10/6/13

NO ES UNA DEVOCIÓN MÁS

A POCOS DÍAS DE LA FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, QUEREMOS RECORDAR LA IMPORTANCIA INMENSA QUE TIENE SU CULTO.


Publicado en SALUTARIS HOSTIA

EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN Y 

LA GRAN PROMESA


El culto al Sagrado Corazón de Jesús no es una devoción más. Es el mismo Señor “por dentro”, en el misterio íntimo de su amor redentor por nosotros lo que se nos ofrece.
***
La gran revelación del culto al Sagrado Corazón de Jesús
en junio de 1675 a Santa Margarita María de Alacoque
Estando una vez en presencia del Santísimo Sacramento, un día de su octava, recibí de Dios gracias excesivas de su amor, y sintiéndome movida del deseo de corresponderle en algo y rendirle amor por amor, me dijo:
“No puedes darme mayor prueba que la de hacer lo que tantas veces te he pedido”
Entonces, descubriendo su Divino Corazón:
“He ahí este Corazón, que ha amado tanto a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sus sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de Amor. Pero lo que me es aún mucho más sensible es que son corazones que me están consagrados los que así me tratan.”
***
Dedicación de los viernes
Es un hecho que nuestra sociedad ha perdido el ambiente cristiano en sus formas. Un dato: el sentido eminentemente profano de los días de la semana; así el domingo no es el día del Señor, sino el día de las diversiones…
¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón!
a) Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo “nos lavó de nuestros pecados con su sangre” y nos dio por herencia la gloria eterna.
b) Porque en él su corazón se abrió como un tesoro, como una fuente de bienes para inundar al mundo.
c) Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María. Su amor no tuvo límites. 
***
La gran promesa de los nueve viernes
Introducción:
I. Año 1673. Una santa mujer, Margarita María de Alacoque, ve a Jesucristo mostrándole su Sagrado Corazón.
2. Recibe doce promesas especialísimas, vinculadas a esta devoción.
3. Es en la tercera gran aparición, 1674, cuando le comunica la gran promesa para la humanidad.
I. LA PROMESA
A) He aquí las palabras de Cristo
I. “Yo prometo, en un exceso de misericordia de mi corazón conceder  a todos los que reciban la sagrada comunión nueve primeros viernes de mes consecutivos:
a) La gracia de la penitencia final.
b) No morir en mi desgracia, ni sin recibir los sacramentos.
c) tendrán en mi divino corazón un asilo en el último momento”.
 2. Concede tres gracias.
a)La penitencia final, es decir, morir en estado de gracia.
b) La recepción de los sacramentos, es decir, los que sean necesarios en aquel momento.
c) Asilo seguro en su corazón,es decir, seguridad de no ser rechazado por El.
3. Amor misericordioso de Jesús que “en un exceso de misericordia” quiere salvar a toda la humanidad.
B) La promesa es absoluta
Exige solamente la comunión bien hecha según la intención del Sagrado Corazón y precisamente nueve primeros viernes de mes, seguidos.
1. Lo que se promete no es la perseverancia en el bien durante toda la vida.
2. Ni la recepción de los últimos sacramentos en esta hipótesis.
3. Se promete la perseverancia final.
a) Que implica la penitencia.
b) Y los últimos sacramentos en la medida necesaria.
4. La promesa se dirige directamente a los justos e indirectamente a los pecadores.
5. Fijándola a una práctica determinada de devoción al Sagrado Corazón de Jesús: los nueve primeros viernes.
C) Pero exige una explicación
1. Jesucristo no dice que salvará a los que sigan pecando contumazmente. Sería herético y blasfemo.
2. Sino que dará una gracia especial para vivir y morir cristianamente.
3.Esta gracia especial, sin embargo:
a) Exige nuestra colaboración personal.
b) No compromete nuestra libertad.
II. VERDADERO ALCANCE DE LA MISMA
A) Esta promesa se presta a falsas interpretaciones
1. Pueden decir algunos: “Haciendo los primeros viernes ya tengo asegurada la perseverancia final, aunque luego me entregue al pecado”. Esto es falsísimo.
a) La devoción de los primeros viernes no es el billete definitivo para ir al cielo.
b) Es tan sólo una “contraseña” a canjear por el billete. Y es necesario no perderla “vaciando los bolsillos imprudentemente” con una vida desordenada.
2. La certeza que nos da la práctica de esta devoción no es, ni puede ser, una certeza absoluta.
a) En el Concilio de Trento se condena a aquellos que dicen tener, sin especial revelación divina, certeza absoluta de su perseverancia final (Den. 826)
b) Nadie puede tener certeza absoluta ni siquiera de estar en estado de gracia.
c) Tampoco podemos tenerla de haber cumplido los requisitos que nos pide Jesucristo en la práctica de esta devoción.
d) No existe el autógrafo de la santa y se desconoce si se han cambiado palabras o no.
3. La certeza que nos da es una certeza moral.
a) Ya que del estado de gracia, que se requiere para cumplir las condiciones de la promesa, no tenemos más que certeza moral.
b) No excluye esta certeza el temor prudente. “Con temor y temblor trabajad por vuestra salud” (Fip. 2, 12)
c)Y si no excluye el temor es que no excluye la posibilidad opuesta.
4. Siempre estamos en esta vida en estado de prueba y obligados a vivir cristianamente.
a) Y eso aún las mismas almas privilegiadas a quienes revela el Señor su predestinación.
b) Cuanto más los demás, que no tienen más que una certeza moral de su perseverancia final.
5. Además, si el que comulga los nueve primeros viernes lo hace con la idea preconcebida de seguir luego una vida pecaminosa, no cumple los requisitos establecidos por el Señor.
a) Ya que comulga sacrílegamente.
b) Y por lo tanto no tiene el estado de gracia ni espíritu de reparación.
c) Luego no es válido el comulgar “para hacerse un seguro” y seguir luego una vida pecaminosa.
B) ¿Cuál fue la intención de Jesús al hacer la promesa?
1. Mostrarnos la importancia que El da a la devoción a su corazón y a la comunión reparadora.
2. Tranquilizar a algunas almas escrupulosas con la certeza moral de su salvación.
3. Abrir a los pecadores una puerta de salvación.
a) Jesús ha prometido que quien cumpla rectamente esta devoción morirá en su amistad y gracia.
b) Esto no quiere decir que un pecador que rehuse convertirse durante su vida se salvará de todas formas a la hora de la muerte.
c) Lo que ocurre es que un pecador que haya cumplido bien los requisitos de esta devoción, emprenderá a partir de ella una vida auténticamente cristiana que le asegurará cada vez más la gracia de la perseverancia final.
