, administradores, vicarios. Llámase también misa pro pópulo, y es a la que con preferencia deben asistirlos feligreses.


12. Su número. Son innumerables las Misas que cada día se celebran en el mundo, hasta el punto de que no hay instante del día ni de la noche en que no se esté diciendo alguna. Cada sacerdote no impedido celebra una todos los días. Donde el clero escasea, los domingos y fiestas muchos sacerdotes, con la competente autorización, dicen dos y aun tres misas, para facilitar el cumplimiento del precepto.
Antiguamente sólo había misa los domingos. En seguida se añadió los miércoles, los viernes y los sábados; y finalmente todos los días. Actualmente las hay todos los días .del año, a, excepción del Viernes Santo, que la substituye la ceremonia llamada “Misa de presantificados”. Hubo tiempo en que fue permitido celebrar varias veces al día; y se sabe del Papa León II, en el siglo VIII, que celebraba hasta siete y ocho misas diarias. Solamente la escasez de sacerdotes y la extraordinaria devoción de algún particular podían justificar entonces esta práctica. Ahora tan sólo el día de Difuntos y el de Navidad pueden celebrar tres misas todos los sacerdotes, sin especial licencia.

13. La participación de los fieles en la Santa Misa. Es un deber y a la vez una dignidad -dice el Papa Pío XII- la participación del fiel cristiano en la Santa Misa. Esta participación no debe ser pasiva y negligente, sino activa y atenta. Aún sin ser los fieles, sacerdotes -pues de ninguna manera lo son-, ellos también ofrecen la Hostia divina de dos modos: primero, uniéndose íntimamente con el sacerdote en ese Sacrificio común, por medio de las ofrendas, por el rezo de las oraciones oficiales, por el cumplimiento de los ritos y por la Comunión sacramental; y segundo, inmolándose a sí mismos como víctimas. A ello nos conduce toda la Liturgia de la Misa y a ello tiende la participación activa en la celebración de la misma.

14. Tres medios principales de participación. El Papa Pío XII señala tres medios principales, que podríamos llamar clásicos, de participación activa en el Sacrificio de la Misa: 19, el uso del Misal, con el cual los fieles siguen al celebrante rezando sus mismas oraciones y abundando en los mismos sentimientos; 2°, el canto de la Misa solemne, “la cual goza de una particular dignidad por la majestad de sus ritos y el aparato de sus ceremonias, y reviste el máximum de esplendor cuando asiste a ella, como la Iglesia lo desea, un pueblo numeroso y devoto”; y 3°, la práctica legítima de la “Misa dialogada”, sea en su forma normal respondiendo todos ordenadamente a las palabras del celebrante, sea combinando ambas cosas, rezo y canto.
Todos estos modos de participar activamente en la Misa son dignos de loa y de recomendación, cuando se acomodan estrictamente a las prescripciones de la Iglesia y a las normas de los sagrados ritos y se encaminan a unir y no a separar a los fieles con Cristo y su ministro visible, que es el sacerdote. Cualquiera de estas formas de participación en la Misa, en unión con el celebrante, es eficaz para fomentar la solidaridad cristiana en el pueblo; pero, como muy bien advierte el Papa, ninguna de ellas puede reemplazar a la Misa cantada, que es en la que el Sacrificio del altar campea con toda su majestad. Es, por lo tanto, deber de todos restablecer la Misa dominical cantada por el pueblo, sobre todo la .Misa parroquial, que es la de la familia, de la feligresía.

15. Otros medios legítimos de participación. Más como quiera que esos tres medios clásicos de participación señalados por el documento pontificio no son siempre ni para todos posibles ni ventajosos, se puede recurrir legítimamente a otras maneras más sencillas, por ejemplo: al rezo del Santo Rosario, a la meditación de los divinos Misterios, o al uso de otras oraciones. Todo esto -dice el Pontífice-, aunque diferente de los sagrados ritos en la forma, concuerda sin embargo con ello por su misma naturaleza.
Es un .error, tratándose de la participación de los fieles en la Liturgia, hacer tanto caso de las circunstancias externas de la misma que se crea que si ellas se descuidan la acción sagrada no puede alcanzar su propio fin. En realidad, lo que importa sobre todo es que los asistentes a la Misa se unan del modo más íntimo posible con el Divino Redentor, que crezca cada día en ellos su grado de santidad y se aumente la gloria del Padre Celestial.

