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9/6/20

UNA HERMOSA POESÍA DE PAUL CLAUDEL


Garrigou lagrange, r. - la madre del salvador - desclee de brouwer, b…





Al final del mes de junio, que es en orden el tercero después de la Anunciación,

la mujer llena de gracia a quien Dios mismo se ha unido, escuchó el golpe primero, percibió el primer latido,

de un corazón palpitante, bajo el propio corazón.
En el seno de la Virgen concebida sin pecado, nueva era ha comenzado. El Niño que es anterior 

al tiempo, tiempo ha tomado, en su Madre Soberana.

La respiración humana
invade al Primer Motor.


María, sintiendo el peso del divino desposorio, apartada de los hombres, se retira al oratorio subterráneo, al igual

de la paloma del Cántico que anida en el roquedal.

Ella no habla ni se mueve: Ella adora, ella venera.

Siendo ella interior al mundo, Dios de su ser no está fuera. Dios es su obra, su hijito,
su pequeño y de su vientre el dulce fruto bendito.


El mundo entero reposa. Augusto el templo de Jano

cerró; el cetro de David lo empuña extranjera mano;
los profetas no hablan más ... He aquí, cuando más obscura está la noche, una Aurora que no anuncia a Satanás.


Satán reina; el universo le ofrece perfumes y oro.

En este Edén de la muerte, como un ladrón del tesoro, Dios penetra. Una mujer
fué engañada al pie del árbol: Otra engaña a Lucifer.


¡Oh Dios oculto en María! ¡Oh ligadura ligada! Jerusalén no lo sabe; José no sospecha nada.

La Madre se queda sola con el Hijo de su vida aun no nacido, y recibe su inefable sacudida.


(En el libro: "La Madre del Salvador y Nuestra Vida Interior, de R. Garrigou Lagrange OP, Ed. Desclée de Brouwer, Buenos Aires, 1954, que se puede leer en www.traditio-op.org)





22/4/19

MEDITANDO CON SANTO TOMÁS DE AQUINO







Nota: En América del Sur está a la venta en tres tomos de Ediciones Reconquista, que se pueden solicitar a Librería San Miguel Arcángel, presionando AQUÍ

1/1/19

CASTIDAD Y FECUNDIDAD




Homilía del R.P. Patrick De La Rocque FSSPX - Capilla San Pío V - Córdoba - 1° de Enero de 2019.

9/9/16

SOBRE LA PERFECCIÓN DE LA VIDA ESPIRITUAL









Santo Tomás de Aquino




La perfección de la vida espiritual consiste esencialmente en la caridad
En primer lugar, hay que tener en cuenta que perfecto tiene múltiples acepciones. Algo puede ser perfecto en absoluto, o sólo desde algún punto de vista. Perfecto en absoluto es aquello que alcanza el fin que le corresponde según su propia naturaleza; perfecto desde algún punto de vista es lo que logra el fin correspondiente a alguna de las cosas conexas con su propia naturaleza. Así, por ejemplo, de un animal se dice que es perfecto en absoluto, cuando es conducido hasta un fin en el que no falte nada de lo perteneciente a la integridad de la vida animal: no hay carencia alguna en el número y disposición de los miembros, el cuerpo ha logrado su desarrollo y goza de las potencias capaces de realizar las operaciones propias de la vida animal. Perfecto desde algún punto de vista es el animal que alcanza la perfección de algo concomitante: por ejemplo, perfecto en blancura, en olfato, o en cosa semejante.
De acuerdo con esto, por lo que se refiere a la vida espiritual, se dice que un hombre es perfecto en absoluto, cuando en él se cumple lo que es principal en la vida espiritual. La perfección desde algún punto de vista consiste en algo que se añade a la vida espiritual.
Ahora bien, la vida espiritual consiste principalmente en la caridad; de modo que, desde el punto de vista espiritual, quien no la posee es tenido en nada. Por este motivo el Apóstol dice: Aunque tuviese el don de profecía, aunque tuviese plenitud de ciencia y conociese todos los misterios, aunque mi fe fuese capaz de trasladar montañas, si no tengo caridad,no soy nada (1 Cor 13,2). El apóstol San Juan afirma que toda la vida espiritual consiste en el amor. Dice, en efecto: Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida en que amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte (1 Jn 3,14).

12/6/15

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, HOGUERA DE AMOR EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR



EL CORAZÓN DE JESÚS

Por San Juan Eudes

 

 

 

CAPÍTULO IX



Con toda razón San Bernardo llama al sacramento de la Eucaristía EL AMOR DE LOS AMORES. Porque si abrimos los ojos de la fe para contempalr los efectos de la bondad inefable que nuestro Salvador tiene por nosotros en este adorable misterio descubriremos ocho llamas de amor que salen continuamente de esa admirable hoguera.

PRESIONE AQUÍ PARA LEER EL TEXTO COMPLETO

24/2/15

SOBRE LA EXPIACIÓN QUE DEBEMOS AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

CARTA ENCÍCLICA
MISERENTISSIMUS REDEMPTOR 
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS





INTRODUCCIÓN

 Aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque

1. Nuestro Misericordiosísimo Redentor, después de conquistar la salvación del linaje humano en el madero de la Cruz y antes de su ascensión al Padre desde este mundo, dijo a sus apóstoles y discípulos, acongojados de su partida, para consolarles: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»(1). Voz dulcísima, prenda de toda esperanza y seguridad; esta voz, venerables hermanos, viene a la memoria fácilmente cuantas veces contemplamos desde esta elevada cumbre la universal familia de los hombres, de tantos males y miserias trabajada, y aun la Iglesia, de tantas impugnaciones sin tregua y de tantas asechanzas oprimida.

22/12/14

EL ESPÍRITU DE LA NAVIDAD EN LA LITURGIA


SERMÓN DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL SOBRE EL MISTERIO DE LA NAVIDAD




Publicado en SERMONES DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL




Sobre el anuncio litúrgico del nacimiento del Señor:

Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá



  



CAPÍTULO 1



Un grito de júbilo resuena en nuestra tierra; un grito de alegría y de salvación en las riendas de los pecadores. Hemos oído una palabra buena, una palabra de consuelo, una frase rezumante de gozo, digna de todo nuestro aprecio.


Exultad, montañas; aplaudid, árboles silvestres, delante del Señor porque llega. Oíd cielos; escucha, tierra; enmudece y alaba, coro de las criaturas; pero más que nadie, tú, hombre. Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¿Quién tendrá corazón tan de piedra que, al oír este grito, no se le derrita el alma? ¿Se podría anunciar mensaje más consolador? ¿Se podría confiar noticia más agradable? ¿Cuándo se ha oído algo semejante? ¿Cuándo ha sentido el mundo cosa parecida? Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¡Expresión concisa sobre la Palabra condensada, pero henchida de celeste fragancia! El afecto se fatiga intentando expandir un mayor derroche de esta meliflua dulzura, pero no encuentra palabras. Tanta gracia destila esta expresión, que, si se altera una simple coma, se siente de inmediato una merma de sabor.


Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¡Oh nacimiento esclarecido en santidad, glorioso para el mundo, querido por la humanidad a causa de incomparable beneficio que le confiere, insondable incluso para los ángeles en la profundidad de su misterio sagrado! Y bajo cualquier aspecto, admirable por la grandeza exclusiva de su novedad; jamás se ha visto cosa parecida, ni antes ni después. ¡Oh alumbramiento único, sin dolor, cándido, incorruptible; que consagra el templo del seno virginal sin profanarlo! ¡Oh nacimiento que rebasa las leyes de la naturaleza, si bien la transforma; inimaginable en el ámbito de lo milagroso, pero subsanador por la energía de su misterio!


Hermanos: ¿Quién podrá proclamar esta generación? El ángel anuncia. La fuerza de Dios cubre con la sombra. Baja el Espíritu. La Virgen cree. La Virgen concibe en la fe. La Virgen alumbra y permanece virgen. ¿Quién no se asombrará? Nace el Hijo del Altísimo, Dios de Dios, engendrado antes de todos los siglos. Nace la Palabra-niño. Imposible admirarlo cual se merece.


CAPÍTULO 2



Tampoco es inútil este nacimiento, ni queda estéril tal condescendencia de la majestad divina. Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. Los que yacéis en el polvo, levantaos exultantes. Mirad al Señor de la salvación. Trae la salvación y viene con ungüentos y con gloria. Es inconcebible un Jesús sin salvación, como lo es un Cristo sin unción y un Hijo de Dios sin gloria. El es la salvación; él, la unción y la gloria, como está escrito: El Hijo sensato es la gloria del padre.


Dichosa el alma que ha gustado del fruto de la salvación, porque le atrae y corre tras el olor de los perfumes para contemplar su gloria, gloria del Hijo único del Padre. Reanimaos los que os sentís desahuciados: Jesús viene a buscar lo que estaba perdido. Reconfortaos los que os sentís enfermos : Cristo viene para sanar a los oprimidos con el ungüento de su misericordia. Alborozaos todos los que soñáis con altos ideales: el Hijo de Dios baja hasta vosotros para haceros partícipes de su reino. Por eso imploro: Sáname, Señor, y quedaré sano; sálvame, y quedaré a salvo; dame tu gloria, y seré glorificado. Y mi alma bendecirá al Señor, y todo mi interior a su santo nombre, cuando perdones todas mis culpas, cures todas mis enfermedades y sacies de bienes mis anhelos.


Estas tres cosas, queridísimos míos, saboreo en mi alma cuando oigo la buena noticia del nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios. ¿Por qué le llamamos Jesús? Unicamente porque salvará a su pueblo de todos sus pecados. ¿Y por qué le llamamos Cristo? Porque hará pudrir el yugo de tu cuello con la efusión del aceite. ¿Por qué e Hijo de Dios se hace hombre? Para que los hombres se vuelvan hijos de Dios. ¿ Quién puede resistir a su voluntad? Si Jesús es el que perdona, ¿quién se atreverá a condenar? Si es Cristo el que cura, ¿quién podrá herir? Si el Hijo de Dios es el que enaltece, ¿a quién se le ocurrirá humillar?


CAPÍTULO 3



Nace Jesús. Alégrese incluso el que siente en su conciencia de pecador el peso de una condena eterna. Porque la misericordia de Jesús sobrepuja el número y gravedad de los delitos. Nace Cristo. Gócense todos los que han sufrido la violencia de los vicios que dominan al hombre, pues ante la realidad de la unción de Cristo no puede quedar rastro alguno de enfermedad en el alma, por muy arraigada que esté. Nace el Hijo de Dios. 

Alborócense cuantos sueñan con sublimes objetivos, porque es un generoso galardonador.

Hermanos, he aquí al heredero. Acojámosle con devoción, y recibiremos su misma herencia. Aquel que entregó a su mismo Hijo por nosotros, ¿cómo nos negará los demás dones con el don de Hijo? Rechacemos la desconfianza y la duda. Tenemos un firme apoyo : La Palabra se ha hecho carne y acampó entre nosotros. El Hijo único de Dios quiso tener muchos hermanos para ser entre todos ellos el primero. No tiene por qué dudar el apocamiento de la debilidad humana. Fue el primero en hacerse hermano de los hombres, hijo del hombre, hombre. Y, aunque el hombre opine que esto es imposible, los ojos confirman la fe.


CAPÍTULO 4



Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de judá. Fíjate en el detalle. No nace en Jerusalén, la ciudad de los reyes. Nace en Belén, diminuta entre las aldeas de Judá. Belén, eres insignificante, pero el Señor te ha engrandecido. Te enalteció el que, de grande que era, se hizo en ti pequeño. Alégrate Belén. Que en todos tus rincones resuene hoy el cántico del "Aleluya". ¿Qué ciudad, oyéndote, no envidiará ese preciosísimo establo y la gloria de su pesebre? Tu nombre se ha hecho famoso en la redondez de la tierra y te llaman dichosa todas las generaciones. Por doquier te proclaman dichosa, ciudad de Dios. 

En todas partes se canta: El hombre ha nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado. En todo lugar, repito, se anuncia se proclama que Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá.


Y no en vano se añade de judá, pues la expresión nos insinúa que la promesa se hizo a nuestros padres. No se le quitará a Judá el cetro, no dejará de salir el caudillo de entre sus muslos, basta que llegue el que tiene que venir. El mismo será la esperanza de todas las naciones. Es cierto que la salvación viene de los judíos, pero se extiende hasta los confines de la tierra. Está escrito: A ti, judá, te alabarán tus hermanos; pondrás tus manos sobre las nucas de tus enemigos; y otras cosas que leemos, pero que nunca se cumplieron en la persona de Judá, sino únicamente en Cristo: él es el león de la tribu de Judá. Sobre esto mismo está también escrito: Judá es un cachorrillo de león; te has abalanzado hacia la presa, hijo mío. Cristo es el hábil cazador que, antes de saber decir mamá o papá, se llevó el botín de Samaria. Diestro conquistador que, subiendo a lo alto, llevó cautiva a la misma cautividad. Y, sin robar nada, distribuyó dones a los hombres.


La expresión Belén de Judá nos recuerda estas profecías y otras parecidas que se cumplieron en Cristo, porque se referían a su persona. Ya no nos interesa saber si de Belén puede salir algo bueno.


CAPÍTULO 5



Lo que sí nos interesa saber es la manera como quiere ser acogido el que quiso nacer en Belén. Quizá alguno hubiera pensado prepararle fastuosos palacios, para acoger con realce al rey de la gloria. No es ése el motivo de su venida desde el trono real. En la izquierda trae honor y riquezas, y en la derecha largos años. En el cielo había abundancia eterna de todas estas cosas, pero no pobreza. 

Precisamente abundaba y sobreabundaba esto en la tierra, y el hombre ignoraba su valor. El Hijo de Dios se prendó de ella, bajó, se la escogió, y revalorizó su encanto para nosotros. Engalana tu lecho, Sión; pero con humildad y con pobreza. i.e agradan estos pañales. María nos asegura que le gusta envolverse con estas telas. Sacrifica a tu Dios las abominaciones de los egipcios.


