26/7/11

FUENTE DE VIDA




HOMILÍA
San Buenaventura, El árbol de la vida (Opúsculo 3, 29-30.47: Opera omnia 8, 79)
En ti está la fuente viva
Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es este que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!
Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán al que atravesaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna.
Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que anida en la pared de una cueva; el gorrión que ha encontrado una casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.
Corre, con vivo deseo, a esta fuente de vida y de luz, quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:
«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!
¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable! De ti procede el río que alegra la ciudad de Dios, para que, con voz de regocijo y gratitud, te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz».

Ciclo B: In 19, 31-37
HOMILÍA
San Agustín de Hipona, Sermón 213 (18: Edit Maurist 5, 942)
La lanza traspasó el costado de Cristo
y manó nuestro precio
Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso.
Que nadie diga: no me puede perdonar los pecados. ¿Cómo no va a poder el todopoderoso? Pero insistes: he pecado mucho. Y yo te replico: pero es todopoderoso. Y tú vuelves a la carga: He cometido tales pecados, que nunca podré ser liberado o purificado. Respondo: y sin embargo, él es todopoderoso.
En el Símbolo decimos también: en el perdón de los pecados. Si esto no se diese en la Iglesia, no habría ninguna esperanza. Si en la Iglesia no hubiera perdón de los pecados, no habría ninguna esperanza de vida futura y de eterna liberación. Damos gracias a Dios por haber otorgado a la Iglesia este don.
He aquí que pronto os acercaréis a la fuente santa, seréis purificados en el bautismo, quedaréis renovados por el saludable baño del segundo nacimiento; al salir de aquel baño, estaréis limpios de todo pecado.
Todo el pasado que os perseguía será allí cancelado. Vuestros pecados eran semejantes a los egipcios que salieron en persecución de los israelitas: los persiguieron, pero hasta el mar Rojo. ¿Qué significa hasta el mar Rojo? Hasta la fuente bautismal consagrada por la cruz y la sangre de Cristo. Pues lo que es rojo, enrojece. ¿No ves cómo enrojece la heredad de Cristo? Pregunta a los ojos de la fe. Si ves la cruz, fíjate también en la sangre; si ves lo que cuelga, fijate en lo que derramó. La lanza traspasó el costado de Cristo y manó nuestro precio. Por eso, el bautismo, es decir, el agua en que sois inmersos, va marcado con el signo de Cristo, y es como si atravesareis el mar Rojo. Vuestros pecados son vuestros enemigos: os siguen, pero hasta el mar.
Una vez que hayáis entrado, vosotros saldréis, pero ellos serán aniquilados: lo mismo que ocurrió con los israelitas: ellos caminaban a pie enjuto, mientras que a los egipcios los cubrió el agua. Y ¿qué dice la Escritura?

Ciclo C: Lc 15, 3-7
HOMILÍA
San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 22, 3.27-30: CSEL 62, 489-490.502-504; PL 15, 1512.1520-1521)
Ven, Señor, busca a tu oveja
En su evangelio, el mismo Señor Jesús aseguró que el pastor deja las noventa y nueve ovejas y va en busca de la descarriada. Es la oveja centésima de la que se dice que se había descarriado: que la misma perfección y plenitud del número te instruya y te informe. No sin razón se le da la preferencia sobre las demás, pues es más valioso un consciente retorno del mal que un casi total desconocimiento de los mismos vicios. Pues el haber enmendado el alma enfangada en el vicio, liberándola de las trabas de la concupiscencia, no solamente es indicio de una virtud consumada, sino que es, además, signo eficaz de la presencia de la divina gracia. Ahora bien, enmendar el futuro es incumbencia de la atención humana; condonar el pretérito es competencia del divino poder.
Una vez encontrada la oveja, el pastor la carga sobre sus hombros. Considera atentamente el misterio: la oveja cansada halla el reposo, pues la extenuada condición humana no puede recuperar las fuerzas sino en el sacramento de la pasión del Señor y de la sangre de Jesucristo, que lleva a hombros el principado; de hecho, en la cruz cargó con nuestras enfermedades, para aniquilar en ella los pecados de todos. Con razón se alegran los ángeles, porque el que antes erró, ya no yerra, se ha olvidado ya de su error.
Me extravié como oveja perdida: busca a tu siervo, que no olvida tus mandatos.
Señor Jesús, busca a tu siervo, busca a tu oveja extenuada; ven, pastor, guía a José como a un rebaño. Se extravió una oveja tuya mientras tú te detenías, mientras discurrías por los montes. Deja tus noventa y nueve ovejas y ven en busca de la descarriada. Ven, pero no con la vara, sino con la caridad y la mansedumbre del Espíritu.
Búscame, pues yo te busco. Búscame, hállame, recíbeme, llévame. Puedes hallar al que tú buscas; te dignas recibir al que hubieres encontrado, y cargar sobre tus hombros al que hubieras acogido. No te es enojosa esta piadosa carga, no te es oneroso transportar la justicia. Ven, pues, Señor, pues si es verdad que me extravié, sin embargo
Ven, pues, y busca a tu oveja, no ya por mediación de tus siervos o por medio de mercenarios, sino personalmente. Recíbeme en la carne, que decayó en Adán. Recíbeme como hijo no de Sara, sino de María, para que sea una virgen incorrupta, pero virgen de toda mancha de pecado por la gracia. Llévame sobre la cruz, que es salvación para los extraviados: sólo en ella encuentran descanso los fatigados, sólo en ella tienen vida todos los que mueren.
Busca a tu siervo, pues la oveja descarriada ha de ser buscada por el pastor, para que no perezca. Ahora bien: el que se extravió puede volver al camino, puede ser reconducido al camino. Ven, pues,
Fíjate lo poco que cuesta pronunciar estas palabras y lo profundo que es su significado. Es Dios y es Padre: Dios por el poder, Padre por su bondad. ¡Qué felices somos los que en Dios hemos hallado a nuestro Padre! Creamos, pues, en él y prometámonos todo de su misericordia, porque es todopoderoso: por eso creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso.Y ni uno solo se salvó. Sean muchos o pocos tus pecados, sean graves o leves: ni el más pequeño se salvó. Pero como quiera que nuestra victoria se sitúa en este mundo, en el que nadie puede vivir sin pecado, el perdón de los pecados no es exclusivo de la sola ablución bautismal, sino que está también vinculado a la oración dominical y cotidiana, que recibiréis a los ocho días. En ella encontraréis algoasí como vuestro bautismo de cada día, para que podáis dar gracias a Dios, que otorgó a su Iglesia este don.no olvidé tus mandatos; tengo mi esperanza puesta en la medicina. Ven, Señor, pues eres el único capaz de reconducir la oveja extraviada; y a los que dejares, no les causarás tristeza, y a tu regreso ellos mismos mostrarán a los pecadores su alegría. Ven a traer la salvación a la tierra y alegría al cielo.

27/6/11

VIERNES 1° DE JULIO: FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

LETANÍAS AL SAGRADO CORAZÓN

-Señor, ten piedad de nosotros.
-Cristo, ten piedad de nosotros.
-Señor, ten piedad de nosotros.
-Cristo, óyenos.
-Cristo, escúchanos.
-Dios, Padre Celestial, ten piedad de nosotros (idem en adelante)
-Dios Hijo, Redentor del mundo,
-Dios, Espíritu Santo,
-Santísima Trinidad, que eres un solo Dios,

-Corazón de Jesús, Hijo del Eterno Padre,
-Corazón de Jesús, formado en el seno de la Virgen Madre por el Espíritu Santo,
-Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios,
-Corazón de Jesús, de infinita majestad,
-Corazón de Jesús, templo santo de Dios,
-Corazón de Jesús, tabernáculo del Altísimo,
-Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo,
-Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad,
-Corazón de Jesús, santuario de la justicia y del amor,
-Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor,
-Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes,
-Corazón de Jesús, digno de toda alabanza,
-Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones,
-Corazón de Jesús, en quien se hallan todos los tesoros de la sabiduría, y de la ciencia,
-Corazón de Jesús, en quien reside toda la plenitud de la divinidad,
-Corazón de Jesús, en quien el Padre se complace,
-Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido,
-Corazón de Jesús, deseado de los eternos collados,
-Corazón de Jesús, paciente y lleno de misericordia,
-Corazón de Jesús, generoso para todos los que te invocan,
-Corazón de Jesús, fuente de vida y santidad,
-Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados,
-Corazón de Jesús, colmado de oprobios,
-Corazón de Jesús, triturado por nuestros pecados,
-Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte,
-Corazón de Jesús, traspasado por una lanza,
-Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo,
-Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra,
-Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra,
-Corazón de Jesús, víctima por los pecadores,
-Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan,
-Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren,
-Corazón de Jesús, delicia de todos los santos, 
-Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos Señor.
-Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, òyenos Señor.
-Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
-Jesús, manso y humilde de Corazón, haz nuestro corazón semejante al Tuyo.

Oración
Oh Dios todopoderoso y eterno, mira el Corazón de tu amantísimo Hijo, las alabanzas y satisfacciones que en nombre de los pecadores te ofrece y concede el perdón a éstos que piden misericordia en el nombre de tu mismo Hijo, Jesucristo, el cual vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

22/6/11

CORPUS CHRISTI

Los santos y la devoción eucarística

Por el padre norbertino Alfred McBride
Publicado en DOMINGO CATEQUÉTICO





Alguien una vez le dijo a Santa Teresa de Ávila: “Si yo hubiera simplemente vivido durante la época de Jesús . . Si sólo hubiera visto a Jesús . . Si sólo hubiera hablado con Jesús”. Teresa respondió: “Pero, ¿no tenemos ante nosotros en la Eucaristía a Jesús vivo, verdadero y real? ¿Para qué buscar más?”

Santo Tomás de Aquino nos dice: “¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?” (Solemnidad de Corpus Christi. Citado en la Liturgia de las Horas).