4. No son nuestros méritos los que nos alcanzan la gracia . La perseverancia final es un don completamente gratuito.  
***
EJERCICIO EN HONOR
DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS PARA
EL PRIMER VIERNES DE CADA MES
El primer viernes de todo mes es consagrado a honrar de un modo particular el divino Corazón de Jesús, a fin de corresponder a su ardentísimo amor y de consolarle en las amarguras y dolores que sufre por la perfidia de los malos cristianos.
El mismo Jesús reveló a su devota Margarita María cuánto deseaba que su Corazón Divino fuera honrado con especial obsequio de piedad en el día de viernes, prometiendo a las venturosas almas que a este deseo de su bondad correspondiesen, tesoros de gracias y de misericordias en vida y en muerte, de gozo eterno y de suavísimas delicias en el Paraíso.
Por tanto, los fervientes devotos del Sagrado Corazón están obligados a rendirle los mayores obsequios que les sea posible.
¡Oh! si esto hacen, estén ciertos de que conseguirán copiosos y preciosísimos frutos para bien de su alma. Una constante experiencia viene dando a conocer que alimentarse de viva y ardiente devoción al Corazón adorable de Jesús da por resultado enamorarse de la virtud y practicarla fielmente hasta la muerte. He aquí lo que en la práctica podrá dirigirnos para honrar en el primer viernes de todo mes el amabilísimo Corazón de nuestro amado Jesús.
1º Consagrar al Sagrado Corazón de Jesús desde el primer momento de la mañana todas las acciones del día, haciendo intención de servirle para consolarle en sus penas y dolores, y de obtener la gracia de propagar por todas partes esta dulce y preciosa devoción.
2º Acercarse, pudiendo a recibir los Santos Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, haciendo la Comunión con particular fervor y con el vivo deseo de reparar las gravísimas injurias que el amable Jesús recibe en el Sacramento de su inmensa caridad. Y cuando no fuese dado comulgar, suplir con una devotísima Comunión espiritual, y diferir a la primera Dominica el participar del Santísimo Sacramento.
3º Asistir al adorable sacrificio del altar, y a ser posible, al que se celebra ante alguna imagen del Sagrado Corazón, recomendando vivamente a todos los devotos del mismo divino Corazón, ofreciendo todas las obras de aquel día a su honor y gloria, para que el reino de su amor se dilate sobre toda la Tierra.
4º Hacer una visita al Divino Sacramento, donde el amabilísimo Corazón de Jesús reside vivo y ardiendo todo en caridad.
5º Será bien consolar en este día en la manera que nos sea dable el Corazón de Jesús, atendiendo con mayor empeño al cumplimiento de los propios deberes, aumentando alguna obra de mortificación y caridad.
6º En la oración de la tarde ofrecerá a la gloria del bendito Corazón de Jesús las acciones todas del día, y le suplicará que se digne avalorarlas con sus méritos y concederle la gracia de procurarle nuevos hijos que le honren en la Tuerra y le amen después en el Cielo.
7º También podrá recitar en el curso del día la siguiente
***
ORACIÓN
I. Os adoro, Corazón Sacratísimo de Jesús, en el augustísimo Sacramento del altar, donde continuamente estáis demostrando por nosotros el más ardiente y tierno amor. Doy gracias a vuestra infinita bondad, que instituyó este Divino Sacramento y preparó una mesa divina para dársenos todo Vos mismo. ¡Oh Corazón adorable de mi Jesús! Recibid, os ruego, dentro de Vos el alma mía, y encendedla en aquel bendito fuego de amor donde se abrase más y más de día en día hasta el último momento de mi vida.
Pater noster, Ave María, y Gloria
Dulce Corazón de mi Jesús,
haz que yo siempre te ame más
II. Os adoro, Corazón dulcísimo de Jesús en el augustísimo Sacramento del altar, donde estáis con el más ardiente deseo de que el corazón de todos los hombres se una a Vos para recibir las gracias de que sois fuente inagotable. Os doy gracias por vuestra incomprensible caridad, pues os habéis dignado uniros tantas veces con mi corazón en este Sacramento,  y os ruego que me concedáis una prueba de vuestro ferviente deseo enriqueciéndome de todo don celestial. – Pater, Ave, Gloria.
Dulce corazón, etc.
III. Os adoro, Corazón amorosísimo de Jesús, en el augustísimo Sacramento del altar, donde tantos hombres ingratos no os adoran ni reconocen vuestra real divina presencia, y deseo reparar los ultrajes que os han hecho. Vengo lleno de profundo respeto a obsequiaros y a protestar con fe viva que Vos estáis realmente presente en este Sacramento, y en él os adoro con todos los fieles, rogándoos que iluminéis a tantos infelices cómo aún se hallan envueltos en las tinieblas del error, para que conozcan también la verdad de este Sacramento. – Pater, Ave, Gloria.
Dulce Corazón, etc.
IV. Os adoro, Corazón amantísimo de Jesús, en el augustísimo Sacramento del altar, donde sois tan poco amado y mal correspondido del corazón de los hombres, especialmente de los malos cristianos que os ofenden con tantas irreverencias y sacrílegas comuniones. En reparación de tan monstruosa ingratitud, os ofrezco el corazón de los fervorosos cristianos que con tierno amor y obsequio respetuoso se regocijan ante Vos Sacramentado, y con alma pura os reciben en la fervorosa Comunión, uno a éstos mi pobre corazón contrito, y os ruego que grabéis en él y en el corazón de todos vuestros fieles el amor, el respeto, y la gratitud que Vos merecéis. – Pater, Ave y Gloria.
Dulce Corazón, etc.
V. Os adoro, ¡oh Santísimo Corazón de Jesús! en el augustísimo Sacramento del altar, donde estáis tantas horas del día y de la noche sin que alguno de vuestros fieles venga a visitaros. Aceptad, ¡oh Divino Corázón!, mi ferviente deseo, con el cual quisiera recorrer todas las iglesias de la Tierra donde os halláis Sacramentado, para adoraros y mover con mi humilde ejemplo el corazón de todos los hombres para que con frecuencia os visiten y correspondan a vuestro amor. Mas no siendo esto posible, os adoro aquí en persona, y en espíritu os adoro dondequiera que estéis Sacramentado, ofreciendóos las adoraciones, los obsequios, las alabanzas de los Angeles santos que en torno de vuestro tabernáculo sagrado sin cesar os bendicen.
Pater, Ave y Gloria.
Dulce Corazón, etc.
***
-Autobiografía de Santa Margarita María de Alacoque. Traducida por el Padre Angel Sanchez Teruel de la Compañia de Jesús. Apostolado Mariano.
-El Corazón de Jesús,  Royo Marín O.P.  Sevilla. Apostolado Mariano.
-Camino de Salvación. Devocionario selecto y universal dispuesto por el R. P Anastasio García de las escuelas pías con aprobación del ordinario.