CAPÍTULO 6



Por último, fíjate que nace en Belén de Judá. Procura tú mismo llegar a ser Belén de Judá. Entonces no desdeñará tu acogida. Belén es la "casa del pan". Judá significa confesión. Tú sacia tu alma con el alimento de la palabra divina. Y aunque indigno, recibe con fidelidad y con la mayor devoción posible ese pan que baja del cielo y que da la vida al mundo: el cuerpo del Señor Jesús. De este modo, la carne de la resurrección renovará y confortará al viejo odre de tu cuerpo. Así, mejorado por este sedimento, podrá contener el vino nuevo que está en el interior. Y si, en fin, vives de la fe, nunca te lamentarás de haber olvidado de comer tu pan. Te has convertido en Belén, y digno, por tanto, de acoger al Señor; contando siempre con tu confesión. Sea, pues, Judá tu misma santificación. Revístete de confesión y de gala; condición indispensable que Cristo exige a sus ministros.


Para concluir, el Apóstol te pide estas dos cosas en breves palabras: gue la fe interior alcance la justicia y que la confesión pública logre la salvación. La justicia en el corazón, y el pan en la casa. Ese es el pan que santifica. Dichosos los que tienen hambre de justicia, porque quedarán saciados. Haya justicia en el corazón, pero que sea la justicia que brota de la fe. Únicamente ésta merece gloria ante Dios. Afore también la confesión en los labios para la salvación. Y ya, con toda confianza, recibe a aquel que nace en Belén de Judá, Jesucristo, el Hijo de Dios.

5/12/14

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS Y LA SANTA MISA

Visto en JOVEN CRISTIANO


LA SANTA MISA UNA OFRENDA DE AMOR(Devocionario Católico)

LA SANTA MISA UNA OFRENDA DE AMOR 

Es el acto más grande, más sublime y más santo, que se celebra todos los días en la tierra. Nada hay más sublime en el mundo que Jesucristo, y nada más sublime en Jesucristo que su Santo Sacrificio en la Cruz, actualizado en cada Misa, puesto que la Santa Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz. 

"Todas las buenas obras del mundo reunidas, no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo Dios y Hombre Verdadero el que se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y al mismo tiempo le rinde un Honor Infinito". (El Santo Cura de Ars)


La santa Misa alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos. (Cura de Ars)
Misa, Cena y Cruz son un mismo sacrificio. Con razón decía San Bernardo: "Más merece el que devotamente oye una Misa en gracia de Dios, que si diera todos sus bienes para sustento de los pobres".
"Oir una Misa en vida o dar una limosna para que se celebre, aprovecha más que dejarla para después de la muerte." (San Anselmo)
"Más aprovecha para la remisión de la culpa y de la pena, es decir, para la remisión de los pecados, oir una Misa que todas las oraciones del mundo" (Eugenio III Papa)
Con la Misa se tributa a Dios más honor, que el que pueden tributarle todos los Ángeles y Santos del cielo. Puesto que el de éstos, es un honor de criaturas, mas en la Misa se le ofrece su mismo Hijo Jesucristo, que le tributa un Honor Infinito. (San Alfonso Mª Ligorio).
Con la asistencia a la Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo. Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de Ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.
A la hora de tu muerte, tu mayor consolación serán las Misas que hayas oído durante tu vida. Cada Misa que oíste, te acompañará al Tribunal Divino, y abogará para que alcances el Perdón.
Con cada Misa, puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el Fervor con que la oigas.
Con cada Misa aumentas tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del Sacerdote, que Dios ratifica en el Cielo.
Santa Teresa suplicaba un día al Señor, le indicara cómo podría pagarle todas las mercedes que le había dispensado y le contestó "oyendo una Misa".
"Todas las buenas obras del mundo reunidas, no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo Dios y Hombre Verdadero el que se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y al mismo tiempo le rinde un Honor Infinito". (El Santo Cura de Ars)
El calvario fue el primer Altar, el Altar verdadero, después todo el Altar se convierte en Calvario.
No hay en el mundo lengua con que poder expresar la grandeza y el valor de la Santa Misa. Si la verdad es que Cristo se ofrece al Padre Eterno todos los días en la Santa Misa por la salvación de los hombres, por la salvación de todo el mundo ¿vamos a dejarlo sólo?.
Busquemos la media hora diaria para unirnos a Jesús en la Santa Misa, para adorar al Padre y darle el honor que se merece, para darle gracias por tantos favores recibidos, para aplacar su ira irritada por tantos pecados y darle plena satisfacción por ellos e implorar gracia y misericordia para todos los hombres del mundo, en fin, para agrandar el Cielo y hacer más Gloriosa la Pasión de Cristo.
A tí, que tanto te gusta hacer el bien, ¿ vas a dejar pasar diariamente la ocasión de unirte a la obra más grande que se realiza en la Tierra por el mismo Cristo?
Lee, piensa y medita muchas veces esta INVITACIÓN del Señor; y ten presente, siempre que..."AMOR CON AMOR SE PAGA".

12 MOTIVOS DE OIR DEVOTAMENTE LA SANTA MISA.
1) En la hora le tu muerte, las misas oídas serán tu mayor consuelo.
2) Cada misa oída con devoción será una prenda segura de perdón en la hora del juicio.
3) Por cada misa oída puedes disminuir el castigo temporal merecido por tus pecados.
4) Al asistir devotamente la santa Misa rindes al Sagrado Corazón de Jesús, el más grande homenaje posible.
5) Por la santa Misa, nuestro Señor Jesucristo satisface por tus muchas negligencias y omisiones.
6) Te perdona todos los pecados veniales que buscas de evitar. Se disminuye el poder del demonio sobre ti.
7) Por medio de la santa misa puedes ayudar y salvar muchas almas del purgatorio.
8) Una sola misa que oyes con devoción durante toda tu vida mortal será de mayor provecho que muchas otras ofrecidas después de fu muerte.
9) De muchos peligros y desgracias te preserva Dios a causa de la santa Misa que oyes con devoción. Además se acortan los días del purgatorio.
10) Durante la santa Misa, el altar está rodeado de multitud de ángeles que asisten con suma atención al Santo Sacrificio.
11) Dios te bendice en tus empresas temporales.
12) Si, al oír la santa Misa con devoción, ofreciéndola a Dios Omnipotente en honor de algún Santo o Angel, agradeciendo al Señor por los favores concedidos a él, honras al Angel o Santo, y de este modo te haces acreedor a la especial protección de aquel Angel o Santo.
Tomado del Excelente sitio Devocionario Católico

9/5/14

LA PRESENCIA DE DIOS EN NUESTRAS ALMAS





(Hojitas de Fe N° 35) 

Uno de los ejercicios más provechosos para la vida espiritual, afirma el Padre Alonso Rodríguez, es el de la presencia de Dios, según enseñanza y recomendación, tanto de la Sagrada Escritura como de los Santos. Tratemos, pues, de esta práctica, viendo en esta presente Hojita de Fe cuál es su fundamento y su naturaleza, y dejando para una próxima Hojita de Fe los modos de practicarla y los frutos que se sacan de ella.