Estos santos, entre muchos otros, eran devotos de la Misa y también de las devociones asociadas con la Eucaristía. Las devociones a la Eucaristía son invitaciones a la oración y la contemplación. El Jueves Santo, una vez que Jesús había transformado el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre y había dado a los apóstoles su Primera Comunión, procedió a invitarlos a una unión orante con él. Los apóstoles, al mirarlo a él y al cáliz que estaba frente a él, lo escucharon decir: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15:5). Habían recibido el Sacramento pero todavía tenían que vivir en una unión, llena de fe, con Cristo para poder servir a los demás. La oración les ayudaría a hacer esto.
Las devociones eucarísticas, como la adoración del Santísimo, las horas santas, las visitas al Santísimo Sacramento y los congresos eucarísticos, son maneras de rezar que aumentan nuestra unión interior con Cristo. Nos ayudan a beneficiarnos aún más de la Misa y a profundizar en nuestro deseo de servir a los demás. El presentarnos ante el sagrario es un compromiso a ser un sarmiento de la vid más fuerte, un miembro del Cuerpo de Cristo más sano, un corazón abierto al poder invisible de la oración. Michael McDevitt escribe: “El poder de la oración no tiene que ver con tu poder, sino con el poder que has permitido que entre en ti. Cristo mismo es el poder invisible. Recibes un poder mucho mayor de lo que te podrías imaginar.
San Pablo nos exhorta a vivir según esta fe: ‘Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo se ve es transitorio y lo que no se e es eterno’” (2 Cor 4:18).
La participación orante en la Misa necesita del apoyo de la oración devocional eucarística para mantener viva la relación continua con Cristo. Los sarmientos necesitan a la vid. La oración devocional, meditativa es una manera de hacer esto. La Beata Teresa de Calcuta lo dijo de esta manera: “Estás llamado a hacer algo más que decir: ‘Te amo, Jesús’. Estas llamado a ser el guardián de tu hermano y de tu hermana”. Esta motivación y poder para hacer esto surge de la oración, a menudo realizada ante el Santísimo Sacramento, tal y como lo hacía cada día la Beata Teresa de Calcuta. Ella dijo: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio” (McDevitt, 137 [v.d.t]).
El arzobispo Fulton J. Sheen creía que su hora diaria de oración ante el Santísimo Sacramento era esencial para su ministerio como sacerdote. “La Hora Santa se convirtió como en un tanque de oxígeno para reavivar el aliento del Espíritu Santo”. Sheen promovía constantemente la oración meditativa ante el Santísimo Sacramento. “Nos convertimos en aquello en que fijamos la mirada. Al observar una puesta de sol el rostro toma tonos dorados. Observar al Señor sacramentado durante una hora transforma el corazón de una manera misteriosa”.
La procesión eucarística que acompaña la festividad del Corpus Christi es una devoción que conmueve el corazón de muchos a sentir más vividamente la presencia amorosa de Cristo. El esplendor y pompa que lleva a la Eucaristía por las calles de las ciudades comunica la afectuosidad y la intimidad de este misterio. En 1264 el Papa Urbano IV extendió la fiesta del Corpus Christi de Lieja, Bélgica, a toda la Iglesia y encargó a Tomás de Aquino componer la liturgia para ese día. El papa esperaba que la festividad aumentara la fe del pueblo en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y que contrarrestara la herejía que la negaba. Los himnos, oraciones y sermones que Tomás compuso eran herramientas catequéticas sólidas que hicieron que cambiara el panorama a favor de una fe exhaustiva de la Eucaristía.
Todos estos testimonios ponen de relieve la fe de la Iglesia en la doctrina de la presencia real del Cuerpo, Sangre, alma y divinidad de Cristo en la Eucaristía. Fue Jesús mismo quien defendió este don y misterio cuando lo anticipó en su discurso del Pan de Vida: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo . . El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6:51, 56). Quienes lo escucharon protestaron: “Este modo de hablar es intolerante, ¿quién puede admitir eso?” (Jn 6:60). Jesús no se retractó. Retó a los apóstoles a que lo creyeran. Pedro habló en nombre de todos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6:68). En la comida sagrada de la Última Cena Jesús cumplió su promesa al transformar el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre. En la Misa y en las devociones eucarísticas tenemos este tesoro de gracia y oración que es la cumbre y fuente de la vida cristiana. En el siglo XVI volvió a surgir la negación de la presencia real, junto con un rechazo de la Misa como acto que hace presente el sacrificio redentor de Jesús. La respuesta de la Iglesia mediante el Concilio de Trento refirmó contundentemente estas verdades eucarísticas y promovió el resurgimiento de las devociones eucarísticas iniciadas en la Edad Media. Quizá la mayor obra de arte eucarístico de este periodo es el cuadro al óleo de Pedro Pablo Rubens titulado Los defensores de la Eucaristía, creado en 1625. Rubens se remontó a la edad dorada de los Padres de la Iglesia así como a los grandes santos de la Edad Media y realizó una composición de siete de ellos en una sola escena, unidos en la fe única de la Iglesia, dando testimonio de su unidad a lo largo de los siglos de fe en la presencia eucarística de Cristo.
Este cuado se encuentra hoy expuesto en el Ringling Museum of Art en Sarasota, Florida. Comenzando por la derecha del lienzo, Rubens retrata a San Jerónimo, vestido de cardenal mientras recibe la Comunión. Junto a él está San Norberto con su hábito blanco, portando la Eucaristía bajo su túnica. En el centro se encuentra Santo Tomás de Aquino, sujetando un libro y extendiendo su otra mano hacia el cielo, un gesto que proclama su defensa de la Eucaristía. Junto a él está Santa Clara de Asís, portando una custodia que exhibe la sagrada hostia consagrada. A su izquierda está San Gregorio Magno, quien escribió acerca de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Rubens termina esta composición de defensores de la Eucaristía con San Agustín, quien incluyó en su famoso tratado sobre la Santísima Trinidad reflexiones acerca de este sacramento.
Rubens pintó esta obra durante los intentos de la contrarreforma de la Iglesia de defender y reclamar las enseñanzas verdaderas acerca de la Eucaristía y las devociones que ayudaban a los creyentes a profundizar en su compromiso con este misterio de fe. Los siete santos representados en este cuadro resumen nuestra creencia en la Eucaristía. Es un sacrificio, el sacrificio de Jesús hecho presente de forma sacramental. Es un sacramento de la presencia permanente de Cristo en el pan y el vino transformados y convertidos en su Cuerpo y Sangre. Es un banquete sacramental que comenzó el Jueves Santo y que está a nuestra disposición en la Sagrada Comunión.
Este sacramento está disponible a los miembros de la Iglesia que están en estado de gracia. Es un sacramento transformador. El vocablo “transubstanciación” significa que la substancia del pan y el vino se transforma en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Al recibir la Comunión nosotros también experimentamos una transformación gradual en Cristo y somos llamados a propagar por todo el mundo el amor que hemos recibido de él. Concluyo con unas pocas sugerencias prácticas para padres de familia y catequistas para promover las devociones eucarísticas:
1. Asista con asiduidad y en familia a la Misa dominical. Dediquen tiempo a la oración antes o después de la Misa.
2. Adoren el Cuerpo y la Sangre de Cristo elevado durante la Misa, rezando en silencio la frase: “Señor mío, Dios mío”.
3. Participen cuando les sea posible en la adoración del Santísimo Sacramento.
4. Hagan con reverencia una genuflexión ante el Santísimo Sacramento.
5. Visiten al Santísimo Sacramento, tanto individualmente como en familia.
6. Estudien en familia con asiduidad la Sagrada Escritura y lleven a cabo catequesis familiar sobre la Eucaristía.
7. Lean las vidas de santos eucarísticos, como Santa Catalina Drexel o San Juan Neumann.
En ti degustamos el pan de vida y aun así deseamos saciarnos de ti. Bebemos de ti, manantial nuestro, nuestras almas sedientas en busca de saciedad y reboso.

Copyright © 2011, Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, Washington , D.C. Todos los derechos reservados. Se permite la reproducción de esta obra sin adaptación alguna para uso no comercial. Las citas de la Sagrada Escritura han sido tomados del Leccionario © 1976, 1985, 1987, 1992, 1993, 2004, Conferencia Episcopal Mexicana; y de la Nueva Biblia de Jerusalén © 1998 Editorial Desclée De Brouwer, S.A., Bilbao. Las citas de la Liturgia de las Horas © 2001, Conferencia Episcopal Mexicana. Reproducidas con permiso. Todos los derechos reservados

19/6/11

ORACIÓN

NO ME MUEVE, MI DIOS, PARA QUERERTE


.


















No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.