25/4/13

LA VIDA DE ORACIÓN, SEGÚN EL SANTO DE LA EUCARISTÍA

Publicado en PRO CONVERSIONE INFIDELIUM

LA VIDA DE ORACION

San Pedro Julián de Eymard


Ego cibo invisibeei el potu qui ab hominibus videri non potes¡, utor.
"Me alimento de un pan y una bebida invisibles a los hombres". (TOB., XII, 19).

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Hay en el hombre dos vidas: la del cuerpo y la del alma; una y otra siguen, en su orden, las mismas leyes.
La del cuerpo depende, en primer lugar, de la alimentación; cual es la comida, tal la salud; depende en segundo lugar del ejercicio que desarrolla y da fuerzas, y, por último, del descanso, donde se rehacen las fuerzas cansadas con el ejercicio. Todo exceso en una de estas leyes es, en mayor o menor grado, principio de enfermedad o de muerte.
Las leyes del alma en el orden sobrenatural son las mismas, de las cuales no debe apartarse, como tampoco el cuerpo de las suyas.
Ahora bien: la comida, el manjar del alma, así como su vida, es Dios. Acá abajo, Dios conocido, amado y servido por la fe; en el cielo, Dios visto, poseído y amado sin nubes. Siempre Dios. El alma se alimenta de Dios meditando su palabra, con la gracia, con la súplica, que es el fondo de la oración y el único medio de obtener la divina gracia.
De la misma manera que en la naturaleza cada temperamento necesita alimentación diferente según la edad, los trabajos y las fuerzas que gasta, así también cada alma necesita una dosis particular de oración. Notad que no es la virtud la que sostiene la vida divina, sino la oración, pues la virtud es un sacrificio y resta fuerzas en lugar de alimentar. En cambio, quien sabe orar según sus necesidades cumple con su ley de vida, que no es igual para todos, pues unos no necesitan de mucha oración para sostenerse en estado de gracia, en tanto que otros necesitan larga. Esta observación es absolutamente segura: es un dato de la experiencia.
Mirad un alma que se conserva bien en estado de gracia con poca oración; no tiene necesidad de más; pero no volará muy alto.
A otra, al contrario, le cuesta mucho conservarse en él con mucha oración y siente que le es necesario darse de lleno a ella. ¡Ore esa alma, que ore siempre, pues se parece a esas naturalezas más flacas que necesitan comer con mayor frecuencia, so pena de caer enfermas!
Mas hay oraciones de estado que son obligatorias. El sacerdote tiene que rezar el oficio y el religioso sus oraciones de regla. Estas nunca es lícito omitirlas ni disminuirlas por sí mismo, de propia autoridad.
La piedad hace que uno sea religioso en medio del mundo. A estas almas la gracia de Dios pide más oraciones que las de la mañana y de la tarde. La condición esencial para conservarse en la piedad es orar más. Es imposible de otro modo.
Sabéis muy bien que hay dos clases de oración; la vocal, de la que hemos venido hablando, y la mental, que es el alma de la primera. Cuando uno no ora, cuando la intención no se ocupa en Dios al orar verbalmente, las palabras nada producen: la única virtud que tienen se la presta la intención, el corazón.
¿Será necesaria la oración mental considerada en su acepción más restringida de meditación, de oración? Es, cuando menos, muy útil, puesto que todos los santos la han practicado y recomendado; es muy útil, porque es difícil llegar sin ella a la santidad.
Esto me conduce como de la mano a decir que hay una oración de necesidad, una oración de consejo y una oración de perfección.
¡Sí; estáis estrictamente obligados, bajo pena de condenación, a orar! Abrid el evangelio y al punto veréis el precepto de la oración. Claro que no está indicada la medida, porque ésta tiene que ser proporcionada a la necesidad de cada uno. Debéis, sin embargo, orar lo bastante para manfeneros en estado de gracia, lo suficiente para estar a la altura de vuestros deberes.
Si no, os parecéis a un nadador que no mueve bastante los brazos; seguro que va a perderse. Que redoble sus esfuerzos, que si no su propio peso le arrastrará al abismo. Si os sentís demasiado apurados por las tentaciones, doblad las oraciones. Es lo que hacéis en otras cosas; cada cual se arregla según sus necesidades. ¡Oh! Es algo muy serio esto de proporcionar la oración a nuestras necesidades. ¡En ello va nuestra salvación! ¿Faltáis fácilmente a vuestros deberes de estado? Es que no oráis bastante. ¡Pero si os condenáis! Clamad a Dios. Moveos. La humana miseria ha disminuído vuestra marcha y acabará de echaros completamente por tierra, si no resistís fuertemente. Orad, por consiguiente, cuanto os haga falta para ser cristianos cabales.
La segunda oración es aquella con que el alma quiere unirse con Dios y entrar en su cenáculo. Aquí hace falta orar mucho, porque las obligaciones de este estado son muy estrechas. Así como en una amistad más íntima son más frecuentes las visitas y las conversaciones, así también quien quiera vivir en la intimidad con Jesús debe visitarle más a menudo y orar más. ¿Queréis seguir al Salvador? Harto mayores combates tendréis que sostener, y por lo mismo os hacen falta mayores gracias; pedidlas para alcanzarlas.
La tercera oración, o sea de perfección, es la del alma que quiere vivir de Jesús, que en todas las cosas toma por única regla de conducta la voluntad de Dios. Entra en familiaridad con nuestro Señor y ha de vivir de Dios y para Dios. Así es la vida religiosa, vida de perfección para quienes la comprenden, en la cual nos damos a Dios para que El sea nuestra ley, fin, centro y felicidad. Todo el contento de semejante alma consiste en la oración. Ni hay nada de extraño en ello; porque si corta alas a la imaginación y sujeta al entendimiento. Dios en retorno derrama en su corazón abundancia de dulces consuelos. Son raras tan bellas almas; pero las hay, sin embargo. Y ¿qué no pueden hacer en este estado? Orando convertían los santos países enteros. ¿Rezaban acaso más que ningún otro en el mundo? No siempre. Pero oraban mejor, con todas sus facultades. Sí, todo el poder de los santos estaba en su oración; ¡ y vaya si era grande, Dios mío!
¿Cómo sabré en la práctica que oro lo bastante para mi estado?-Os basta la oración que hacéis, si adelantáis en la virtud. Se llega a conocer que la alimentación es suficiente,
cuando se ve que se digiere fácilmente y que nos proporciona salud tenaz y robusta.
¿Os mantiene vuestra oración en la gracia de vuestro estado y os hace crecer? Señal que digerís bien. Si las alas de la oración os remontan muy alto, la alimentación es suficiente e iréis subiendo cada vez más.
Si, al contrario, vuestras oraciones vocales y vuestra meditación os hacen volar a ras de tierra y con el peligro de dejaros caer a cada momento, señal que no basta para dominar las miserias del hombre viejo. Eso prueba que oráis mal e insuficientemente. Merecéis este reproche del Salvador: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (1).
¿Qué sucederá? Una tremenda desdicha: ¡que nos moriremos de hambre ante la regia mesa del Salvador! Estamos ya enfermos y muy cerca de la muerte. El pan de vida ha venido a ser para nosotros alimento de muerte, y el buen vino un veneno mortal. ¿Qué queda para volvernos al estado anterior? Quitad al cuerpo el alimento, y muere. Quitad a un alma su oración, a un adorador su adoración, y se acabó: ¡cae para la eternidad!
¿Será esto posible? Sí, y aun cierto. Ni la confesión será capaz de levantaros. Porque, a la verdad, ¿para qué sirve una confesión sin contrición? Y ¿qué otra cosa que una oración más perfecta es la contrición? Tampoco os servirá la Comunión. ¿Qué puede obrar la Comunión en un cadáver, que no sabe hacer otra cosa que abrir unos ojos atontados?
Y aun caso que Dios quiera obrar un milagro de misericordia, cuanto pueda hacer se reducirá a inspiraros de nuevo afición a la oración.
El que ha perdido la vocación y abandonado la vida piadosa, comenzó por abandonar la oración. Como le arremetieron tentaciones más violentas y le atacaron con más furia los enemigos, y como, por otra parte, había arrojado las armas, no pudo por menos de ser derrotado. ¡Ojo a esto, que es de suma importancia! Por eso nos intima la Iglesia que nos guardaremos de descuidarnos en la oración, y nos exhorta a orar lo más a menudo que podamos. La oración nos guía: es nuestra vida espiritual; sin ella tropezaríamos a cada paso.
Esto supuesto, ¿sentís necesidad de orar? ¿Vais a la oración, a la adoración, como a la mesa? ¿Sí? Está muy bien. ¿Trabajáis por obrar mejor y en corregiros de vuestros defectos? Pues es muy buena señal. Eso demuestra que os sentís con fuerzas para trabajar.
Mas si, al contrario, os fastidiáis en la oración y veis con agrado que llega el momento de salir de la iglesia, ¡ah!, ¡entonces es que estáis enfermos, y os compadezco!
Dícese que, a fuerza de alimentarse bien, acaba uno por perder el gusto de las mejores cosas, que se vuelven insípidas y no nos inspiran más que asco y provocan náuseas.
He aquí lo que hemos de evitar a toda costa en el servicio de Dios y en la mesa del rey de los reyes. No nos dejemos nunca atolondrar por la costumbre, sino tengamos siempre un nuevo sentimiento que nos conmueva, nos recoja, nos caliente y nos haga orar. ¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia! Siempre hay que tener apetito, excitarse a tener hambre, tomar buen cuidado para no perder el gusto espiritual. Porque, lo repito, nunca podrá Dios salvarnos sin hacernos orar.
Vigilemos, pues, sobre nuestras oraciones.