1º Fundamentos de la presencia de Dios.

Andar en presencia de Dios es, para el cristiano, aprender a ver a Dios donde El está de hecho, acostumbrarse a encontrarlo donde El se halla. Y ¿dónde está, dónde mora? En todas partes, pero especialmente en las almas en estado de gracia.
Tenemos ahí dos grandes modos de estar Dios en nosotros, y por lo tanto un doble campo en que ejercitar la presencia de Dios.
La Sagrada Escritura nos enseña que Dios, como Creador, Señor y Providencia, está presente en todas las cosas con una presencia general llamada de inmensidad, dando a todo ser, según la expresión de San Pablo, «la existencia, el movimiento y la vida» (Act. 17 25 y 28). Santo Tomás explica que esta presencia de Dios en todas las cosas se realiza por un triple título: • por esencia, en cuanto que Dios está dando incesantemente el ser a todo cuanto existe; • por presencia, en cuanto que Dios tiene continuamente ante sus ojos a todos los seres creados;
por potencia, en cuanto que todas las criaturas están sometidas a su poder.
Sin esta presencia de Dios en las cosas, las cosas simplemente no existirían, ya que dejarían de recibir el ser de Dios, un ser que no tienen por sí mismas.
Así pues, Dios, habiéndonos creado para Sí mismo, se ofrece a nosotros bajo el velo de las cosas creadas. De este modo, hemos de aprender a ver a Dios en todas partes, y verlo también en todo, es decir:
En las personas que nos rodean: a Dios hemos de obedecer en la persona de nuestros Superiores; a Dios hemos de reconocer, amar y servir en la persona del prójimo, sea quien sea.
En las cosas que nos sirven: en los bienes, tanto de orden natural como de orden sobrenatural, debemos ver los dones de Dios, por los cuales Dios mismo nos sirve y nos ayuda a alcanzar nuestro destino eterno; por el uso sobrenatural del don debemos entrar en comunión con el Donador mismo.
En los acontecimientos que nos afectan: más allá de las causas inmediatas o segundas, debemos ver siempre la causa primera, Dios, que ordena todas las cosas al bien de los que le aman y que sólo le buscan a El.
La Sagrada Escritura también nos habla en muchos lugares de otra presencia especial, más perfecta e íntima, de Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– en el alma justa, donde tiene sus infinitas complacencias: «Si alguno me ama, mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada» (Jn. 14 23); «Dios es caridad, y el que vive en caridad permanece en Dios, y Dios en él» (1 Jn. 4 16); «vosotros sois templo de Dios vivo» (2 Cor. 6 6). San Pablo atribuye muy especialmente al Espíritu Santo esta presencia: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?»; «¿no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros?» (1 Cor. 6 16 y 19).

2º Presencia de complacencia de Dios en el alma justa.

Por lo tanto, Dios está presente en el hombre en estado de gracia, no sólo como está en las cosas, sino también en cuanto conocido y amado sobrenaturalmente por él, esto es, por su presencia real y sustancial en el entendimiento y en el corazón del justo. En efecto, la vida divina consiste en el conocimiento y amor que Dios tiene de sí mismo; por eso, desde que el hombre, por la gracia, participa del conocimiento y amor de Dios, conociéndolo como El mismo se conoce, y amándole como El mismo se ama, participa también de su vida divina; y eso hace que Dios empiece a estar presente en él de un modo nuevo y especialísimo, a título de Amigo, Padre y Esposo, imperfectamente en esta vida, mas perfectísimamente en la bienaventuranza eterna de la gloria.
«Desde que se nos infundió la gracia por medio del Bautismo, el Espíritu Santo mora en nosotros con el Padre y el Hijo: “Si alguno me ama –dice Nuestro Señor–, mi Padre lo amará, y vendremos a El, y haremos en El nuestra morada” (Jn. 15 23). La gracia hace de nuestra alma el templo de la Santísima Trinidad; nuestra alma, adornada con la gracia, es realmente la morada de Dios, que habita en nosotros, no sólo como en todas las cosas por su esencia y potencia, con las que sostiene y conserva todas las criaturas en el ser, sino de un modo muy particular e íntimo, como objeto de conocimiento y de amor sobrenaturales. Mas como la gracia nos une a Dios de tal modo que es a la vez el principio y la medida de la caridad, se dice que es sobre todo el Espíritu Santo el que mora en nosotros…, porque procede por amor y es el lazo de unión entre el Padre y el Hijo… Y por esto mismo esta morada sólo se da en los justos, porque sólo los que están en gracia participan del amor sobrenatural. De ahí que San Pablo dijera a los fieles: “¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo, que habéis recibido de Dios y está en vosotros?” (1 Cor. 6 19(DOM COLUMBA MARMION).
Este nuevo modo de estar Dios en el alma del justo es de un orden tan superior al de su inmensidad, que Jesús lo llama corrientemente una «venida», un «advenimiento» de Dios en el alma (Jn. 14 23), como si por su inmensidad Dios no estuviese ya presente en ella. Esta inefable presencia recibe el nombre de inhabitación trinitaria.

3º Acción santificante de Dios en el alma justa.