Han sido muchos los intentos de atribución de este soneto a uno u otro autor, sin que la crítica se haya sentido suficientemente comprometida a corroborar una autoría, falta de argumentos probatorios suficientes. San Juan de la Cruz, santa Teresa, el P. Torres, capuchino, y el P. Antonio Panes, franciscano perteneciente a la Provincia de Valencia, figuran entre otros de probabilidad más dudosa. La atribución a los dos carmelitas responde al tema del amor desinteresado, que anticipa la mística franciscana, de donde bebe santa Teresa, al menos. El estilo que muestra el soneto, rico en juegos formales, no nos recuerda la riqueza imaginativa que singulariza al de Fontiveros, ni el más simple y llano de la santa abulense. Consta, además, en cartas que conserva la Orden, que antes de las fechas en que vive el P. Torres, los misioneros franciscanos enseñaban este soneto y el Bendita sea tu pureza, del P. Panes, a sus indios americanos, como oraciones cotidianas de la propia devoción seráfica.
El soneto, por su perfecta factura, figura como modélico en todas las antologías que se precien, desde que lo incluyó en la suya de las Cien Mejores Poesías de la lengua castellana don Marcelino Menéndez Pelayo.
Nunca el amor a Cristo crucificado había alcanzado tal grado de pureza e intensidad en la sensibilidad de la expresión poética. En fechas en que la superficialidad cifraba en el temor al destino dudoso del hombre en el más allá, la moción de la piedad popular, este poeta acierta a olvidar premios y castigos para suscitar un amor que, por verdadero, no necesita del acicate del correctivo interesado, sino que nace limpio y hondo de la dolorosa contemplación del martirio con que Cristo rescata al hombre. Esa es la única razón eficaz que puede mover a apartarse de la ingratitud del ultraje a quien llega a amarte de manera tan extrema.
Concluido el desarrollo del tema en el espacio de los dos cuartetos, trazada la preceptiva línea de simetría armoniosa que distingue y define la bondad del soneto clásico, vuelven a retomar el desarrollo temático las dos estrofas restantes, mediante cambios sintácticos que encadenan sucesivas concesiones ponderativas, tendentes a reforzar de manera excluyente y convencida el propósito de amar a Cristo por encima de cualquiera otra consideración espúrea y cicatera.
El estilo es directo, enérgico, casi penitencial por lo desnudo de figuras y recursos ornamentales. No es la belleza imaginativa del lenguaje lo que define a este soneto, sino la fuerza con que se renuncia a todo lo que no sea amar a cuerpo descubierto a quien, por amor, dejó destrozar el suyo. El lenguaje, renunciando a los afeites del lenguaje figurado, se atiene y acopla, en admirable conjunción, desde la forma recia y musculosa, a la mística desnudez del contenido. (Fr. Ángel Martín, o.f.m.)






16/6/11

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS ANTE EL SANHEDRÍN

Por San Ambrosio

El juicio del Señor


Lc 22,66 y 23,25.
97. Sigue a continuación un pasaje admirable que infunde en el corazón de los hombres una disposición de paciencia para sopor­tar, con igualdad de ánimo, las injurias. El Señor es acusado y calla. Con razón calla el que no necesita defenderse: querer de­fenderse es propio de los que temen ser vencidos. Y no es que, callando, apruebe la acusación, sino que el no protestar es una señal de que la desprecia. Porque ¿qué puede temer aquel que no desea salvarse? Por ser la salvación de todos, sacrifica la suya para obtener la de todos. Pero ¿qué podré decir yo de Dios? Susana calló y venció (Dan 13,35). En verdad, la mejor causa es la que se justifica sin defenderse. También Pilato absolvió en este caso, pero absolvió según su juicio, y le crucificó porque estaba de por medio el misterio. Verdaderamente esto era en parte propio de Cristo y en parte algo también humano, para que los jueces inicuos vieran que no es que no hubiera podido defenderse, sino que no había querido.
98. La razón del silencio del Señor la dio El mismo más adelante, diciendo: Si os lo digo, no me creeréis y, si os preguntare, no me responderéis, Lo más admirable es que El puso más interés en aprobar que era Rey que en afirmarlo con palabras, para que quienes confesaban eso mismo de los que le acusaban, no pu-diesen tener motivo para condenarle.
99. Ante Herodes, que deseaba ver de El algún portento, calló y no dijo nada, y fue porque su crueldad no merecía ver las cosas divinas, y así el Señor confundía su vanidad. Tal vez Herodes sea el prototipo de todos los impíos, los cuales, si no creen en la Ley y en los Profetas, no pueden, ciertamente, ver las obras de Cristo que se encuentran narradas en el Evangelio.
100. Después es enviado a Herodes y de nuevo devuelto a Pilato. Aunque ninguno de los dos lo declaran culpable, sin em­bargo, ambos secundan los deseos de la crueldad ajena. Es cierto que Pilato se lavó las manos, pero no lavó su conducta; ya que, siendo juez, no debió haber cedido ni ante la envidia ni ante el miedo, de manera que debía haber salvado la sangre inocente. Su misma esposa le avisaba, la gracia brillaba en la noche, la di­vinidad se imponía; pero ni aun así se abstuvo de una sacrílega entrega.
101. También me parece ver en él una figura anticipada de todos aquellos jueces que habrían de condenar a aquellos que juzgaron inocentes. Y esa persona unida a Pilato nos muestra que los gentiles son mucho más dignos de perdón que los judíos y pueden ser atraídos a la fe mucho más fácilmente por las obras divinas. Porque ¿cómo podrán serlo aquellos que crucificaron al Dios de toda majestad?
102. Verdaderamente es justo que quienes reclamaban la muerte del inocente, pidiesen la absolución del homicida. Estas son las leyes de la iniquidad: odiar la inocencia y amar el crimen. En este pasaje, la interpretación del nombre nos diseña una figura, ya que el nombre de Barrabás, en latín, quiere decir “hijo de padre”. Y aquellos de quienes se dice: Vosotros tenéis por padre el diablo (Io 8,44) son denunciados como gente que da más importancia al hijo de su padre, es decir, al anticristo, que al Hi­jo de Dios.
103. Y habíendole puesto una vestidura blanca, se lo devol­vió. No sin razón Herodes le cubrió con una vestidura blanca, para significar que su pasión no tiene mancha alguna; y es que el Cordero de Dios inmaculado había tomado gloriosamente sobre sí los pecados del mundo. También en Herodes y Pilato, los cua­les, por medio de Jesús, se hicieron amigos de enemigos que eran, se puede ver una figura del pueblo israelita y del pueblo gentil, ya que, por medio de la pasión del Señor, ambos llegarían a una concordia, aunque en el siguiente orden: primero el pueblo gentil recibiría la palabra de Dios, y después, por medio de la entrega devota a esa fe, la trasmitiría al pueblo judío, para que también éstos tengan la posibilidad de revestir, con la gloria de su majestad, el cuerpo de ese mismo Cristo al que antes despre­ciaron.
104. Después los soldados le pusieron un manto rojo y una túnica de púrpura, la primera como un símbolo de victoria de los mártires, y la otra como una insignia de su majestad regia, y todo porque su carne debía recoger, para nuestro bien, la sangre derramada por toda la tierra y su pasión debía hacer nacer en nosotros a su reino.
105. En cuanto a la corona de espinas puesta en su cabeza, ¿qué otra cosa nos va a querer mostrar que el don de la acción divina, al devolver a Dios la gloria del triunfo, es decir, a esos pecadores del mundo, que son como las espinas de este siglo? Aun los azotes tienen su significado, ya que fue flagelado El para que no lo fuéremos nosotros, pues este hombre herido y que sabe sopor­tar las enfermedades sufre por nosotros (Is 53,3ss), apartando los azotes de nosotros, que antes huíamos de Dios, el cual es un Señor tan paciente, que llega a ofrecer sus propias manos a las cade­nas y su cuerpo a los látigos de los fugitivos (1). Y así, los judíos, aunque con una disposición de ánimo detestable, presagian un éxito glorioso, ya que, mientras le están hiriendo, le coronan, y, burlándose de El, lo adoran. Y si bien no creen de corazón, con todo, rinden homenaje al que dan muerte. Es cierto que no tenían intención de hacer una buena acción, sin embargo, no le faltó a Dios su honor, ya que fue saludado como rey, coronado como ven­cedor y adorado como Dios y Señor.
106. Además, según Mateo, su mano llevaba cogida una caña con el fin de que la debilidad humana ya no fuese más agitada por el viento como si fuera una caña (Lc 7,24), sino que, enraizada en las obras (2) de Cristo, tuviese una base in­conmovible, y, una vez clavado en la cruz (Col 2,14) todo aquello que antes nos era enemigo, cese de tener valor la antigua senten­cia ; según Marcos, con esa caña le hieren su cabeza, con lo cual se nos indica que nuestra naturaleza, fortificada por el contacto con la divinidad (3), no puede ya jamás irse de un lado para otro.
107. Pero es ya tiempo de que el Vencedor levante su trofeo, porque, ya sea Simón o El mismo quien la llevase, es trofeo. Toma, en verdad, la cruz sobre sus hombros como un Cristo quien la ha llevado en el hombre y el hombre quien la llevó en Cristo. Y no pueden estar discordantes las sentencias de los evangelistas cuando está concorde el misterio; también es cierto que éste es el orden que sigue nuestro progreso: primero El levanta el trofeo de su cruz y después se lo entrega a los már­tires para que, a su vez, lo levanten ellos. Quien lleva la cruz no es un judío, sino un extranjero y peregrino, y otro detalle es que no le precede, sino que lo sigue, según lo que está escrito: To­ma tu cruz y sígueme (Lc 9,23). En realidad, Cristo no subió a su cruz, sino a la nuestra. El no murió según su divinidad, sino según su humanidad. Por eso El mismo dijo: Dios mío, Dios mío, mírame! ¿Por qué me has abandonado?
108. Con hermosa intención, al subir a la cruz, se despojó de sus vestiduras reales, para que comprendas que El no padeció en cuanto Dios Rey, sino en cuanto hombre, y aunque en Cristo estaban ambas realidades, sin embargo, fue clavada en la cruz su humanidad y no su divinidad. Los soldados, no los judíos, son los que saben bien en qué tiempo convienen esos vestidos a Cristo. Al juicio compareció como un vencedor, y se acercó al suplicio como un reo humillado.
Notas:
(1) Se puede ver aquí una doble alusión: a nuestros primeros padres, que se esconden de Dios después de su falta; o a los esclavos tránsfugas que se vengan de su señor.
(2) Las obras de Cristo están figuradas por sus manos, entre las cuales está colocada la caña.
(3) La caña de nuestra naturaleza ha sido puesta en contacto con Dios que es «la cabeza de Cristo» (cf. 1 Cor 11,3; más abajo n.115).