2/4/13

MEDITACIONES SOBRE SAN JOSÉ

PARA EL MES DE MARZO, DEDICADO AL GRAN SANTO, CASTÍSIMO ESPOSO DE NUESTRA SEÑORA


Tomado de FSSPX - Distrito México


DÍA 1


Excelencia de la devoción a San José
Nuestra salvación está en vuestras manos, ¡oh José!
Gén. XLVII, 25.

Después de la devoción a Jesús y a su divina Madre, no hay devoción más justa y más sólida que la que la Santa Madre Iglesia nos invita a tener a San José. De todos los santos propuestos a nuestra devoción, ninguno es más poderoso que él cerca de Dios, y nadie tiene más derechos que él a nuestro amor, a nuestra confianza y a nuestro homenaje de piedad filial.
Dios Padre, confiando a San José los tesoros más preciosos del cielo y de la tierra, al escogerlo entre todos los hombres para ser el jefe de la Sagrada Familia, nos dio en cierto modo la medida del respeto que le debemos.
El antiguo patriarca José conoció en su juventud, por misteriosa revelación, el grado sublime a que sería elevado; vio en un sueño a los dos principales astros de nuestro firmamento inclinarse respetuosos delante de él; pero esta profética visión no se verificó exactamente sino con el segundo José, del cual el primero fue tan sólo una imagen, pues Jesucristo, que es el verdadero Sol de justicia que ilumina a los hombres, y María, la Luna esplendente (Pulchra ut Luna) que envía a la tierra la luz que recibe del Sol, se sometieron enteramente a la dirección de San José, y le tributaron el homenaje de la más respetuosa obediencia, como a su jefe.
La vida de Jesús debe ser nuestro modelo. «Os he. dado el ejemplo, a fin de que lo que Yo hice, lo hagáis vosotros también».
Pues bien; desde el momento que el Eterno Padre escogió a San  José para que le representara sobre la tierra, Jesús, lo honró como a su padre, le obedeció en todas las cosas, y lo sirvió con sus divinas manos, tributándole la más obsequiosa reverencia.
Gersón encuentra en el profundo abajamiento de Jesús, obediente a José, la justa medida de la altura sublime a que fue elevado nuestro Santo. Este subió en la misma proporción en que descendió Jesús, de manera que la obediencia de Jesús nos prueba al mismo tiempo su incomprensible humildad y la incomparable dignidad de José. De manera que los actos de sumisión que practicaba el Hijo de Dios obedeciendo a José, eran para este otros tantos grados de la más sublime elevación. ¿Cómo podremos, pues, comprender la dignidad de un Santo que se vio obedecido, respetado y servido, por el espacio de tantos años, por su Creador, por su Dios?. . .
María respetó y honró a San José como a dueño y como a esposo, destinado por el Eterno Padre para protegerla y dirigirla y Ella, que es reverenciada por los ángeles y por los serafines; que vio inclinarse reverente al arcángel Gabriel, y ante quien se postra la Iglesia triunfante y militante, se humilló ante José, prestándole los más humildes servicios.
Uno de los motivos que tenía la Virgen Santísima para honrar así a San José, era que conocía todos los tesoros de gracias con que el Espíritu Santo había colmado su corazón; pero cuando vio al Hijo de Dios respetar a José como a padre, servirlo como a su señor, escucharlo como se escucha al maestro, ¿quién podrá apreciar a qué grado se elevó su amor y reverencia a tan santo esposo?.. . Deseó entonces honrarlo como Jesús lo honraba; y no pudiendo hacerlo con la misma humildad, pues aquella era la de un Dios, se confundía en esa misma impotencia y manifestaba esa santa confusión a José, para compensarlo en alguna manera de cuanto hubiera deseado hacer, no sólo como esposa, sino como sierva, a imitación de Jesús.
La Santa Iglesia, a quien Dios confió las llaves de la ver-dad, para que nos condujera por el camino de la piedad sólida, al recomendamos la devoción a San José, trata de inspirarnos una gran confianza en su poderosa protección. Le levantó magníficos santuarios, y estableció más de una fiesta solemne en su honor, que se celebran en todo el mundo católico: de manera que de oriente a occidente, doquiera resuena el nombre augusto del divino Salvador, se repite también el de su dilectísimo Custodio, verificándose así el oráculo de Nuestro Señor Jesucristo: «El que permanece alerta en la guardia de su Señor, será glorificado».
La Iglesia propone a San José como modelo de vida interior y patrono de la buena muerte; nos exhorta a consagrarle el miércoles de cada semana, y para inducir a los fieles a honrarlo siempre más y más, concede numerosas indulgencias a las prácticas piadosas que se hacen en su honor.
Es así como la Iglesia trata de dar a su santo Protector un justiciero tributo de reconocimiento, por los favores insignes que de él ha recibido. En efecto —dice San Bernardo—, San José, con la santidad de su vida, cooperó al misterio de la Encarnación del Verbo más que todos los antiguos Patriarcas con sus vivos deseos, con sus lágrimas y con sus méritos. La pureza de San José ha sido, en cierto modo, más fecunda que la fecundidad de todos los antecesores del Salvador. El, con su castidad, fue más afortunado que todos los héroes de la Ley antigua; y en cierto modo fue necesario, por así decirlo, para que se cumpliera el más augusto de los misterios: no tan sólo para que el Salvador viniera al mundo, con toda la honra que merecía, sino también —dice Santo Tomás— para que ese mismo mundo creyera al mismo tiempo en la Encarnación del Hijo de Dios y en la Virginidad Inmaculada de María.
San José, como el virrey de Egipto, no solamente almacenó el trigo natural para sustentar a los súbditos de un rey idólatra, sino que preparó y conservó para el pueblo de Dios, el trigo de los elegidos, el Pan de los ángeles, el alimento que lleva a la vida eterna. Y       la Iglesia, teniendo presentes favores tan inestimables, ha querido tributar a San José, honores mucho más elevados que los que otorgara Faraón al hijo de Jacob.
Oh José —exclama la Iglesia—, pongo todos mis hijos bajo vuestra protección. María Inmaculada es mi Madre, mi Reina; Jesús, vuestro Hijo, es mi Esposo divino, y vos ocuparéis el lugar de Protector y de Padre. Adoptando por Hijo al Salvador del mundo, adoptasteis también a sus hermanos, que son mis hijos, y estoy segura de que vuestra caridad inextinguible no les negará ni los cuidados, ni los servicios que tributasteis a Jesús,
Después de estas sublimes e importantes consideraciones, no nos sorprenderá que todos los fieles tengan tanta confianza en San José, ni de que todas las Congregaciones, que son ornamento de la Iglesia, se hayan colocado bajo su protección, tomándolo como Patrono y modelo.
Todos los santos han tenido la más tierna devoción a San José. Recordemos a San Bernardino de Sena, San Bernardo, Santa Brígida, San Francisco de Sales y Santa Teresa, verdaderos modelos de esta devoción.
El santo Obispo de Ginebra, San Francisco de Sales,  en todas sus obras habla de San José con la más tierna devoción. A él le dedicó, como al más querido Protector, su sublime Tratado del amor de Dios, y se gloría doquiera de pertenecer a este gran Patriarca. Escogió al casto esposo de María como a principal Patrono y ángel tutelar de la Visitación, y manda a las novicias, que lo tengan como guía particular en el camino de la oración mental y de la contemplación. Gracias a su celo, se erigió en la ciudad de Annecy un hermoso templo en honor de este gran Santo, y en la víspera de su muerte manifestó al rector de la iglesia que San José lo había visitado, añadiendo: «¿No sabéis, Padre mío, que soy todo de San José?…» El religioso que lo asistía, tomando entre sus manos el breviario del Santo, no halló en él más que una estampa, y era la de San José.
El celo de Santa Teresa se hermana con el del piadoso Obispo de Ginebra. Encendida en la más viva y tierna devoción a San José, ¡con qué empeño se dedicó a propagarla!. . . Escribió, habló, y nada ahorró para que San José fuera conocido, amado y honrado de acuerdo con sus méritos. Lo invocaba como a su Padre y señor; no emprendía ninguna obra sin implorar su socorro; le consagró trece monasterios que fundó en su honor, y exhortaba siempre a todos los fieles a recurrir a él con confianza, y a ponerse bajo su patrocinio. A pesar de su solicitud en ocultar los favores con que Dios se complacía en enriquecerla, tratándose de contribuir a la gloria de San José, su pluma y su lengua ponían de manifiesto el secreto de su afecto: no podía dejar de manifestar las gracias extraordinarias que obtenía por su mediación.
Pero dejemos que ella misma hable en el capítulo VI de su Vida. La autoridad de una Santa tan venerada en la Iglesia por sus extraordinarias virtudes, debe inspirarnos confianza plena en tan poderoso Protector.
«No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo corno de alma. Que a otros santos parece les dio el Señor