Esta inhabitación de Dios en el alma no se limita a una permanencia local, sino que supone necesariamente una transformación del alma, una unión santificante.
¿Cuáles son exactamente los efectos de esta acción santificadora? Podemos resumirlos a los siguientes:
El perdón de los pecados. El primer fruto de la venida del Espíritu Santo en un alma donde no residía todavía, es un pleno y generoso perdón de los pecados.
Al perder la gracia, el pecador lo pierde todo: la amistad divina, el derecho a la herencia eterna del cielo, los méritos precedentemente adquiridos, y sobre todo la posesión de Dios y la permanencia en él de la Santísima Trinidad. Pero Dios le tiende siempre una mano misericordiosa para moverlo al arrepentimiento; y si el alma es dócil en seguir esta invitación, y vuelve a Dios por una sincera y dolorosa detestación de su pecado, Dios le envía de nuevo su Espíritu, que le perdona todas sus ofensas y la deuda contraída con la justicia divina.
La justificación y deificación del alma por la gracia. No contento con purificar al alma de sus faltas, el Espíritu Santo se apresura a revestirla de una túnica de inocencia, y a concederle el don preciosísimo de su gracia: «La caridad de Dios [estado de gracia] ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom. 5 5).
Por medio de la gracia, el Espíritu Santo, presente en el alma, se une tan íntimamente a ella y se comunica a ella de manera tan inefable, que la hace partícipe de su naturaleza divina, le confiere la misma justicia y santidad divinas, y la hace resplandeciente de la belleza y perfecciones de Dios: «Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor. 6 11), convirtiéndola así en objeto de las divinas complacencias.
El ornato del alma mediante las virtudes infusas. Así como el alma es distinta de la inteligencia y de la voluntad, pero inseparable de ellas, del mismo modo la gracia, que nos da un ser sobrenatural, es distinta pero inseparable de las virtudes infusas, que son facultades sobrenaturales de acción. Por eso, constituyen el cortejo necesario de la gracia, y juntamente con ella las infunde el Espíritu Santo en el alma.
De este modo nuestras facultades quedan dotadas de las virtudes teologales, que tienen a Dios por objeto (fe, esperanza y caridad), y de las virtudes morales, que recaen sobre el recto uso de los medios en orden a la salvación del alma (prudencia, justicia, fortaleza y templanza, con todas sus virtudes subalternas). Tal es el adorno magnífico con que el Espíritu Santo engalana al alma justificada, para que siempre y en todo lugar pueda obrar y comportarse en conformidad con la dignidad sobrenatural que le confiere la gracia.
La infusión de los dones del Espíritu Santo. La obra capital de nuestra santificación no quedaría consumada si no fuese dirigida y perfeccionada por las inspiraciones del Espíritu Santo. Pues bien, para que estas inspiraciones sean bien recibidas por nosotros, el mismo Espíritu Santo infunde en nuestras almas ciertas disposiciones que nos hacen dóciles a ellas: son los dones del Espíritu Santo.
En efecto, las mismas virtudes sobrenaturales no bastan para llevar el alma a la perfección de la vida cristiana, ya que la razón sigue estando sometida a error y la voluntad a desfallecimientos. Pero por los dones, el alma se hace capaz de ser movida y dirigida por el Espíritu Santo en persona, dando a los actos de las virtudes infusas una perfección divina, y comunicando al alma un instinto divino de las cosas sobrenaturales, un tacto sobrenatural que la hace pensar y obrar con facilidad y prontitud como hija de Dios.
La posesión y goce de las divinas Personas. Finalmente, el Espíritu Santo, por su presencia y acción santificantes, además de hacer partícipe al alma de la vida divina, le otorga también la plena posesión de Dios y el goce fruitivo de las divinas Personas.
Por su inmensidad, Dios está presente en todas las cosas, aun en los condenados del infierno; pero éstos no poseen a Dios, pues ese tesoro infinito no les pertenece en absoluto. Mientras que el cristiano en estado de gracia tiene en sí a la Trinidad Santísima, al Espíritu Santo, y con El la abundancia de las gracias celestiales, como un tesoro que le pertenece en propiedad, y del cual puede usar y gozar.
Conclusión.
No puede haber para el cristiano una verdad más magnífica y consoladora que la de la presencia de Dios en su alma. Santa Teresa, en su libro de las Moradas, cuenta la visión que tuvo de un alma en estado de gracia, y la describe como un globo de cristal o un diamante purísimo, todo refulgente de los resplandores de un fuego divino, que es Dios mismo, el cual reside en su centro. ¡Ah, si el alma viviera convencida de esta presencia divina! Eso solo bastaría para llevarla a las cumbres de la santidad, según el dicho de Dios a Abraham: «Camina
en mi presencia y sé perfecto» (Gen. 17 1).
Dígnese, pues, la Santísima Virgen grabar profundamente en nosotros esta convicción, para que siempre y en todas partes nos comportemos como los templos vivos de Dios que somos.

© Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
C. C. 308 – 1744 Moreno, Pcia. de Buenos Aires

FOTOCÓPIAME – DIFÚNDEME – PÍDEME a: hojitasdefe@gmail.com

23/12/13

UN REGALO EN NAVIDAD



Siempre me he preguntado porqué se acostumbra a hacer regalos en Navidad.

Alguna respuesta tiene que haber, y creo haberla encontrado.

Hay quienes asocian los regalos a Papá Noël, figura mítica que quizás empezó en San Nicolás de Bari y su apostolado, pero que hoy pertenece a los pueblos paganos y a los pseudo-cristianos que solemos llamar "protestantes".

Es una figura asociada a la vida contemporánea, que estimula el consumo desenfrenado y asocia la fiesta de Navidad con las compras en grandes tiendas, a cuál más voluminosa, y se nutre de regalos van desde costosos bienes de confort hasta viajes en transatlánticos.

Es, así, una fiesta para que disfruten los que mucho tienen, lo que el mundo llama tener, y que se acompaña con grandes comilonas, bebidas a granel, ruidosas carcajadas y otros excesos.

Pero la Navidad cristiana no puede ser esa grotesca caricatura, y es lo que los cristianos están olvidando. 

Ya poco se ven los "pesebres" o "nacimientos", que evocan el gran acontecimiento, y el árbol de Navidad, que representa la Luz de Cristo, se va asociando al Papá Noël que prodiga regalos por todas partes, aunque de verdad sólo llegan a los hogares donde hay dinero para costearlos.

No.

La Navidad cristiana es en sí misma un regalo. Porque Dios viene a nosotros en su Hijo, y se deja ver en la presencia de un Niño. Un regalo para su Santa Madre, pero además un regalo para todos los hombres, porque en ese Niño, allí yaciente en el pesebre, ya está la Cruz por la que viene a redimirnos.

Es un gran regalo. Y para evocarlo, nos hacemos regalos. 

Regalos que valen por lo que representan y no por lo que en sí mismos son. Poco importa si se trata de caramelos o de libros, si de ropas o de juguetes. Son regalos que nos recuerdan el gran regalo.

Por eso, al reunirnos en torno a la mesa familiar en esta Nochebuena, recordemos la causa: el Divino Niño que nace para redimirnos, para abrirnos la Puerta a la Vida eterna.

Regocijémonos todos con el regalo de ese Niño, e invoquemos al Padre eterno que nos da a su Hijo: hoy como Niño, después en la Cruz, y siempre como Pan de Vida .

Que el Padrenuestro sea la oración con que iniciemos la celebración familiar.

¡FELIZ NAVIDAD!

11/10/13

SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS, UN MODELO DE VIDA

Publicado en REFLEXIONES CATÓLICAS


Santa Teresa del Niño Jesús, Virgen y Doctora. 1 de Octubre.


Figura amable y admirable, cuyo perfume flota todavía en el ambiente. Sor Teresita, como se decía cuando éramos pequeños, nació en Alençon, la ciudad de los duques, como la llaman los franceses. Era una niña de cuatro años cuando ya se podía adivinar, bajo sus apariencias endebles y melancólicas, una de esas almas que no saben mirar atrás. Su madre nos habla en una carta de su obstinación casi invencible. «Cuando ella dice no, nada puede hacerle ceder. Se la encerraría un día entero en el sótano, sin conseguir un sí, y allí pasaría la noche.» Ella misma nos dice que tenía muy desarrollado el amor propio.

—Teresita—le dijo un día su madre—, si besas el suelo te doy una perra.

—No, mamá—respondió ella—; me quedaré sin la perra, pero no beso el suelo.

Era, ciertamente, caprichosa e imperiosa, pero desde la más tierna edad aprendió a conocerse y dominarse. «Con una naturaleza como la mía—decía más tarde—, si no hubiera sido educada por padres virtuosos, habría llegado a ser muy mala, y tal vez a perderme eternamente.»