9/6/11

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS EN LA AGONÍA DEL HUERTO


Por San Ambrosio


La agonía en el huerto

Lc. 22, 39-53.
56. Padre, si es posible, pase de mí este cáliz. Existen muchos autores que toman este pasaje como argumento para sostener que la tristeza del Señor fue una prueba de debilidad que El tuvo toda su vida y, por tanto, que no le sobrevino sólo durante este tiempo, y así, parece como si quisieran retorcer el sentido natural de las palabras. Por lo que a mí se refiere, no sólo no creo que haya que excusarle, sino todo lo contrario; para mí no hay otro pasaje en el que admire más su amor y su majestad; y es que su entrega a mí no hubiera sido tan grande si no hubiese tomado mis mismos sentimientos. Así, pues, no hay duda que sufrió por mí Aquel que nada propio tenía por lo que pudiera sufrir, y, dejando a un lado la felicidad de su eterna divinidad, se dejó dominar por el tedio de mi enfermedad. El ha tomado sobre sí mi tristeza para comunicarme su alegría, y descendió sobre nuestros pasos hasta la angustia de la muerte, para llevarnos, so­bre sus pasos, a la vida. Y por eso hablo con plena confianza de la tristeza, ya que predico la cruz; en verdad, no tomó de la encarnación una apariencia, sino la misma realidad. En efecto, El debía tomar sobre sí el dolor para vencer la tristeza, no para aniquilarla, pues, de lo contrario, los que tuvieran que soportar la angustia sin dolor, no podrían ser alabados por su fortaleza.
57. Y así dijo: El varón de dolores sabe soportar los sufri­mientos (Is. 53,3), y nos dio una lección para que aprendiéramos, también con el caso de José, a no temer la cárcel (1), ya que en Cristo hemos aprendido a vencer la muerte, o mejor, el modo de vencer la angustia actual por la muerte futura. Pero ¿cómo te vamos a imitar, Señor Jesús, si no es siguiéndote como hombre, creyendo que has muerto, y contemplando tus heridas? Y, ¿cómo los discípulos habrían creído que Tú habías muerto si no hubiesen sentido la angustia del que está para morir? Así, aquellos por quienes Cristo sufría, se duermen sin conocer el dolor; esto es lo que leemos: El carga sobre sí nuestros pecados y sufre por nosotros (Is 53,4). No son tus heridas, Señor, las que te hacen sufrir, sino las mías; tampoco es tu muerte, sino mi enfermedad ; y te hemos visto en medio de esos dolores cuando estás doliente, no por ti, sino por mí; has enfermado, pero por nuestros pecados (Is 53,5), es decir, no porque hubieras recibido del Padre esa en­fermedad, sino porque la habías aceptado por mí, ya que me traería un gran bien el hecho de que "pudiéramos aprender en ti la paz y de que sanases, con tu sufrimiento, nuestros pecados" (ibid.).
58. Pero ¿qué tiene de maravilloso que el que lloró por uno, aceptara la misión de sufrir por todos? ¿Por qué maravillarse de que sintiera tedio en el momento en que iba a morir por todos, cuando, en el instante de resucitar a Lázaro, comienza a derramar lágrimas? Allí le conmovieron las lágrimas de su piadosa her­mana, ya que le llegaron al fondo de su alma humana, y aquí le impulsaba a obrar el pensamiento profundo de que, al mismo tiempo que aniquilaba nuestros pecados, desterraba de nuestra alma la angustia por medio de la suya. Y quizás por esto se entris­teció, puesto que, después de la caída de Adán, de tal modo estaba dispuesta nuestra salida de este mundo, que nos era necesaria la muerte, pues Dios no creó la muerte ni se alegra de la perdición de los vivos (Sap 1,13), razón por la que a El le repug­naba sufrir aquello que no hizo.
59. Después dijo: Aleja de mí este cáliz. Como hombre El rehúsa morir, pero, en cuanto Dios, El mantiene su sentencia; a nosotros nos resulta del todo imprescindible morir al mundo si queremos resucitar para Dios, con objeto de que, según la sentencia divina, la ley de la maldición sea saldada por el retorno de nuestra naturaleza al limo de la tierra.
60. Y cuando dijo: No se haga ni voluntad, sino la tuya, relacionaba la suya con su humanidad y la del Padre con la divinidad, ya que la voluntad del hombre es temporal, mientras que la de la divinidad es eterna. No es distinta la voluntad del Pa­dre y la del Hijo, pues donde hay unidad de divinidad debe exis­tir unidad de voluntad. Aprende, pues, a estar sometido a Dios para que no elijas tu propio querer, sino que puedas saber qué es lo que agradará a Dios.
61. Y ahora examinemos el valor de las propias palabras: Mi alma está triste, y en otra parte: Mi alma se halla ahora en un estado de turbación extrema —y no es que se arrepienta de haber tomado un alma, sino que es esta alma aceptada la que se turba, ya que el alma está sujeta a las pasiones, mientras que la divinidad está libre de ellas—, y después dijo: El espíritu está pronto, pero la carne es débil. No es El quien está triste, sino su alma. Tam­poco es la Sabiduría la que se entristece, ni la sustancia divina, sino el alma, pues El ha tomado sobre sí mi alma y mi cuerpo. No me engañó de que fuera algo distinto de lo que parecía: El parecía que estaba triste, y lo estaba en realidad, no por sus sufri­mientos, sino por nuestro distanciamiento de El. Por ese motivo dijo: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas (Mt 26,31; Zac 13,7). Sentía profundo dolor porque nos dejaba en estado de infan­cia. Por lo demás, ya nos declara la Escritura con qué arrojo se ofreció a la muerte y cómo salió al encuentro de los que le bus­caban, dando con ello fuerzas a los débiles, excitando a los que dudaban y dignándose recibir el beso del traidor.
62. Nada más concorde con la verdad que aceptar que la tristeza se la causaban sus perseguidores, ya que El sabía que expiarían su sacrilegio en medio de suplicios. Y por eso dijo: Aleja de mí este cáliz; y no era que el Hijo de Dios temiera la muerte, sino que no quería que los malos se condenaran. Por lo que muy bien dijo: Señor, no les imputes este pecado (Lc 23,34), con el fin de que su pasión fuese capaz de comunicar la salvación a todos.
63. Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? Ver­daderamente que es grande la manifestación del poder divino, y grande también esta lección de virtud. El proyecto de traición se está llevando a cabo, y la paciencia sigue sin acabarse. Señor, Tú te entregaste al que te traicionaba, mientras pones de mani­fiesto su secreto. También te entregaste al que te traicionaba, cuando le hablaste del Hijo del hombre, ya que lo que se apresaba allí, no era la divinidad, sino la carne. Lo cual resulta una gran confusión para el mayor ingrato que haya existido, puesto que entregó a Aquel que, siendo Hijo de Dios, quiso hacerse por nosotros Hijo del hombre; parece decirle: ¡Por ti, ingrato, he tomado esto que tu ahora entregas! ¡Qué hipocresía! Yo entiendo que hay que leerlo como una pregunta, tal vez, para que se vea cómo corrige al traidor mostrándole un gran sentimiento de amor. Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? En otras palabras: ¿Me entregas al sufrimiento a causa de mi entrega amorosa? ¿Vas a hacer que se derrame mi sangre como pago de mi caridad servicial, y me vas a entregar a la muerte precisamente con el símbolo de la paz? Tú, que eres un siervo, entregas a tu Señor; siendo su discípulo, traicionas a tu Maestro, y tú, que eres un elegido, entregas a tu Creador? Aquí se cumple aquello de: Las heridas de un amigo son de más valor que los besos interesados de un enemigo (Prov 26,6). Esto es lo que se dice del traidor. Y ¿qué es lo que está escrito del hombre leal? Helo aquí: Que él me bese con los ósculos de su boca (Cant 1,1).
64. Y le besó; y no se hace una justificación en este pasaje del disimulo, sino que se nos quiere hacer ver que no huía de la traición y que seguía amando al traidor a quien no había negado esa manifestación de amor; de ahí que esté escrito: Era pacífico con los que odiaban la paz (Ps 119,6).
65. “Y al signo convenido —sigue diciendo— los que habían venido con los palos le apresaron”. Sin embargo, no son las armas las que son capaces de someter al que es Señor de todo, sino los misterios. Y por eso, cuando El habló, cayeron hacia atrás. ¿Qué necesidad tengo yo de legiones de ángeles y de ejércitos celes­tiales? La sola voz del Señor les produce un terror más fuerte. Eso fue lo que escogió, como indicio evidente de la majestad di­vina, aquel que había reposado sobre el pecho de Cristo (2). Y la turba entonces se dispone a maniatar a Aquel que lo estaba deseando, y así lo cargan de cadenas. ¡Oh insensatos y pérfidos! No es de esa manera como uno se adueña de la Sabiduría, ni es con cadenas como se apresa a la Justicia.
66. Y el celo de los apóstoles no se hizo esperar. Por eso, Pedro, instruido en la Ley, hombre de corazón, pronto, sabiendo que Finees fue tenido como justo por haber matado a los sacrílegos (Ps 105,30ss), hiere al siervo de los príncipes de los sacerdotes. Y poco después el Señor curó la herida sangrante, poniendo en su lugar los misterios divinos, de modo que el siervo del príncipe de este mundo, esclavo del poder terreno, no por derecho de su nacimiento, sino por su caída (3), ha recibido una herida en su oreja por no haber escuchado las palabras de la Sabiduría. En verdad, todo el que comete el pecado, se hace esclavo del pecado (Io 8,34). Habéis sido vendidos —dijo Isaías— por vuestros pe­cados (50,1): Por nuestros pecados hemos sido vendidos, y la re­dención de estos pecados se ha llevado a cabo gracias a la bondad de Dios. Y si Pedro hirió con advertencia plena la oreja, era para enseñarnos que en adelante ellos no debían tener orejas exteriores, sino que las debían tener en el interior. Con todo, el buen Maestro le devolvió la oreja para mostrarles, según las palabras del profeta (Is 6,10), que también pueden ser curados aquellos que, al con­vertirse, participan de las heridas de la pasión del Señor; y eso, porque los misterios de la fe borran cualquier pecado.
67. Así, pues, Pedro cortó una oreja. Y ¿por qué Pedro? Porque él fue quien recibió las llaves del reino de los cielos, y él es quien condena y quien absuelve, puesto que ha recibido las potestades de atar y desatar. El corta la oreja del que escucha con maldad y, por medio de la espada espiritual, corta también la oreja interior que no entiende con rectitud.
68. Tengamos cuidado para que a ninguno haya que cor­tarnos la oreja. Se lee la pasión del Señor: si sostenemos que la debilidad y sufrimiento corporales afectaban a su divinidad, quie­re decir esto que nuestra oreja ha sido seccionada y cortada por Pedro, el cual no soportó que Cristo fuese tenido como un profeta, sino que nos enseñó a proclamarle taxativamente como Hijo de Dios, por medio de una perfecta confesión de fe (Mt 16,14ss). Por tanto, cuando leemos que Cristo fue apresado, pongamos aten­ción para no escuchar y creer a aquel que nos diga que fue apre­sado en cuanto a su divinidad, y sin El quererlo y sin poder para evitarlo. Es cierto que fue cogido, como atestiguó Juan (18,12), en la realidad de su cuerpo, pero ¡ay de aquellos que encadenan al Verbo! Atan a Cristo, al que ven como puro hombre, y no piensan que encadenan al que todo lo sabe ni reconocen en El al que todo lo puede. Tristes cadenas en verdad, las de los judíos, con las cuales no atan a Cristo, sino que se encadenan a sí mismos. Y resulta que es maniatado, no en casa de un hombre piadoso y justo, sino en casa de Caifás, es decir, en una casa impía, donde, como constaba por las profecías, había de morir por todos (Mt 26,57; Io 18,24). ¡Qué insensatos resultan aquellos que recono­cen los beneficios y persiguen al autor de ellos!
69. Puesto que su oído había perdido la sensibilidad, perdie­ron la oreja. En realidad, no son pocos los que no poseen aquello que creen tener. Dentro de la Iglesia todos lo tienen, y todos los que están fuera de ella carecen de ello. Quizás les cortó la oreja para que no cometieran más pecados escuchando aquello que después no podrían cumplir. Así es como el Señor confundió en otro tiempo las lenguas de los que edificaban la torre (Gen 11,7ss), para que, no entendiéndose, no pudiesen seguir constru­yendo su impío proyecto.
70. Comprende, si puedes, cómo al contacto con la mano derecha del Salvador huye el dolor y se curan, sin más medicamen­tos que su contacto, las heridas. El barro reconoce a su obrero, y la carne se pone a disposición de la mano del Señor que la tra­baja; pues el Creador realiza su labor como mejor le place. Así es como El devolvió la vista al ciego aquel, de quien se nos habla en otro lugar, cuando le untó los ojos con lodo (Io 9,6), siendo como un retorno a su primera naturaleza. Había podido mandarlo, pero quiso El mismo realizarlo, para que reconozcamos que es El quien ha formado, del limo de la tierra, los miembros de nues­tro cuerpo, haciéndolos aptos para diversas funciones, y El tam­bién quien les dio vida al infundirles la fuerza del alma.
71. A continuación llegaron y le apresaron, haciendo posible, por causa de esa condescendencia a su pasión no dominada, que su perdición fuese más irremediable, ya que esos infelices no com­prendieron el misterio ni miraron con veneración esa actitud de piedad tan elemental de que El no permitiese ni que sus mismos enemigos fuesen heridos. Ellos se disponían a dar muerte a aquel Justo, que era precisamente el que curaba las heridas de sus perseguidores.
Notas:
(1) Algunos han querido ver una alusión a su tratado De Ioseph; no se descarta la posibilidad de que directamente aluda a la Sagrada Escritura.
(2) San Juan es, en efecto, el único de los cuatro evangelistas que ha relatado la pregunta del Señor a sus enemigos, y el efecto de su palabra sobre la turba le hizo caer en tierra.
(3) Malco es representado aquí como figura de Adán o, más exactamente, de toda la humanidad caída.