27/3/13

LA EXPIACIÓN QUE DEBEMOS


CARTA ENCÍCLICA “MISERENTISSIMUS REDEMPTOR” DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XI

SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
INTRODUCCIÓN
Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque
1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»(1). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.
Esta divina promesa, así como en un principio levantó los ánimos abatidos de los apóstoles, y levantados los encendió e inflamó para esparcir la semilla de la doctrina evangélica en todo el mundo, así después alentó a la Iglesia a la victoria sobre las puertas del infierno. Ciertamente en todo tiempo estuvo presente a su Iglesia nuestro Señor Jesucristo; pero lo estuvo con especial auxilio y protección cuantas veces se vio cercada de más graves peligros y molestias, para suministrarle los remedios convenientes a la condición de los tiempos y las cosas, con aquella divina Sabiduría que «toca de extremo a extremo con fortaleza y todo lo dispone con suavidad»(2). Pero «no se encogió la mano del Señor»(3) en los tiempos más cercanos; especialmente cuando se introdujo y se difundió ampliamente aquel error del cual era de temer que en cierto modo secara las fuentes de la vida cristiana para los hombres, alejándolos del amor y del trato con Dios.
Mas como algunos del pueblo tal vez desconocen todavía, y otros desdeñan, aquellas quejas del amantísimo Jesús al aparecerse a Santa Margarita María de Alacoque, y lo que manifestó esperar y querer a los hombres, en provecho de ellos, plácenos, venerables hermanos, deciros algo acerca de la honesta satisfacción a que estamos obligados respecto al Corazón Santísimo de Jesús; con el designio de que lo que os comuniquemos cada uno de vosotros lo enseñe a su grey y la excite a practicarlo.
2. Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de nuestro Redentor resplandece singularmente el hecho de que, cuando la caridad de los fieles se entibiaba, la caridad de Dios se presentaba para ser honrada con culto especial, y los tesoros de su bondad se descubrieron por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, «en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia»(4).
Pues, así como en otro tiempo quiso Dios que a los ojos del humano linaje que salía del arca de Noé resplandeciera como signo de pacto de amistad «el arco que aparece en las nubes»(5), así en los turbulentísimos tiempos de la moderna edad, serpeando la herejía jansenista, la más astuta de todas, enemiga del amor de Dios y de la piedad, que predicaba que no tanto ha de amarse a Dios como padre cuanto temérsele como ímplacable juez, el benignísimo Jesús mostró su corazón como bandera de paz y caridad desplegada sobre las gentes, asegurando cierta la victoria en el combate. A este propósito, nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, en su encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en escribir: «Cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen, sufría la opresión del yugo de los Césares, la Cruz, aparecida en la altura a un joven emperador, fue simultáneamente signo y causa de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Otro signo se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz superpuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido candor. En El han de colocarse todas las esperanzas; en El han de buscar y esperar la salvación de los hombres».
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús
3. Y con razón, venerables hermanos; pues en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consxguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia? Nadie extrañe, pues, que nuestros predecesores incesantemente vindicaran esta probadísima devoción de las recriminaciones de los calumniadores y que la ensalzaran con sumos elogios y solícitamente la fomentaran, conforme a las circunstancias.
Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazón divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.
La consagración
4. Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido más que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseñó a la inocentísima discipula de su Corazón, Santa Margarita María, cuánto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, con su maestro espiritual, el P. Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los magistrados, las ciudades y los reinos.
Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: «No queremos que reine sobre nosotros»(6), por esta consagración que decíamos, la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús prorrumpía unánime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: «Es necesario que Cristo reine(7). Venga su reino». De lo cual fue consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, único en quien todas las cosas se restauran(8), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazón, por nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.
Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra encíclica Quas primas, accediendo a los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y perfeccionamos, cuando, al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano.
Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey. Por esto ordenábamos también que en el día de esta fiesta se renovase todos los años aquella consagración para conseguir más cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los pueblos todos con el vínculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazón de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan.
LA EXPIACIÓN O REPARACIÓN
5. A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey, necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación.
Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación.
Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo.
Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, «por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias». A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración(9), ha de añadirse la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla como agradable.
Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana, después de la caída miserable de Adán el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las concupiscencias y míseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. Soberbios filósofos de nuestros tiempos, siguiendo el antiguo error de Pelagio, esto niegan blasonando de cierta virtud innata en la naturaleza humana, que por sus propias fuerzas continuamente progresa a perfecciones cada vez más altas; pero estas inyecciones del orgullo rechaza el Apóstol cuando nos advierte que «éramos por naturaleza hijos de ira»(10).
En efecto, ya desde el principio los hombres en cierto modo reconocieron el deber de aquella común expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido, ofreciendo a Dios sacrificios, aun públicos, para aplacar su justicia.
Expiación de Cristo
6. Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crímenes de los hombres si el Hijo de Dios no hubiese tomado la humana naturaleza para repararla. Así lo anunció el mismo Salvador de los hombres por los labios del sagrado Salmista: «Hostia y oblación no quisiste; mas me apropiaste cuerpo. Holocaustos por el pecado no te agradaron; entonces dije: heme aquí»(11). Y «ciertamente El llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; herido fue por nuestras iniquidades»(12); y «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero»(13); «borrando la cédula del decreto que nos era contrario, quitándole de en medio y enclavándole en la cruz»(14), «para que, muertos al pecado, vivamos a la justicia»(15).
Expiación nuestra, sacerdotes en Cristo
7. Mas, aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente «perdonó nuestros pecados»(16); pero, por aquella admirable disposición de la divina Sabiduría, según la cual ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia(17), aun a las oraciones y satisfacciones «que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores» podemos y debemos añadir también las nuestras.
8. Necesario es no olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del cruento sacrificio de Cristo, que por modo incruento se renueva sin interrupción en nuestros altares; pues, ciertamente, «una y la misma es la Hostia, el mismo es el que ahora se ofrece mediante el ministerio de los sacerdotes que el que antes se ofreció en la cruz; sólo es diverso el modo de ofrecerse»(18); por lo cual debe unirse con este augustísimo sacrificio eucarístico la inmolación de los ministros y de los otros fieles para que también se ofrezcan como «hostias vivas, santas, agradables a Dios»(19). Así, no duda afirmar San Cipriano «que el sacrificio del Señor no se celebra con la santificación debida si no corresponde a la pasión nuestra oblación y sacrificio»(20).
Por ello nos amonesta el Apóstol que, «llevando en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús»(21), y con Cristo sepultados y plantados, no sólo a semejanza de su muerte crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias(22), «huyendo de lo que en el mundo es corrupción de concupiscencia»(23), sino que «en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús»(24), y, hechos partícipes de su eterno sacerdocio, «ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados»(25).