A través de la naturaleza, la vida se presentó a su espíritu infantil llena de encantos. Sus primeros años se doran con las sonrisas de los jardines y las gracias de las praderas. Más tarde nos reveló aquellas primeras sensaciones con estas hermosas palabras: «Aún siento los goces profundos y poéticos que nacían en mi corazón a la vista de los campos de trigo esmaltados de amapolas, de azulinos y margaritas. Ya entonces amaba yo las lejanías, el espacio, los grandes árboles; en una palabra, toda la bella naturaleza arrebataba y transportaba mi alma a los Cielos.» Afectuosa, tierna, soñadora hasta el llanto, conocía esa exaltación imprecisa y soberana de la cual han sido poseídos todos los verdaderos amantes de la naturaleza. De un día de lluvia y de tormenta, en que se paseaba por las afueras de la ciudad, escribía: «Ya la hierba y las grandes margaritas, más altas que yo, centelleaban de piedras preciosas.» Su padre iba con frecuencia a pescar, llevando consigo a su reinecita, como él decía; pero mientras el pescador sostenía la caña sin cansarse, la niña enmudecía envuelta en el ensueño, «escuchando los ruidos lejanos y el murmullo del viento, y recogiendo las notas indecisas de la música militar que llegaba de la ciudad, y que envolvían su alma en un velo de melancolía.»

Aún no había cumplido cinco años, cuando la muerte de su madre vino a ensombrecer el cuadro risueño de su infancia. No se acuerda de haber llorado mucho, pero todo cuanto vio entonces la impresionó vivamente. Un momento se encontró «sola delante del ataúd, puesto en pie en el corredor.» Mirólo de arriba abajo, levantando la cabeza para ver mejor. «Jamás había visto ataúdes, pero me di cuenta de lo que significaban. Parecíame muy grande.» Muy grande le pareció también la muerte a través de toda su vida, pero nunca tuvo miedo de ella. Sin embargo, desde este momento se abre un nuevo período en su existencia. Su carácter cambia por completo. De expansiva y vivaracha, se hizo tímida y sensible hasta el exceso. Una mirada bastaba para hacerla llorar. Huía de personas extrañas y no encontraba contento más que en la intimidad de la familia. Esto la hizo sufrir mucho en el trato con sus compañeras de colegio, aunque, afortunadamente, dice ella, al llegar a los catorce años volvió a recobrar su alegría infantil. Los misterios de la vida interior empezaban a abrirse a los ojos de su espíritu. «Recuerdo—dice—que la palabra Cielo fue la primera que, supe leer sola.» Un día el Cielo claro de la campiña se cubrió de nubes, la tormenta estalló, y Teresa vio caer un rayo en un campo cercano. «Lejos de aterrarme, aquello me encantó; parecíame que el buen Dios estaba más cerca de mí.» Después de comer, salía de paseo con su padre, y a la vuelta siempre entraban en alguna iglesia. Una tarde, cuando ya la familia se había trasladado a vivir a Lisieux, entraron en la capilla del Carmen.

—Mira, dulce reinecita—dijo el anciano—; detrás de esa reja las santas religiosas rezan sin cesar al buen Dios.

Esta frase hizo nacer en la niña el ideal de una vida consagrada enteramente a Dios. Algo más tarde, tres de sus hermanas se encerraban, una tras otra, detrás de aquella reja. Ella no quiso ser menos. Tenía la ambición de lo mejor. Un día, su hermana Leonila vino a su encuentro con una muñeca y un canastillo de bagatelas.

—Elegid—dijo a sus hermanas.

Celina, una de ellas, tomó un ovillo de alambres. Teresa, después de un momento de reflexión, se apoderó de la muñeca y el canastillo, diciendo:

—Yo lo elijo todo.

Recordando esta anécdota, decía más tarde:

—Sí, Dios mío; yo lo elijo todo; yo no quiero ser santa a medias.

La idea de entrar en el Carmen de Lisieux se hizo en ella una obsesión. Pero era demasiado joven, y una grave enfermedad vino a poner otro estorbo delante de ella. Era un mal extraño. Deliraba con frecuencia, lanzaba gritos horrorosos, por todas partes veía precipicios y apariciones terroríficas. Un día, en los trances de la muerte, dirigió su mirada a una estatua de la Virgen que había en su habitación. Súbitamente la estatua se animó, «tomando una expresión tan bella, que jamás se podría encarecer aquella belleza divina. Su rostro respiraba una dulzura, una bondad, una ternura inefables; pero lo que me llegó hasta el fondo del alma fue su arrobadora sonrisa». Desde este momento desapareció su mal, y nuevamente comenzó a pensar en el convento, pero todo el mundo le daba la misma respuesta:

—Eres demasiado joven.

Tenía catorce años, pero catorce años llenos y floridos. Conservamos un retrato de esta época. Era realmente hermosa. Todos los testigos insisten sobre la dignidad y la gracia de su andar. Su frente combada, la boca algo grande, el mentón fuerte, pero los trazos eran finos, la nariz recta y bien dibujada. Tenía una cabellera espléndida, cuyo oro brillante hacía más profunda la mirada de sus ojos garzos y grandes. La niña se había transformado en una mujercita, cuyos encantos levantaban un murmullo admirativo. En el transcurso de su viaje a Italia se vio cortejada por un joven, y no fue insensible a este homenaje. Siempre verídica, dijo más tarde a este respecto: «Fue preciso que yo me marchara, porque no hubiera tenido ánimo para resistir largo tiempo.» Tierna y ardiente, no desdeñaba el cariño humano, antes bien, le buscaba con avidez, cuando era santo. Estando en el colegio, una muchacha por quien sentía viva amistad, se retiró repentinamente de ella. «Yo lo sentí mucho—dice Teresa—; pero no mendigué más una afección tan inconstante. Sin embargo, el buen Dios me ha dado un corazón tan fiel, que cuando ama, ama para siempre; y así yo continúo rogando por aquella compañera, y la quiero todavía.» Tal vez por eso una de las cosas que más sentía era la inconstancia humana en los sentimientos de amistad. Nos confiesa que en este punto ella no sacó más que amarguras, lo cual le parecía providencial, y de ello daba gracias a Dios. «Con un corazón como el mío, yo me hubiera dejado prender y cortar las alas.»

Su viaje a Roma en 1887, en compañía de una caravana de peregrinos, tenía como objeto conseguir del Pontífice su pronta entrada en el Carmelo. Vio a León XIII, pero en compañía de los peregrinos. Éstos debían desfilar delante del Padre Santo y besarle la mano, pero de ningún modo hablarle. Cuando le llegó la vez a Teresa, se arrodilló llena de angustia a los pies del Papa, los ojos bañados de lágrimas, y haciendo un supremo esfuerzo, imploró:

—Santísimo Padre, tengo que pediros una gracia muy grande.

«Entonces—dice ella—el Pontífice inclinó su cabeza hasta mí, tocando casi su rostro con el mío. Hubiérase dicho que sus negros y profundos ojos querían penetrar hasta lo más íntimo de mi alma.» León XIII habló a la niña cariñosamente; pero en lo que se refiere al asunto que a Teresa más le interesaba, sus palabras más explícitas fueron éstas:

—Vamos, vamos... Entrarás, si lo quiere el buen Dios.