3/6/11

INVOCACIÓN


Danos tu luz, Señor, para esta pena,
corta de tu jardín tanta agonía,
tanto oscuro dolor, la sombra fría
que al corazón del hombre ciega y llena.

Aniquila, Señor, corta, cercena
esta angustia del hombre, esta porfía,
danos, Señor, tu Corazón por guía,
tu Sangre que enamora y enajena.

Mas si el sufrir, Señor, es merecido,
no nos quites ni el llanto ni el lamento,
ni el amoroso Corazón herido.

Pero danos también como sustento
tu Corazón, tu vida, tu latido,
tu Divino calor como alimento.

Rafael Morales

30/5/11

MES DE JUNIO DEDICADO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


EL CORAZÓN DE CRISTO

Por DOM Columba Marmion

El amor explica todos los misterios de Jesús
Todo lo que poseemos en el ámbito de la gracia nos viene de Cristo Jesús; “debido a su plenitud podemos todo”: De plenitude ejus nos omnes accepimus(1). Destruyó el muro de separación que nos impedía ir hacia Dios; mereció para nosotros, con una abundancia infinita, todas la gracias; jefe divino del cuerpo místico, posee el poder de comunicarnos el espíritu de sus estados y la virtud de sus misterios, con el fin de transformaros en Él.
Cuando consideramos los misterios de Jesús, ¿Cuál de sus perfecciones es la que vemos estallar particularmente? Si duda, el amor. El amor realizó la encarnación: Propter nos… descendit de caelis, et incarnatus est(2); el amor hace nacer a Cristo en una carne pasible y enferma, inspira la oscuridad de la vida oculta, alimenta el celo de la vida pública. Si Jesús entrega, por nosotros, a la muerte, es porque cede al “exceso de un amor sin medida”(3); si resucita, es “para nuestra justificación”(4); si sube al cielo, es como precursor que va prepararnos un lugar”(5) en esa estancia de beatitud; envía al “Espíritu consolador”(6) para no “dejarnos huérfanos”(7); instituye el sacramento de la Eucaristía como memorial de su amor.(8) Todos esos misterios tienen su fuerza en el amor.
Es necesario que nuestra fe en este amor de Cristo Jesús sea viva y constante. ¿Y Por qué? Por que es uno de los principales soportes de la fidelidad.
Veamos a San Pablo: nunca hombre alguno trabó ni se prodigó como él por Cristo. Un día, en que sus enemigos atacaban la legitimidad de su misión, fue movido, para defenderse, a esbozar él mismo el cuadro de sus obras, sus laboras y sufrimientos. Este cuadro, tan vivo, lo conocemos, sin duda, pero siempre es un gozo  para el alma releer este pasaje, único en los anales del apostolado. “A menudo, dice el gran apóstol, vi la muerte de cerca; cinco veces sufrí el suplicio de la flagelación; tres veces fui tundido con las varas; una vez fui lapidado; naufragué tres veces, pasé un día y una noche mar adentro. Y mis viajes, incontables, llenos de peligros; peligros en los ríos, peligros por parte de los bandidos, peligros por parte de los de mi linaje, peligros por parte de los infieles; peligros en las ciudades, peligros en los desiertos, peligros en el mar; mis trabajos y mis sufrimientos, mis numerosas vigilias, las torturas del hambre y de la sed, los ayunos múltiples, el frío de la desnudez; y dejando de hablar de otras cosas, todavía recordaría mis preocupaciones diarias, la solicitud por todas las iglesias que fundé(9). Aquí se aplica la palabra del Salmista: “Por causa de ti, Señor, todo el día estamos entregados a la muerte, se nos mira como ovejas destinadas a la carnicería…” Y, sin embargo, ¿que agrega inmediatamente? Pero “en todos estos encuentros, somos más que vencedores: Sed in his ómnibus superamus(10). Y ¿dónde encuentra el secreto de esta victoria? Preguntémosle por qué soporta todo, incluso el “fastidio de vivir”(11), ¿por qué, en todas sus pruebas permanece unido a Cristo con tan inquebrantable firmeza que “ni la tribulación ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la espada pueden separarlo de Jesús(12)? Les responderá: Propter eum, qui dilexit nos(13): “por aquél que nos amó. Lo que lo sostiene, lo fortifica, lo ama, lo estimula es su convicción profunda de que “el amor de Cristo lo mueve”: Dilexit me et tradidit semetipsum pro me(14).
Y, en efecto, el sentimiento que hace nacer el él esta ardiente convicción es que “él no quiere vivir más para sí mismo”, - él que blasfemó el nombre de Dios y persiguió a los cristianos(15) - “sino por quien que lo amó al punto de dar la vida por él”. Caritas Christi urget me…(16) “El amor de Cristo nos urge”, exclama. “Por  eso me entregaré por él, me prodigaré gustosamente, sin reservas, sin medida”; ¡me agotaré por las almas que son su conquista: Libentissime impendam et superimpendar(17)!
Esta convicción de que Cristo lo ama da, verdaderamente, la clave de toda la obra del gran apóstol.
Nada empuja al amor como el saber y sentirse amado. “Todas las veces que pensamos en Jesucristo, dice santa Teresa, recordemos el amor con el que nos colmó con sus favores… el amor llama al amor”(18).
Pero, ¿cómo conocer este amor que está en el fondo de todos los estados de Jesús, que los explica, y cuyos motivos resume? ¿De dónde sacar esta ciencia, tan fecunda, que San Pablo convertía en el objeto de sus oraciones para sus cristianos? En la contemplación de los misterios de Jesús. Si los estudiamos con fe, el Espíritu Santo, que es el amor infinito, nos descubre sus profundidades y nos conduce al amor, que es la fuente.
Esta es una fiesta que por su objeto nos recuerda, de una mera general, el amor que el Verbo encarnado nos ha mostrado: es la fiesta del Sagrado Corazón. La Iglesia, a partir de las revelaciones de Nuestro Señor a santa Margarita María, cierra, por así decirlo, el ciclo anual de las solemnidades del Salvador; como si la llegada, al término de la contemplación de los misterios de su Esposo, no quedara sino celebrar el amor mismo que los inspiró.