Ni solamente gozan de la participación de este misterioso sacerdocio y de este deber de satisfacer y sacrificar aquellos de quienes nuestro Señor Jesucristo se sirve para ofrecer a Dios la oblación inmaculada desde el oriente hasta el ocaso en todo lugar(26), sino que toda la grey cristiana, llamada con razón por el Príncipe de los Apóstoles «linaje escogido,real sacerdocio»(27), debe ofrecer por sí y por todo el género humano sacrificios por los pecados, casi de la propia manera que todo sacerdote y pontífice «tomado entre los hombres, a favor de los hombres es constituido en lo que toca a Dios»(28).
Y cuanto más perfectamente respondan al sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, que es inmolar nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucificar nuestra carne con aquella crucifixión mística de que habla el Apóstol, tantos más abundantes frutos de propiciación y de expiación para nosotros y para los demás percibiremos. Hay una relación maravillosa de los fieles con Cristo, semejante a la que hay entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo, y asimismo una misteriosa comunión de los santos, que por la fe católica profesamos, por donde los individuos y los pueblos no sólo se unen entre sí, mas también con Jesucristo, que es la cabeza; «del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado por todas las junturas, según la operación proporcionada de cada miembro, recibe aumento propio, edificándose en amor»(29). Lo cual el mismo Mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo próximo a la muerte, lo pidió al Padre: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad»(30).
Así, pues, como la consagración profesa y afirma la unión con Cristo, así la expiación da principio a esta unión borrando las culpas, la perfecciona participando de sus padecimientos y la consuma ofreciendo sacrificios por los hermanos. Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad.
Comunión Reparadora y Hora Santa
9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de esta devoción, como la historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontífices confirman.
Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor». Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, sino que enriqueció con copiosos favores espirituales.
Consolar a Cristo
10. Mas ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo»(31).
Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas»(32) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio»(33). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo(34) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé»(35).
La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia
11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín(36): «Cristo padeció cuanto debió padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones de Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, «que respiraba amenazas y muerte contra los discípulos»(37), le dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues»(38); significando claramente que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón, pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro»(39), necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros(40).
Necesidad actual de expiación por tantos pecados
12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo»(41). De todas partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia(42). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora»(43).
Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre; vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada totalmente o depravada con muelles halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a la juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la codicía desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad legítima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se destruye o se pone al borde de la ruina.
Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discípulos, vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanás; no menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrílegamente comulgan o se pasan a los campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos»(44).
El ansia ardiente de expiar
13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado, el ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia»(45), de alguna manera se acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a Cristo como víctimas.
Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos de aborrecer y de abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se afanará por reparar el ofendido honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.
Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de servir, se proponen hacer día y noche las veces del Angel que consoló a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las parroquias, las diócesis y ciudades.
LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS
Causa de muchos bienes
14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humilde, extendida después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación, desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, más firmemente sancionada por nuestra autoridad apostólica, más solemnemente se practique por todo el universo católico. A este fin disponemos y mandamos que cada año en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús —fiesta que con esta ocasión ordenamos se eleve al grado litúrgico de doble de primera clase con octava— en todos los templos del mundo se rece solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.
No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita María «que todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».
Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron»(46), y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón»(47); no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron «venir en las nubes del cielo»(48), tarde y en vano lloren sobre E1(49).
Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su Rey, a quien miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentirán enardecidos para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la divina Víctima: «¿Qué utilidad en mi sangre?»(50); y de aquel gozo que recibirá el Corazón sacratísimo de Jesús «por un solo pecador que hiciere penitencia»(51).
Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movido a misericordia perdonó a los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda la comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.
La Virgen Reparadora
15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los hombres»(52), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado.
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ORACIÓN EXPIATORIA
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.
Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del bautismo.
A1 mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti fundada.
¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofrecisté un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Notas
1. Mt 28,20.
2. Sab 8,1.
3. Is 59,1.
4. Col 2,3.
5. Gén 2,14.
6. Lc 19,14.
7. 1 Cor 15,25.
8. Ef 1,10.
9. S. Th. II-II q.81, a.8c.
10. Ef 2,3.
11. Heb 10,5.7.
12. Is 53,4-5.
13. 1 Pe 2,24.
14. Col 2,14.
15. 1 Pe 2,24.
16. Col 2,13.
17. Col 1,24.
18. Conc. Trid., sess.22 c.2.
19. Rom 12,1.
20. Epist. 63 n.381.
21. 2 Cor 4,10.
22. Cf. Gál 5,24.
23. 2 Pe 1,4.
24. 2 Cor 4,10.
25. Heb 5,1.
26. Mal 1-2.
27. 1 Pe 2,9.
28. Heb 5,1.
29. Ef 4,15-16.
30. Jn 17,23.
31. In Ioan. tr.XXVI 4.
32. Is 53,5.
33. Is 5.
34. Lc 22,43.
35. Sal 68,21.
36. In Ps. 86.
37. Hech 91,1.
38. Hech 5.
39. 1 Cor 12,27.
40. Ibíd.
41. 1 Jn 5,19.
42. 2 Pe 2,2.
43. 2 Tes 2,4.
44. Mt 24,12.
45. Rom 5,20.
46. Jn 19,37.
47. Is 46,8.
48. Mt 26,64.
49. Cf. Ap 1,7.
50. Sal 19,10.
51. Lc 15,4.
52. Tim 2,3


Publicado en FSSPX - Distrito México

26/3/13

COMO SUFRIÓ EL CORAZÓN DE JESÚS EN SU PASIÓN A LA VISTA DEL CORAZÓN AFLIGIDO DE SU MADRE.



San Juan Eudes


Los dolores que el Corazón adorable de nuestro Salvador soportó al  ver a su santísima Madre sumergida en un mar de tribulaciones en el tiempo de su Pasión, son inexplicables e inconcebibles.

Una vez que la bienaventurada Virgen fue  Madre de nuestro  Redentor, soportó  incesantemente un combate de amor en su  Corazón. Porque  conociendo que era la voluntad de Dios que su amado Hijo sufriera y muriera  por la salvación de las almas, el amor muy ardiente que tenía para con esta divina voluntad y para  con las almas la  ponía en una entera  sumisión a las órdenes de Dios; y el  amor inconcebible de Madre a su queridísimo  Hijo,   le  causaba dolores indecibles a vista de los tormentos que había de sufrir para rescatar el mundo.

Llegado el  día de su Pasión, creen los Santos, que a juzgar por el  amor y  obediencia con que siempre se conducía con su santísima Madre y conforme a la bondad que tiene de consolar a sus amigas en las aflicciones, antes de dar comienzo a sus sufrimientos, se despidió de esta Madre queridísima. A fin de hacerlo por obediencia tanto a la  voluntad de su Padre como a la de su Madre, que era la misma, pidió licencie a ella para ejecutar la  orden de su Padre. Le dijo  que era voluntad de su Padre que le acompañase al pie de la cruz y  envolviese su cuerpo, cuando muriera,  en un lienzo para ponerle en el sepulcro; le dio orden de lo que tenía qué hacer y dónde había de estar hasta su Resurrección.