Teresa quiso insistir; pero dos guardias nobles la cogieron por los brazos y fue preciso continuar las solicitudes en Francia. El obstáculo era siempre su corta edad, aunque tal vez se pensaba, sin decirlo, en la sensibilidad exquisita de aquella que, estando en el colegio, recogía llorando, en las mañanas de invierno, los pajarillos muertos de frío, y los enterraba piadosamente.

Sus deseos se vieron, finalmente, cumplidos el 9 de abril de 1888. Aquel día dio el último adiós al jardín de la casa paterna y al vasto mundo, que le había parecido tan bello entre los esplendores de las tierras italianas. Delante del cielo de Italia, había dicho: «Cuando, encerrada en el Carmelo, no pueda ver más que un trocito de cielo, me acordaré del día de hoy.» No es que empezase una nueva vida. Toda la vida de Teresa nos sorprende por su unidad. Lisa, recta, es la obra maestra de una voluntad que corresponde a la gracia sin titubeos. Pero ahora la va a vivir con más intensidad. Era la vida cotidiana de un convento carmelitano llevada con amor y con valor, sin estridencias ni actitudes excepcionales; una pequeña vida ordinaria, como decía la joven novicia. Ahora podía repetirse lo que había dicho una maestra suya aludiendo a su estancia en el colegio: «No hizo ninguna cosa extraordinaria, pero todo lo hizo extraordinariamente bien.»

Lo extraordinario se escondía dentro de su alma, era su amor. «Ahora—escribía—no tengo más que un deseo: amar a Jesús hasta la locura.» Este amor producía en ella un grande amor al prójimo, dándole a entender que su vida debía ser un sacrificio continuo por la salvación de las almas. Rezaba y ofrecía sus dolores por los misioneros, y no podía leer, sin conmoverse, la vida del bienaventurado Teófanes Vénard, que acababa de morir martirizado en el Tonquín. «Le amo—decía—, porque es un pequeño santo, lleno de sencillez, que amaba a la Virgen y quería mucho a su familia, y vivía en un amoroso abandono en las manos de Dios.» Y añadía: «Se lee en la vida de ciertos santos que eran graves y austeros, aun en las horas de recreo. Estos me atraen menos que Teófanes Vénard, el cual aparecía siempre más alegre.»

Amaba la alegría y la derramaba en torno suyo, pero su alma era un buen brasero que crepitaba y despedía llamas dolorosas. La enfermedad la minaba y atormentaba; Dios la probaba con la tortura terrible de las arideces continuas, y sus hermanas con los alfilerazos de la incomprensión, muy duros para un alma exquisita como la suya. «¡Ah! —exclamaba—, nadie piensa en las almas sino para herirlas. Muchas son enfermas, otras débiles, todas pacientes. ¡Qué ternura debiéramos guardar para ellas!» Su priora tratábala con particular dureza. «No podía encontrarla—dice Teresa—sin ser objeto de algún reproche.» Así, un día en que Teresa iba, por orden de su maestra, a arrancar hierba del jardín, díjola en tono desabrido: «Esta niña no hace absolutamente nada. Todos los días hay que mandarla de paseo.» Poco antes de morir, Teresa podía decirle estas palabras: «Madre mía, mucho os agradezco el no haberme guardado jamás ningún miramiento.» Y sonreía amablemente. Todo lo que sabemos de sus relaciones con las compañeras es de la misma calidad, reflejo de un dominio heroico de sí misma. Como San Bernardo, pudiera haber dicho que su mayor penitencia era la vida común.

Así pasó sus diez años de clausura, siguiendo la regla con estricta puntualidad, aunque con tal suavidad y discreción, que hasta después de su muerte las Hermanas no se dieron cuenta de que habían vivido con una santa. Pero su alma de fuego se consumía bajo aquellas apariencias de regularidad y dulzura. El amor debilitaba su organismo, menos fuerte que su voluntad. El Viernes Santo de 1897, después de haber prolongado la oración hasta medianoche, se acostó muy fatigada. Al poco rato sintió subir una oleada de su pecho y hervir en su garganta. Por mortificación, no encendió la bujía, pero al día siguiente observó que su pañuelo estaba lleno de sangre, muy alegre al considerar que aquello era «el dulce y lejano murmullo de la llegada de Cristo». «Ya nada me impide volar—decía entonces—, porque no tengo otro deseo que amar, hasta morir de amor.» Por aquellos días empezó a hablar también de la lluvia de rosas que haría caer sobre la tierra después de su muerte. Hablaba con una abundancia maravillosa, como si al acercarse el cumplimiento de su misión se la libertase del silencio por una sobrenatural consigna.

Al llegar los días de otoño sintió que se acababan sus fuerzas. No podía dormir. La enfermera solía encontrarla con las manos juntas y los ojos clavados en el Cielo.

—¿Qué haces así?—le preguntaba.

—Conversar con Jesús—respondía ella.

—¿Y qué le dices?

—No le digo nada; le amo.

—¿No tienes temor de condenarte?

—Los niños pequeños no se condenan.

Su agonía se prolongaba días enteros. «No voy a saber morir nunca—decía ella en medio de los más terribles sufrimientos—. No creí que fuese posible sufrir tanto, pero no me arrepiento de haberme entregado al amor.» De repente, un grito de amor, el último:

—¡Oh, yo le amo!.... ¡Yo os amo, Dios mío!

En este momento se sintió un rumor de alas. Una tortolina venía del jardín y se posaba en el borde de la ventana, desgranando su líquido arrullo. La cabeza de Teresa, que parecía inclinada para siempre, se irguió. Su tez se puso fresca y rosada; sus ojos parecían mirar con arrobamiento una cosa lejana. Después se cerraron para siempre. Era el día 30 de septiembre.

La lluvia de rosas empezó inmediatamente. La pequeña vida, desgranada en el silencio del claustro, fue la admiración de todo el mundo. Las maravillas se multiplicaron y se dio comienzo a las peregrinaciones. Los hombres recogieron con amor todos los recuerdos y reliquias de la santa, y entre ellos sus escritos. Sin darse cuenta, había escrito cosas muy bellas. Es cierto que no tienen gran valor literario sus poesías, ni tampoco se puede dar importancia a algunas pinturas que dejó. Ella tampoco se la daba. En cambio, su prosa, la Historia de un alma, tiene un sello profundamente personal. Es una bella prosa, amplia, armoniosa, vibrante, de una fluida elegancia. Es su mismo ser espontáneo y natural como el agua que mana de la fuente.