1 Joan. I, 16.
2 Credo de la misa.
3 Joan XIII.
4 Rom. IV, 25.
5 Joan. XIV, 18.
6 Hebr. Vi, 20.
7 Jan XIV, 18.
8 Luc XXII, 19.
9 II Cor. XI, 23-28.
10 Rom. VIII, 36-37.
11 II Cor I, 8.
12 Rpm. VIII, 35.
13 Ibid. 37.
14 .Gal II, 20.
15 Cf. Act. XXVI.
16 II Cor. V, 14.
17 II Cor. XII, 15.
18 Vida escrita por ella misma, cap. XXII, Obras.

Traducido del francés por José Gálvez Krüger para ACI PRENSA

23/5/11

EL JUICIO DE DIOS



Por Antonio Royo Marín

Hablábamos ayer del problema formidable de la muerte, y decíamos que, si considerada con ojos paganos, es la cosa más terrible entre todas las cosas terribles, a la luz de la fe católica, contemplada con ojos cristianos, es simpática y deseable, diga el mundo lo que quiera. Porque para el cristiano, señores, la muerte es comenzar a vivir, es el tránsito a la inmortalidad, la entrada en la vida verdadera.
La muerte es un fenómeno mucho más aparente que real. Afecta al cuerpo únicamente, pero no al alma. El alma es inmortal, y el mismo cuerpo muere provisionalmente, porque un gran dogma de la fe católica nos dice que sobrevendrá en su día la resurrección de la carne. De manera que, en fin de cuentas, la muerte en sí misma no tiene importancia ninguna: es un simple tránsito a la inmortalidad.
Pero ahora nos sale al paso otro problema formidable. Y ése sí que es serio, señores, ése sí que es terrible: el problema del juicio de Dios.
Está revelado por Dios. Consta en las fuentes mismas de la revelación. El apóstol San Pablo dice que “está establecido por Dios que los hombres mueran una sola vez, y después de la muerte, el juicio”. (Hebr 9, 27). Lo ha revelado Dios por medio del apóstol San Pablo, y se cumplirá inexorablemente.
Hace unos años murió en Madrid un religioso ejemplar. Murió como había vivido: santamente. Pero pocas horas antes de morir, le preguntaron: “Padre: ¿está preocupado ante la muerte, tiene miedo a la muerte?” Y el Padre contestó: “La muerte no me preocupa nada, ni poco ni mucho. Lo que me preocupa muchísimo es la aduana. Después de morir tendré que pasar por la aduana de Dios y me registrarán el equipaje. Eso sí que me preocupa”.
Habrá dos juicios, señores. El juicio particular, al que alude San Pablo en las palabras que acabo de citar, y el juicio universal, que, con todo lujo de detalles, describió personalmente en el Evangelio Nuestro Señor Jesucristo, que actuará en él de Juez Supremo de vivos y muertos.
Habrá dos juicios: el juicio particular y el juicio final o universal.
Santo Tomás de Aquino, el Príncipe de la Teología católica, explica admirablemente el porqué de estos juicios. No pueden ser más razonables. Porque el individuo es una persona humana particular, pero, además, un miembro de la sociedad. En cuanto individuo, en cuanto persona particular, le corresponde un juicio personal que le afecte única y exclusivamente a él: y éste es el juicio particular. Pero en cuanto miembro de la sociedad, a la que posiblemente ha escandalizado con sus pecados, o sobre la que ha influido provechosamente con su acción bienhechora, tiene que sufrir también un juicio universal, público, solemne, para recibir, ante la faz del mundo, el premio o castigo merecidos. Este segundo juicio, el universal, será mucho más solemne, mucho más aparatoso; pero, desde luego, tiene muchísima menos importancia que el puramente privado y particular. Porque en el juicio particular, señores, es donde se van a decidir nuestros destinos eternos. El juicio universal no hará más que confirmar, ratificar definitivamente la sentencia que se nos haya dado a cada uno en nuestro propio juicio particular. Por consiguiente, como individuos, como personas humanas, nos interesa mucho más el juicio particular que el juicio universal. Y de él vengo a hablaros esta tarde. Os voy a hacer un resumen de la teología del juicio particular, procediendo ordenadamente a base de una serie de preguntas y respuestas.
1.ª ¿Cuándo se celebrará el juicio particular? Inmediatamente después de la muerte real. Después de la muerte real, digo, no de la muerte aparente. Porque, señores, estamos en un error si creemos que en el momento de expirar el enfermo, cuando exhala su último suspiro, ha muerto realmente. No es así.
Contemplad los últimos instantes de un moribundo. Su respiración fatigosa, anhelante; su mirada de asombro a los que le rodean, porque él se está ahogando, no puede respirar y ve que los demás respiran tranquilamente. Parece que está diciendo: ¿Pero no notáis que falta el aire? ¿No notáis que nos estamos ahogando? Es él, pobrecillo, el único que se ahoga. Y llega un momento en que es tanta la falta de oxígeno que experimentan sus pobres células, que hace una respiración profunda, profundísima, hacia dentro, y, de pronto, la expiración: lanza hacia fuera aquel aire y queda inmóvil, completamente paralizado. Y los que están rodeando su lecho exclaman: Ha muerto, acaba de expirar.
Pero, en realidad, no es así. Han desaparecido sin duda, las señales o manifestaciones externas de vida: ya no respira; ya no oye, ya no ve, ya no siente, pero la muerte real no se ha producido aún. El alma está allí todavía; el cuerpo ha entrado en el período de muerte aparente, que se prolongará más o menos tiempo, según los casos: más largo en las muertes violentas o repentinas, más corto en las que siguen el agotamiento de la vejez o de una larga enfermedad. El hecho de la muerte aparente está científicamente demostrado, puesto que se ha logrado volver a la vida por procedimientos puramente naturales y sin milagro alguno, a centenares de muertos aparentes; tantos, que ha podido inducirse una ley universal, válida para todos.
Ved lo que ocurre cuando apagáis una vela, un cirio. La llama ya no existe, pero el pabilo está todavía encendido, está humeante todavía, y poco a poco se va extinguiendo, hasta que, por fin, se apaga del todo. Algo parecido ocurre con la muerte. Cuando el enfermo exhala el último suspiro parece que la llama de la vida se apagó definitivamente, pero no es así. El alma está allí todavía. Hay un espacio más o menos largo entre la muerte real y la muerte aparente, que puede ser decisivo para la salvación eterna del presunto muerto, puesto que durante él se le pueden administrar todavía los Sacramentos de la Penitencia y Extremaunción.
¡Cuántas veces ocurre, señores, la desgracia de una muerte repentina en el seno del hogar! Y cuando ya no hay nada que hacer para devolverle la salud corporal, cuando el médico ya no tiene nada que hacer allí porque se ha producido ya la muerte aparente que acabará muy pronto en muerte real, todavía tenéis tiempo de correr a la Parroquia. Llamad urgentemente al sacerdote para que le dé la absolución sacramental, y, sobre todo, le administre el sacramento de la Extremaunción, del que acaso dependa la salvación eterna de esa alma. ¡Corred a la Parroquia, llamad al sacerdote! Ya lloraréis después, no perdáis tiempo inútilmente, acaso depende de eso la salvación eterna de ese ser querido. Claro está que esto es un recurso de extrema urgencia que sólo debe emplearse en caso de muerte repentina. Porque cuando se trata de una enfermedad normal, la familia tiene el gravísimo deber de avisar al sacerdote con la suficiente anticipación para que el enfermo reciba con toda lucidez, y dándose perfecta cuenta, los últimos Sacramentos y se prepare en la forma que os exponía ayer al hablaros de la muerte cristiana.
Pero cuando sobreviene la desgracia de una muerte violenta o repentina, hay que intentar la salvación de esa alma por todos los medios a nuestro alcance, y no tenemos otros que la administración sub conditione de la absolución sacramental, y, mejor aún, del sacramento de la Extremaunción, que resulta más eficaz todavía en casos de muerte repentina, puesto que no requiere ningún acto del presunto muerto, con tal que de hecho tenga, al menos, atrición interna de sus pecados.
El espacio entre la muerte aparente y la real, en caso de muerte violenta o repentina, suele extenderse a unas dos horas, y a veces, más. Pero en el momento en que se produce la muerte real, o sea, en el momento en que el alma se arranca o desconecta del cuerpo, en ese mismo instante, comparece delante de Dios para ser juzgada. De manera, que a la primera pregunta, ¿cuándo se realiza el juicio particular?, contestamos: en el momento mismo de producirse la muerte real.
2.ª ¿Quiénes serán juzgados? La humanidad en pleno, absolutamente todos los hombres del mundo, sin excepción. Desde Abel, que fue el primer muerto que conoció la humanidad, hasta los que mueran en la catástrofe final del mundo. Todos: los buenos y los malos. Lo dice la Sagrada Escritura: Al justo y al impío los juzgará el Señor (Ecl. 3, 17), incluso al indiferente que no piensa en estas cosas, incluso al incrédulo que lanza la carcajada volteriana: “¡Yo no creo eso!” Será juzgado por Dios, tanto si lo cree como si lo deja de creer. Porque las cosas que Dios ha establecido no dependen de nuestro capricho o de nuestro antojo, de que nosotros estemos conformes o lo dejemos de estar. Lo ha establecido Dios, y el justo y el impío serán juzgados por Él en el momento mismo de producirse la muerte real. ¡Todos, sin excepción!
3.ª ¿Dónde y cómo se celebrará el juicio particular? En el lugar mismo donde se produzca la muerte real: en la cama de nuestra habitación, bajo las ruedas de un automóvil, entre los restos del avión destrozado, en el fondo del mar si morimos ahogados en él..., en cualquier lugar donde nos haya sorprendido la muerte real. Allí mismo, en el acto, seremos juzgados.