Es igualmente  creíble  que le dio a conocer lo  que Él  iba a sufrir para prepararla y disponerla a que le acompañara espiritual  y corporalmente en sus sufrimientos. Y como los dolores interiores de ambos eran indecibles, no se los declararon  con palabra: sus ojos y sus corazones se comprendían y comunicaban recíprocamente. Pero el  perfectísimo amor  reciproco  y la  entera  conformidad que tenían a la voluntad divina,  no permitían  que hubiese imperfección  alguna en  sus sentimientos naturales. Siendo el  Salvador el  Hijo  único de María,  sentía mucho sus dolores, pero  como era su Dios, la fortificaba en la mayor desolación que jamás ha habido, la consolaba con divinas palabras que ella  escuchaba y  conservaba cuidadosamente en su Corazón, con nuevas gracias  que continuamente derramaba en su alma, a fin de que pudiese soportar y vencer los  violentísimos dolores que le estaban preparados. Eran tan grandes estos dolores, que si le  hubiera sido posible y  conveniente sufrir en lugar de su Hijo, le  hubiera  sido más soportable que el verlo padecer y le  hubiera  sido más dulce dar su vida por El,  que verle  soportar suplicios  tan atroces. Pero, no habiendo dispuesto Dios de o t r a manera, ofreció ella su Corazón y dio Jesús su Cuerpo, a fin de que cada uno sufriese lo que Dios había ordenado. María  habla de sufrir todos los tormentos de su Hijo en la  parte  más sensible que es su Corazón y  Jesús había de soportar en su Cuerpo sufrimientos inexplicables y en su Corazón los de su santa Madre que eran inconcebibles.

Despidióse el Salvador de su santísima Madre y fue a sumergirse en el  océano inmenso de sus dolores; y su Madre en continua oración, lo acompañó interiormente, de suerte que en este t r i s t e día comenzaron para ella las plegarias, las  lágrimas,  las  agonías interiores y, con perfectísima sumisión a la divina voluntad, repetía con su Hijo, en el fondo de su Corazón: « Padre, no se haga mi voluntad, sino la vuestra».

La noche en que los  Judíos  prendieron a  nuestro  Redentor en el  Huerto de los Olivos, le condujeron atado a casa de Anás y  luego a la de Caifás, donde se hartaron de burlarse y ultrajarle de mil maneras. Hasta el amanecer quedó Jesús en aquella prisión,   después de que todos se hubieron ido a casa. También San Juan Evangelista marcho de allí,   sea por  orden de Nuestro Señor, sea por divina inspiración, y  fue a dar aviso de lo ocurrido. Oh Dios mío, qué lamentos, tristezas y dolores se cruzaron entre la  Madre de Jesús  y   el   discípulo  amado, mientras   este  contaba y  ella   escuchaba los acontecimientos! En verdad, los sentimientos y angustias de ambos fueron tales, que cuanto se diga es nada en comparación de la realidad. Más decían con el corazón que con los labios, más con sus lágrimas que con discursos, en especial la bendita Virgen,  puesto que su  grandísima modestia, impidiéndole palabra alguna desconcertada, hacía sufrir su Corazón lo que nadie puede imaginar.

Al llegar el tiempo de buscar y acompañar a su Hijo en los tormentos, sale de su casa al apuntar el día, silenciosa  como el Cordero divino, muda como oveja; va regando el  camino con sus lágrimas y de su Corazón se elevan el cielo ardientes suspiros. Acompáñenla en adelante sus devotos en su dolores, caminando por la vía del dolor.

En medio de ultrajes   e  ignominias, los  Judíos  conducen al  Salvador a  casa de Pilato y de Herodes, pero a causa de la multitud y  de] alboroto del pueblo,  su Madre no logra  verlo  hasta que es mostrado a la  muchedumbre flagelado y  coronado de espinas. Entonces es cuando su Corazón sufrió dolores inmensos. y «sus ojos derramaron torrentes  de lagrimas al oír  las  voces del populacho», el  tumulto de la  ciudad, las injurias que los Judíos vomitaban  contra su Hijo, las afrentas que le hacían, las blasfemias que proferían  contra El. Mas como había puesto todo su amor en Él,  aunque su presencia fuese lo que más la debía afligir, era no obstante, lo que deseaba por encima de todo: el amor tiene estos extremos, soporta  menos la ausencia del amado que el dolor,  por  grande que sea, que su presencia le hace sufrir. Entre  tales amarguras e inimaginables  angustias, esta santa Oveja suspira por la vista  del divino Cordero. Al  fin le vio  todo desgarrado por los azotes, su cabeza atravesada por crueles  espinas, su adorable rostro  amoratado, hinchado, cubierto de sangre y de salivazos, con una cuerda al  cuello, las manos atadas, un cetro de calla en la mano y vestido con túnica de burla. 

Sabe Él que allí está su Madre dolorosa; conoce ella que su divina  Majestad ve los sentimientos de su Corazón traspasado por  dolores no menores a los soportados por El en su  Cuerpo. Oye los falsos testimonios contra El y.  cómo es pospuesto a Barrabás,  ladrón y  homicida. Oye miles de voces de clamor  llenas de furor: «Deduc quasi torrentem lacrymas» (Thren, 2,18).

« Tolle, tolle,  crucifige,   crucifige»!    Escucha la  cruel  e injusta  sentencia de muerte contra el Autor de la  vida. Ve la cruz en la que se le va a crucificar y cómo marcha hacia el Calvario cargándola sobre sus espaldas. Siguiendo las huellas de su Jesús, lava  con lágrimas el camino ensangrentado por su  Hijo. También soportaba en su  Corazón cruz  tan  dolorosa como la que llevaba El sobre sus hombros.

En el Calvario las  santas mujeres se  esfuerzan  por   consolarla. A  imitación de su  dulce Cordero,  enmudece y sufre  inconcebibles dolores: oye los  martillazos  que los verdugos descargan sobre los clavos con los cuales sujetan a su Hijo en la cruz. Al ver al que amaba infinitamente  más que a al misma,  pendiente de la  cruz entre  tantos y tan crueles dolores, sin poder prestarle el menor alivio, cae en brazos de los que la  acompañan. Era tanta su debilidad después de velar  toda la  noche, haber llorado  tanto y  sin  tomar   alimento  alguno que pudiera  sostenerla.  Entonces, sécanse las lágrimas,   pierde el  color, estremecida de dolor, no  tiene  más reactivo  que las lágrimas de sus compañeros, hasta que su Hijo le da de nuevo fuerzas para que le acompañe hasta la muerte.

De nuevo bañada por ríos de lágrimas, sufre  martirios de dolores a la  vista de su Hijo y su Dios pendiente de la cruz. Sin embargo, en su alma, hace ante Dios  oficio de medianera por los pecadores, coopera con el Redentor a su  salvación y ofrece por  ellos al Eterno  Padre, su sangre, sufrimientos y muerte,  con deseo ardentísimo de su eterna felicidad. El indecible amor que tiene a su querido  Hijo, le  hace temer  verle  expirar y morir, pero a la  vez le llena de dolor el  que sus tormentos  duren tanto que sólo con la muerte  van a terminar. Desea que el Eterno Padre mitigue el rigor  de sus tormentos, pero quiere conformarse enteramente a todas sus órdenes. Y así, el. Amor divino  hace nacer en su Corazón contrarios  deseos y  sentimientos,  que le hacen sufrir inexplicables dolores.