1/8/13

MÁXIMAS PARA CADA DÍA DEL MES , SEGÚN SAN ANTONIO MARÍA CLARET

Publicado en FSSPX México



MAXIMAS IMPORTANTÍSIMAS
Para tenerlas presentes a menudo
Sacadas del CAMINO RECTO Y SEGURO PARA LLEGAR AL CIELO
por San Antonio María CLARET

(p. 53 a 69)
AMADOS HERMANOS  EN CRISTO Y MARÍA:  EN ESTE TIEMPO LES SUPLICO en el nombre del Señor SEAMOS REALISTAS:
El mundo actual está viviendo en un casi caos porque la gente tiene un pensamiento relativista, subjetivista, para nada realista, es decir no se tiene  cuenta de la realidad  que es la verdad de las cosas.
He aquí unos pensamientos del gran pescador de almas por Cristo y María San Antonio María Claret.  Estas reflexiones de sentido común cristiano pueden servirnos de tema de meditación en esto días de penitencia.  
Que dios los bendiga
Padre Michel BONIFACE
San Antonio María Claret escribe:
1ª. Has de morir en la hora que menos pienses. Tanto si lo piensas como si no lo piensas, tanto si lo crees como si no lo crees, morirás y serás juzgado, y te salvarás o te condenarás, según el bien o el mal que hayas obrado; y de eso no te escaparás, por más que digas o hagas.
2ª. ¿Y qué te aprovechará el adquirir todas las riquezas, y alcanzar todos los honores y dar al cuerpo todos los gustos, si pierdes tu alma?
3ª. Las riquezas y los honores se quedarán en el mundo, el cuerpo en la sepultura, para ser comido de gusanos, y el alma en pecado como la de aquel epulón, en el infierno, donde nos dice el Evangelio que fue sepultada.

MAXIMAS PARA CADA DIA DEL MES

1ª.Dios me ve, Dios me oye, Dios me ha de juzgar.
2ª. Dios es mi Creador, mi Redentor, mi Bienhechor, mi Padre; ¿me atreveré,
pues, a ofenderle?
3ª. El alma es mía, es sola, es eterna… ¡Desdichado de mí si la pierdo!
4ª. Salvada el alma, todo está salvado; perdida el alma, todo está perdido, y perdido para siempre.
5ª. ¿De qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?
6ª. No hay paz, felicidad ni contento para quien vive apartado de Dios.
7ª. La muerte llega en la hora que menos se piensa.
8ª. En un instante se peca, en un instante se muere y en un instante se cae en el infierno.
9ª. La muerte es conforme a la vida.
10ª. Somos criados únicamente para Dios y para el cielo.
11ª. Todo es vanidad, menos amar a Dios.
12ª. Un momento de pacer… ¿y después?… Después una eternidad de tormentos.
13ª. ¿Quién podrá habitar en medio del fuego devorador del infierno y entre los ardores sempiternos?
14ª. ¿Qué haría un condenado si tuviese el tiempo que yo tengo? Y yo, ¿qué hago?.
15ª. El infierno está lleno de buenos deseos no puestos por obra.
16ª. El camino del cielo es estrecho, y son pocos los que andan por él; el del infierno es ancho, y son muchos los que lo siguen. Conviene vivir con los pocos, para salvarse con los pocos.
17ª. Breve padecer y eterno gozar.
18ª. Quien desprecia los pecados veniales no tardará en caer en los mortales.
19ª. En la hora de la muerte nada nos consolará sino las buenas obras, nada nos dará pena sino el mal que hayamos hecho.
20ª. Fue conveniente que Jesucristo padeciese, y así entrase en su gloria.
21ª. Cristo en ayunas, yo en harturas; Cristo desnudo, yo bien vestido; Cristo entre penas, yo nadando en delicias…
22ª. Haz al presente lo que quisieras haber hecho en la hora de la muerte, pues entonces querrás hacerlo y ya no será tiempo.
23ª. Velad y orad para no caer en tentación: Jesucristo es quien os avisa.
24ª. Es necesario orar sin cesar.
25ª. Sin hacerse violencia a sí mismo, no se entra en el reino de los cielos.
26ª. ¡Ay del mundo por causa de los escándalos! Pero más desgraciado aún aquel por quien viene el escándalo: Jesucristo es quien lo dice.
27ª. ¿Qué consuelo reciben ahora los condenados de los deleites que gozaron en este mundo y con los que compraron el infierno?
28ª. El que no hace todo cuanto puede para salvar su alma, o no tiene fe o es un loco.
29ª. Para salvarse conviene tener la eternidad en la cabeza, a Dios en el corazón y el mundo debajo de los pies.
30ª. Si deseamos entrar en el cielo, acordémonos siempre que la puerta del cielo es María.
31ª. El Ángel custodio está siempre con nosotros: respetemos su presencia, agradezcamos su amor, confiemos en su ayuda y tengamos una tierna devoción a San José.


Por favor propaguen estos consejos saludables y fortificantes.
HAGAMOS EL BIEN MIENTRAS SE PUEDE.
DESPERTAR A LAS ALMAS DE SU LETARGO ES OBRA DE CARIDAD.

ES UNA GRANDE LIMOSNA

26/6/13

ME CREASTE PARA LA BIENAVENTURANZA


Publicado en EXURGE DOMINE

Sagrado Corazón de Jesús



Altar en capilla del Priorato Nuestra Señora de Fatima en Guatemala.


Jesús al alma: ¿Como piensas hallar en las criaturas lo que en ellas no existe? Ninguna da lo que no tiene. ¡Bienaventurado pues el que desprecia todo aquello que sirve solamente para engañar el corazón, que se sobrepone generosamente a cuanto puede impedir su verdadera felicidad, y busca sobretodo lo creado, le bienaventuranza en su creador!

El cristiano: Dios y Salvador mío, me creaste para la bienaventuranza… no he dejado de buscarla y sin embargo no la poseí ni la hallé. Mis apetitos y el mundo me decían: Hela aquí, hela allí. Creí insensato; y ciego con mis desordenados deseos, discurrí, hallé miseria y saboreé la amargura…. Buscando fuera de Ti la felicidad me aparté de ella acarreando la desdicha para la que no había nacido. ¡Dios y salvador mío¡ Abre mis ojos para que claramente vea tantos errores míos, y haz que libre de ellos, busque eficazmente en Ti la felicidad me es imposible hallar en las criaturas. (Imitación del corazón de Jesús.)

Oración.
Oh Corazón Santísimo de Jesús, que tanto gustas hacer bien a los pobres e instruir a quien desea aprovechar en la escuela de tu santo amor, tú me invitas de continuo a ser como tú, dulce y humilde de corazón. Haz que me persuada que para ganar tu amistad y ser verdadera discípula tuya, no puedo hacer nada mejor que procurar hacerme verdaderamente dulce y humilde. Concédeme, pues, la verdadera humildad que me tenga sometida a ti, que me haga soportar en silencio las pequeñas humillaciones, o mejor que me las haga aceptar de buena voluntad, con serenidad, sin excusas, sin lamentos, considerando que las merezco mayores y más abundantes. Oh Jesús, permíteme entrar en tu Corazón como en una escuela. Que en esa escuela aprenda la ciencia de los santos, la ciencia del amor puro. Oh Maestro bueno, que escuche con atención tu voz que me dice: aprended de mí que soy dulce y humilde de corazón y hallaréis el verdadero descanso del alma. (Cf.Sta MARGARITA M. ALACOQUE, La vida).



                       Altar en capilla del Priorato Nuestra Señora de Fatima en Guatemala.