Y la razón es muy sencilla, señores. El juicio consiste en comparecer el alma delante de Dios, y Dios está absolutamente en todas partes. No tiene el alma que emprender ningún viaje. Hay mucha gente que cree o se imagina que cuando muere un enfermo el alma sale por la ventana o por el balcón y emprende un larguísimo vuelo por encima de las nubes y de las estrellas. No hay nada de esto. El alma, en el momento en que se desconecta del cuerpo, entra en otra región; pierde el contacto con las cosas de este mundo y se pone en contacto con las del más allá. Adquiere otro modo de vivir, y entonces, se da cuenta de que Dios la está mirando. Dice al apóstol San Pablo que Dios “no está lejos de nosotros, porque en Él vivimos y nos movemos y existimos” (Hech. 17, 28). Así como el pez existe y vive y se mueve en las aguas del océano, así, nosotros, existimos y vivimos y nos movemos dentro de Dios, en el océano inmenso de la divinidad. Ahora no nos damos cuenta, pero en cuanto nuestra alma se desconecte de las cosas de este mundo y entre en contacto con las cosas del más allá, inmediatamente lo veremos con toda claridad y nos daremos cuenta de que estamos bajo la mirada de Dios.
Pero me diréis: ¿El alma comparece realmente delante de Dios? ¿Ve al mismo Dios? ¿Contempla la esencia divina?
Claro está que no. En el momento de su juicio particular, el alma no ve la esencia de Dios, porque si la viera, quedaría ipso facto beatificada, entraría automáticamente en el cielo, y esto no puede ser –al menos, en la inmensa mayoría de los casos– porque puede tratarse del alma de un pecador condenado o de la de un justo imperfecto que necesita purificaciones ultraterrenas antes de pasar a la visión beatífica.
¿Cómo se produce entonces el juicio particular? Escuchad:
El desconectarse del cuerpo y ponerse en contacto con el más allá, el alma contempla claramente su propia sustancia. Se ve a sí misma con toda claridad, como nos vemos en este mundo la cara reflejada en un espejo. Y al mismo tiempo contempla claramente en sí misma, con todo lujo de detalles, el conjunto de toda su vida, todo cuanto ha hecho acá en la tierra. Veremos con toda claridad y detalle lo que hicimos cuando éramos niños, cuando éramos jóvenes, en la edad madura, en plena ancianidad o decrepitud: absolutamente todo. Lo veremos reflejado en nuestra propia alma. Y veremos también, clarísimamente, que Dios lo está mirando. Nos sentiremos prisioneros de Dios, bajo la mirada de Dios, a la que nada absolutamente se escapa. Y ese sentirse el alma como prisionera de Dios, como cogida por la mirada de Dios, eso es lo que significa comparecer delante de Él. No le veremos a Él, ni tampoco a Nuestro Señor Jesucristo, ni al ángel de la guarda, ni al demonio. No habrá desfile de testigos, ni acusador, ni abogado defensor, ni ningún otro elemento de los que integran los juicios humanos. No veremos a nadie más que a nosotros mismos, o sea, a nuestra propia alma, y, reflejada en ella, nuestra vida entera con todos sus detalles. Y al instante recibiremos la sentencia del Juez, de una manera intelectual, de modo parecido a como se comunican entre sí los ángeles.
Los ángeles, señores, se comunican por una simple mirada intelectual. No a base de un lenguaje articulado como el nuestro –imposible en los espíritus puros–, sino de un modo mucho más claro y sencillo: simplemente contemplándose mutuamente el entendimiento y viendo en él las ideas que se quieren comunicar. A esto llamamos en teología locución intelectual.
Pues de una manera parecida recibiremos nosotros, en nuestro juicio particular, una locución intelectual transmitida por Cristo Juez; una especie de radiograma intelectual firmado por Cristo, que nos dará la sentencia: “¡A tal sitio!” Y el alma verá clarísimamente que aquella sentencia que acaba de recibir de Cristo es precisamente la que le corresponde, la que merece realmente con toda justicia. Y en esto consiste esencialmente el juicio particular.
4.ª ¿Cuánto tiempo durará? El juicio particular será instantáneo. En un abrir y cerrar de ojos se realizará el juicio y recibiremos la sentencia. Y esto no es obstáculo para su claridad y nitidez. Aunque el juicio durase un siglo, no veríamos más cosas, ni con más detalle, ni con más precisión que las veremos en ese abrir y cerrar de ojos. Porque al separarse del cuerpo, el entendimiento humano no funciona de la manera lenta y torpe a que le obliga en este mundo su unión con la pesadez de la materia. Así en la tierra, nuestro entendimiento funciona de una manera discursiva, razonada, lentísima, por lo que conocemos las cosas poco a poco, por parcelas, y así y todo, no vemos más que lo superficial, lo que aparece por fuera; no calamos, no penetramos en la esencia misma de las cosas. Pero el entendimiento, separado del cuerpo, ya no se siente encadenado por la pesadez de la materia, y entiende perfectamente a la manera de los ángeles, de una manera intuitiva, de un solo golpe de vista, sin necesidad de discursos ni razonamientos.
Santa Teresa de Jesús, la incomparable doctora mística, tuvo visiones intelectuales altísimas, como puede leerse en el libro de su Vida, escrito por ella misma. Y, en una de ellas, Dios le mostró un poco lo que ocurre en el cielo, en la mansión de los bienaventurados. Ella misma dice que acaso no duró ni siquiera el espacio que tardamos en rezar un avemaría. Y a pesar de la brevedad de ese tiempo, se espantaba de que hubiese visto tanta cantidad de cosas y con tanto detalle y precisión. Es por eso. En aquel momento le concedió Dios una visión intelectual, a la manera de los ángeles, y contempló ese panorama deslumbrador de una manera intuitiva, de un solo golpe de vista. Lo vio clarísimamente todo en un instante, en un abrir y cerrar de ojos. Esto nos ocurrirá a cada uno de nosotros en el momento en que nuestra alma se separe del cuerpo y tengamos nuestro juicio particular.
5.ª ¿Y qué veremos en ese tan corto espacio de tiempo?
Señores, ésta es la parte más importante de mi conferencia de esta noche, en la que quisiera poner toda mi alma.
Escuchadme atentamente.
¡Muchacha que me escuchas a través de la radio!, la frívola, la mundana, la amiga del espectáculo, de la diversión, del cine, del teatro, del baile. ¡Cómo te gustaría ser una de las primeras estrellas de la pantalla, aparecer en los grandes cines, en la primera página de las grandes revistas cinematográficas, y que todo el mundo hablara de ti como hablan de esas dos o tres, cuyo nombre te sabes de memoria, y a las que tienes tanta envidia! ¡Cómo te gustaría! ¿verdad?
Pues mira: no sé si lo has pensado bien. Porque resulta que eres efectivamente la protagonista de una gran película; de una gran película sonora, en tecnicolor y en relieve maravilloso: no te puedes formar idea. Y eso que te digo a ti, muchacha, se lo digo también a cada uno de mis oyentes, y me lo digo con temblor y espanto a mí mismo.
Todos somos protagonistas de una gran película cinematográfica, señores. Todos en absoluto. Delante de nosotros, de día y de noche, cuando pensamos y cuando no pensamos en ello, está funcionando una máquina de cinematógrafo. La está manejando un ángel de Dios –el de nuestra propia guarda– y nos está sacando la película sonora y en tecnicolor de toda nuestra existencia. Comenzó a funcionar en el momento mismo del nacimiento. Y, a partir de aquel instante, recogió fidelísimamente todos los actos de nuestra infancia, y de nuestra niñez, y de nuestra juventud y de nuestra edad madura, y recogerá todos los de nuestra vejez, hasta el último suspiro de la vida. Todo ha salido, sale y saldrá en la película sonora y en tecnicolor que nos está sacando el ángel de la guarda, señores, por orden de Dios Nuestro Señor. No se escapa el menor detalle. Es una película de una perfección maravillosa.
El cine de los hombres ha hecho progresos inmensos desde que se inventó hace poco más de un siglo. Desde el cine mudo, de movimientos bruscos y ridículos, hasta la pantalla panorámica, el tecnicolor y el relieve, el progreso ha sido fantástico. Sin embargo, el cine de los hombres es perfeccionable todavía, no reúne todavía las maravillosas condiciones técnicas que se adivinan para el futuro; el cine de los hombres todavía tiene que progresar mucho.
¡Ah! Pero el cine de Dios es acabadísimo, perfectísimo, absolutamente insuperable. No le falta un detalle: lo recoge todo con maravillosa precisión y exactitud.
En primer lugar, los actos externos, los que se pueden ver con los ojos y tocar con las manos. Vuelvo a hablar contigo, muchacha frívola y mundana. Aquel día, con tu novio, ¿te acuerdas? Nadie lo vio, nadie se enteró. Pero delante de vosotros estaba el cine de Dios; y en primer plano, en película sonora y en tecnicolor, está recogido todo aquello. ¡Y lo vas a contemplar otra vez en el momento de tu juicio particular!
Es inútil, señores, que nos encerremos con llave en una habitación, porque delante de nosotros se nos metió aquel operador invisible con su aparato cinematográfico, y lo que hagamos a puerta cerrada y con la llave echada está saliendo todo en su película sonora y en tecnicolor. Es inútil que apaguemos la luz, porque el cine de Dios es tan perfecto, que funciona exactamente igual a pleno sol que en la más completa oscuridad.