La bendita Oveja y el divino Cordero se miran, y  entienden y comunican sus dolores solamente comprendidos por  estos dos Corazones de Hijo y  Madre,  que amándose mutuamente en perfección, sufren a una estos crueles  tormentos. Y siendo el  mutuo amor la medida de sus dolores, los que los consideran están tan lejos de poder comprenderlos  cuanto de entender el  amor de tal Hijo a tal Madre y recíprocamente.

Los dolores de la Santísima Virgen  aumentan y se renuevan continuamente con los ultrajes y tormentos que los judíos ocasionan a su Hijo.

Qué dolor, al oírle  decir: « Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado»?. 

Qué dolor al ver que le dan hiel y vinagre en su ardiente sed!

Sobre todo, qué dolor al verle morir en un patíbulo entre dos malhechores! Qué dolor al ver traspasar su Corazón con una lanza! Qué dolor, cuando le recibe en sus brazos! Con qué dolor se retira a su casa a esperar su resurrección! Oh, de cuán buena gana hubiera sufrido esta divina Virgen todos los dolores de su Hijo, antes que vérselos sufrir a El!

Efecto de la perfecta caridad, al obrar en los corazones de quienes se esfuerzan por imitar a su divino  Padre y a su bondadosísima, Madre, es hacerles soportar  con gusto sus propias aflicciones y sentir  vivamente las de los demás, de suerte que les es más fácil soportarlas ellos mismos que verlas padecer por los demás.

Es lo que el Salvador  hizo durante su vida terrena y  especialmente en su Pasión. En efecto, sabiendo que Judas le había vendido, demostró  mayor sentimiento por su  condenación: « mejor le hubiera  sido no haber nacido, si había de condenarse» que por los tormentos que por su traición tenia que sufrir. De igual manera, a las mujeres que lloraban en pos de Él camino del  Calvario,  hízoles ver cuánto más sensibles éranle las  tribulaciones de ellas  y las de la  ciudad de Jerusalén,  que lo que estaba padeciendo con la  cruz a cuestas. «Hijas  de Jerusalén, les dice, no lloréis  por mí, llorad más bien por  vosotras y  por vuestros  hijos;   porque tiempo vendrá en que se diga: dichosas las  que son estériles y dichosas las senos que no han dado a luz y los pechos que no han alimentado».

Clavado en la cruz,  olvidándose de sus propios tormentos,  hace ver  que las necesidades de los pecadores le son más sensibles que sus dolores, al  decir a su Padre que les perdone. Es que el  amor a sus criaturas le hace sentir más los males de ellas que los propios.

De aquí que uno de los mayores tormentos de nuestro Salvador en la cruz, más sensible que los dolores corporales, es ver a su Madre sumergida en un mar de sufrimientos. A la que amaba más que a todas las criaturas  juntas: la mejor  de todas las madres,  compañera, fidelísima de sus correrías y trabajos y la  que, inocentísima como era, no merecía sufrir en absoluto lo  que padecía, por  falta alguna que hubiese cometido. Madre,  tan  amante de su Hijo como no han sido ni  serán jamás los corazones todos de los Ángeles y Santos, sufre  tormentos sin igual.  Oh, qué aflicción  para tal Madre ver a tal Hijo  tan injustamente  atormentado y abismado en un océano de dolores, sin poderlo aliviar lo más mínimo!  Ciertamente, tan grande y  tan  pesada es esta cruz,   que no hay  inteligencia  capaz de comprenderla. Cruz que estaba reservada a la gracia, al amor y virtudes heroicas de la Madre de Dios.

De nada le valía ser inocentísima y Madre de Dios para librarse de tan terrible tormento. Al contrario,   deseando su  Hijo  asemejarla a Él, quiso que el  amor causa primera   y principal de sus sufrimientos y de su muerte  que como a su Madre le tenía, y el que ella le  profesaba como a su Hijo, fuese la causa del martirio de su Corazón al fin de su vida,  como había sido al  principio el origen de sus gozos y satisfacciones.

Desde la cruz vela el Hijo de Dios las  angustias y  desolaciones del  sagrado Corazón de su santísima Madre, oía sus suspiros y veía las lágrimas y el abandono en que estaba y en el que había de quedar después de su muerte:  todo esto era un nuevo tormento y martirio para el  divino Corazón de Jesús. No faltaba, pues, nada de cuanto podía afligir  y crucificar los amabilísimos corazones del Hijo y de la Madre.

Piensan algunos que la causa por la que el Salvador no quiso darle este nombre  cuando habló desde la cruz a su dolorosa Madre fue precisamente el no querer  afligirla; y  desolarla más. Solo le dice palabras que le muestran que no la había olvidado y que, cumpliendo la voluntad de su Padre, la socorría en su  abandono dándole por hijo  al  discípulo  amado.   En consecuencia, San Juan quedó obligado al  servicio de la  Reina del Cielo, la  honró  como a Madre suya y la  sirvió  como a su Señora, juzgando el  servicio  que le hacía como el mayor favor que podía recibir en este mundo de su amabilísimo Maestro.

Todos los pecadores tienen parte en esta gracia de San Juan: a todos los representa al pie de la cruz y nuestro  Salvador a todos los mira en su persona, a todos y  cada uno dice: «Ecce Mater tua»: He aquí a vuestra Madre: os doy mi Madre por Madre vuestra y os doy a ella para  que seáis sus hijos.

Oh precioso don! Oh tesoro inestimable!  Oh gracia incomparable! Cuán obligados estamos a la  bondad inefable de nuestro Salvador! Oh, qué acciones de gracias debemos tributarle!  Nos ha dado su divino Padre por Padre nuestro y su santísima Madre por  Madre nuestra, a fin de que no tengamos más que un Padre y una misma Madre con Él. No somos dignos de ser esclavos de esta gran Reina y nos hace hijos  suyos.

Oh, qué respeto y  sumisión  debemos tener a tal  Madre,  qué celo e interés  por  su servicio y qué cuidado en imitar sus santas virtudes, a fin de que haya alguna semejanza entre la Madre y los hijos¡

Esta bondadosísima Madre recibió  gran  consuelo al  oír la voz de su querido Hijo: en la última  hora, una palabra cualquiera de los hijos y verdaderos amigos conforta y es singular  consuelo. Como los sagrados corazones de tal Hijo y de tal Madre se entendían tan bien entre sí, la bendita Virgen aceptó gustosa a San Juan por  hijo  suyo y en él a todos los pecadores, sabiendo que tal era la  voluntad de su Jesús.

En efecto, muriendo  Jesús por los  pecadores y sabiendo que sus culpas eran la  causa de su muerte,  quiso, en la  última  hora,  quitarles  toda desconfianza que pudieran tener  al  ver  los grandes tormentos, fruto de sus pecados, y por esto les dio lo que más estimaba y lo que más poder tenía sobre Él, a saber su santísima Madre, a fin de que por su protección y mediación, confiáramos  ser acogidos y bien recibidos por  su divina Majestad. No cabe dudar del amor inconcebible de esta bondadosa Madre a los pecadores, ya que en el  alumbramiento  espiritual   junto a la cruz,  sufrió increíbles dolores los que no tuvo en el alumbramiento virginal de su Hijo y Dios.

De aquí se ve claramente  que los dolores de la Madre y los tormentos  del Hijo terminaron en gracias y bendiciones e inmensos favores a los pecadores. Cuán obligados estamos, pues, a honrar ,   amar y alabar  los amabilísimos  corazones de Jesús y María; a emplear  toda nuestra vida y más si tuviéramos, en servirles y glorificarles; a esforzarnos por  imprimir en nuestros  corazones una imagen perfecta de sus eminentísimas  virtudes. Es imposible  agradarles  andando por caminos diferentes a los suyos.