16. La Misa “entera”. El precepto eclesiástico de “oír Misa entera los domingos y días de obligación”, se cumple hoy estando presente a ella, por lo menos desde el Introito hasta el último Evangelio; si bien nos parece a nosotros que también deben incluírse, aunque no pertenezcan a la integridad de la Misa ni obliguen en rigor, las oraciones finales, añadidas a ella por voluntad expresa de la Iglesia. El que no puede asistir a toda la Misa “entera”, está obligado, si puede, a asistir por lo menos a la parte esencial e integral, es decir, a la Consagración y a la Comunión, por lo menos del celebrante; mas el que no puede asistir a esto, está dispensado del precepto, aunque pudiera asistir a las otras partes accidentales.
Omitir voluntariamente alguna parte de la Misa, en los días de precepto, es pecado, grave o leve, según sea más o menos notable lo que se omite.
No satisface al precepto el que no llega hasta pasado el Ofertorio; o el que llega al empezar el Evangelio, y sale en seguida de la Comunión; o el que omite la Consagración y la Comunión, aunque asista a todo lo demás; ni tampoco el que simultáneamente oye la primera mitad de una Misa y la segunda de otra.
En cambio, satisface al precepto quien completa la Misa con las partes de dos Misas sucesivas, siempre que en una de ellas no se separe la Consagración de la Comunión.
El que llega hecha ya la Consagración, debe asistir a lo que sigue, por cuanto está obligado, pudiendo, a asistir a una parte notable del culto público cual es ése.

17. Dos “medias” Misas. En rigor, de verdad: ¿pueden dos “medias” misas hacer “una” Misa “entera’? Ciertamente no, porque la Misa no es una cosa material, resultante de la yuxtaposición de varias partes, sino un acto espiritual, una unidad mística moralmente indivisible. Aunque, es cierto, que la Misa se compone de actos sucesivos, no constituye su esencia la sucesión de esos actos, sino la oblación de Cristo que los acopla, los vivifica y los unifica y hace de ellos un solo Sacrificio, cuyas dos partes principales son la Consagración y la Comunión., Ambas son necesarias para la integridad del Sacrificio, y ninguna de las dos es la Misa propiamente dicha. Por eso, dividir la Misa es destruirla, y no basta juntar de nuevo los fragmentos para reconstruirla en su integridad:
Desde el punto de vista del Sacrificio, el principio de una Misa trunca, es cero, y lo mismo el final: y cero más cero es cero, y no una unidad. Dos “medias” misas no forman, pues, una Misa “entera”; luego el que las oye, no oye ni la una ni la otra,: no oye propiamente Misa; aunque la Iglesia, que obliga al cristiano a honrar a Dios, los domingos y fiestas, por lo menos con una parte notable del culto público, considere cumplido su precepto con dos “medias” misas, en la forma antedicha.
Dos ejemplos aclararán y probarán esta doctrina: Una unidad puramente material, que resulta de la unión de partes homogéneas, puede dividirse, y luego reconstruírse un kilómetro puede dividirse en metros; un decálitro en litros; un montón de tierra en montoncitos, etc. Una unidad orgánica, formada por partes heterogéneas, no puede dividirse sin destruírse : un árbol dividido en dos, ya no es árbol; un hombre decapitado, ya no es hombre; porque ni el árbol ni el hombre son un simple compuesto de moléculas, sino organismos vivos, cuya división produce su muerte. Una unidad espiritual tampoco puede dividirse sin destruirse: dos medias verdades no constituyen una verdad, sino dos errores; dos medios dogmas, dos herejías; dos medias virtudes no equivalen a una virtud.
Todo esto, aunque sólo sean comparaciones, prueba que las cosas espirituales no se rigen por la aritmética ni por la geometría, y que el Sacrificio y los Sacramentos no se miden con regla ni con metro. Dos mitades, pues, no siempre constituyen un entero. Luego no es extraño que dos medias misas no formen una Misa entera.

NOTAS

(1) P. Allard: Julien L Ápostat, t. II, p. 54.
(2) Enc. “Mediator Dei”, 2ª parte, I.
(3) Enc. “Mediator Dei”, 3ª parte, 1.
(4)
Canon 809.
(5) Canon 1241.
(6) Id., íd., II.

R.P. Andrés Azcárate, O.S.B. -