Pero no recoge solamente las acciones. También capta y recoge las palabras, porque el cine de Dios es sonoro. Ha recogido fidelísimamente todas las palabras que hemos pronunciado en nuestra vida, absolutamente todas: las buenas y las malas. Las críticas, las murmuraciones, las calumnias, las mentiras, las obscenidades, aquellos chistes de subido color, aquellas carcajadas histéricas en aquella noche de crápula y lujuria... ¡Todo absolutamente ha sido recogido! Y en nuestro juicio particular volveremos a oír claramente todo aquello. Y aquellas carcajadas, aquellos chistes, aquellas calumnias, aquellas blasfemias, resonarán de nuevo en nuestros oídos con un sonsonete terriblemente trágico. Pero oiremos también, sin duda alguna, los buenos consejos que hemos dado, el dulce murmullo de las oraciones, los cánticos religiosos, las alabanzas de Dios... ¡Cuánto nos consolarán entonces!
¡Ah! Pero lo verdaderamente estupendo del cine de Dios es que no solamente recoge las acciones y las palabras, sino que, además, penetra en lo más hondo de nuestro entendimiento y de nuestro corazón, para recoger los sentimientos íntimos de nuestra alma, o sea todo lo que estamos pensando y lo que estamos amando o deseando. ¡Cuántos pensamientos obscenos, cuántos contra la caridad! ¡Cuántas dudas caprichosas, cuántas sospechas infundadas, cuántos juicios temerarios! ¡Cuántos pensamientos de vanidad, de altanería, de orgullo, de exaltación del propio yo, de desprecio de los demás! Y las desviaciones afectivas, los perversos amores. ¡Dios mío! Aquel casado que pasaba por persona honorabilísima... y resulta que, además de su mujer, tenía dos o tres amiguitas; aquella joven que parecía tan modosita y se entendía con el jefe de su oficina... Todo saldrá en el cine de Dios.
Y los odios y rencores, la sed de venganza, la envidia terrible que corroe el corazón. Y la indignación contra la providencia de Dios cuando permitió aquel fracaso, que no era, sin embargo, más que un pequeñísimo castigo de nuestros pecados... Absolutamente todo, señores, ha sido recogido en la pantalla de Dios y lo veremos en nuestro propio juicio particular.
Pero hay una cosa mucho más sorprendente todavía que viene a poner el colmo a la maravillosa perfección del cinematógrafo de Dios. Y es que no solamente recoge todo cuanto hemos hecho, dicho, pensado, amado o deseado, sino también lo que no hemos hecho, habiéndolo debido hacer: los pecados de omisión, o sea todas aquellas buenas obras que omitimos por respeto humano, por cobardía, por pereza o por cualquier otro motivo bastardo. Aquellas escenas que deberían figurar en la pantalla y no figuran, por extraña paradoja figurarán también, pero en plan de omisión. “Aquel domingo no pude ir a misa porque me marché de excursión”. “El ayuno y la abstinencia obligaban únicamente a los frailes y a las monjas”. “Estaba muy atareado, me absorbían las ocupaciones, no tenía tiempo de entregarme a las prácticas piadosas”. ¡Ah las omisiones! Y el padre que no corrige a sus hijos, el que se limita a decir malhumorado: “A mí, ¿quién me mete en líos? Que hagan lo que quieran. Ya van siendo mayorcitos”. Eso no se puede hacer. Tiene la obligación gravísima de educar a tus hijos. Tienes la obligación de corregirlos, y si no lo haces, pecado de omisión: saldrá en la pantalla y lo verás en tu juicio particular.
Y de manera semejante podríamos ir recordando los deberes profesionales, los deberes privados y los deberes públicos. Las autoridades mismas, que por negligencia, por respeto humano, por no meterse en líos, no se preocupan de hacer cumplir las leyes de policía encaminadas a salvaguardar la moralidad pública; esos espectáculos inmorales o centros de perversión que no clausuran, debiendo clausurarlos, de acuerdo con la ley de Dios y las disposiciones de la misma ley civil. Todo sale en la pantalla y de todo se les pedirá cuenta en el formidable tribunal de Dios.
¿Qué más, señores? ¿Qué más puede salir en la pantalla del cine de Dios, que recoge incluso las escenas que no se realizaron, los pecados de simple omisión? Pues aunque parezca inverosímil, todavía hay más. Porque esa película de nuestra propia vida recogerá también los pecados ajenos, en la parte de culpa que nos corresponda a nosotros.
¡Qué terrible responsabilidad, señores! ¡Empujar al pecado a otra persona! ¿Qué pensaríais, señores, de un malvado que cogiese una pistola y se pasease con ella por las calles más céntricas de la ciudad, disparando tiros a derecha e izquierda y dejando el suelo sembrado de cadáveres? Es inconcebible semejante crimen en una ciudad civilizada. ¡Ah, pero tratándose de almas eso no tiene importancia ninguna! ¿Qué importa que esa mujer ande elegantísimamente desnuda por la calle y que a su paso vaya con su escándalo asesinando almas, a derecha e izquierda? ¡Eso no tiene importancia ninguna: es la moda, es “vestir al día”, es el calor sofocante del verano, es que “todas van así, no he de ser yo una rara anticuada!”, etc. Pero resulta que Dios ve las cosas de otro modo, y a la hora de la muerte esa mujer escandalosa contemplará horrorizada los pecados ajenos en la película de su propia vida. ¡Cuánto se va a divertir entonces viéndose tan elegante en la pantalla!
Y el muchacho que le dice a su amigo: “Oye vente conmigo; vamos a bailar, vamos a ver a fulanita, vamos a divertirnos, vamos a aprovechar la juventud”, y le da un empujón a su amigo, y este monigote, para no ser menos, para no “hacer el ridículo”, como dicen en el mundo, acepta el mal consejo y se va con él y peca. ¡Ah!, en la pantalla de la vida del primero saldrá el pecado del segundo, porque el responsable principal de un crimen es siempre el inductor. Y aquella vecina que le decía a la otra: “Tonta, ¿no tienes ya cuatro hijos? ¿Y ahora vas a tener otro? Deshazlo, y se acabó. Quédate tranquila, un hijo menos no tiene importancia alguna”. Pero ante Dios, ese mal consejo fue un gravísimo pecado, que dio ocasión a un asesinato cobarde: el aborto voluntario. Y ese crimen ha quedado recogido en las dos películas: en la de la aconsejante y en la que aceptó el mal consejo y cometió el asesinato.
¡Ah! ¡La de cosas que se verán y se oirán en la película de la propia vida, señores! ¡Cuántos pecados ajenos que resulta que son propios, porque con nuestros escándalos y malos consejos habíamos provocado su comisión por los demás!
Y no olvidemos, señores, que hemos de comparecer ante Aquel que, por causa de nuestros pecados, murió crucificado en el Calvario.
Hay en la Sagrada Escritura una página preciosa, de un dramatismo sobrecogedor. Es el relato del encuentro de los hijos de Jacob con su hermano José, constituido virrey y superintendente general de todo Egipto. Aquel José a quien, por envidia, habían vendido a aquellos mercaderes madianitas. Como sabéis por la Historia Sagrada, los mercaderes se lo llevaron a Egipto y pasaron sobre él todas aquellas vicisitudes tan emocionantes, hasta que llegó a ser el virrey de Egipto, el privado del Faraón, el dueño de las vidas y haciendas de todos los ciudadanos. Y cuando llegan aquellos años de carestía y de hambre anunciados por José al interpretar los sueños del faraón, y los hermanos de José, por orden de su padre Jacob, llegan a Egipto a comprar trigo, porque en Israel se morían de hambre, y en Egipto había trigo en abundancia, José les reconoció al punto. Y cuando después de aquellos incidentes preliminares dramáticos, que es preciso leer directamente en el Sagrado Texto, se decide José a darse a conocer a sus hermanos, y les dice, por fin, rompiendo en un sollozo: “Yo soy José, vuestro hermano, a quien vendisteis. ¿Vive aún mi padre Jacob?” Dice la Sagrada Escritura que sus hermanos “no pudieron contestarle, pues se llenaron de terror ante él” (Gén, 45, 3). No pudieron responderle, porque cuando vieron que estaban delante de José, a quien habían vendido criminalmente y que ahora era el amo de Egipto y podía ordenar que les matasen a todos, fue tal el terror que se apoderó de ellos, que la voz se les anudó en la garganta y no acertaron a pronunciar una sola palabra.
¡Ah, señores! Cuando estas gentes que ahora, colocándose al margen de toda moral, de toda preocupación religiosa, ríen a carcajadas por los caminos del mundo, del demonio y de la carne, burlándose de los Mandamientos de la Ley de Dios y vendiendo a Cristo, como los hijos de Jacob vendieron a su hermano José; cuando en el momento en que su alma se separe del cuerpo comparezcan intelectualmente delante de ese mismo Cristo, a quien traicionaron y vendieron como precio de sus desórdenes, y cuando oigan que les dice: “Yo soy Cristo, vuestro hermano mayor, a quien vosotros crucificasteis”. ¡Ah, señores!, el terror más horrendo se apoderará de ellos, pero entonces será ya demasiado tarde. Un momento antes, mientras vivían en este mundo, estaban a tiempo todavía de caer de rodillas ante Cristo crucificado y pedirle perdón. Pero si llega a producirse la muerte real, si el alma se separa del cuerpo sin haberse reconciliado con Dios, eso ya no tiene remedio para toda la eternidad.
La sentencia del juicio, señores, será irrevocable, definitiva. Por dos razones clarísimas:
La primera, porque la habrá dictado el Tribunal Supremo de Dios. No hay apelación posible. En este mundo, cuando un tribunal inferior da una sentencia injusta, el que se cree perjudicado puede recurrir al tribunal superior. ¡Ah!, pero si la sentencia la da el Tribunal Supremo, se acabó, ya no se puede recurrir a nadie más. Este es el caso de la sentencia de Dios en el juicio particular.
La segunda razón es también clarísima. Sólo cabe el recurso contra una sentencia injusta. Ahora bien: en el juicio particular, el alma verá y reconocerá rendidamente que la sentencia que acaba de recibir de Dios es justísima, es exactamente la que merece. No cabe reclamación alguna.
Y esa sentencia justísima e inapelable será de ejecución inmediata. Es de fe, lo ha definido expresamente la Iglesia Católica. El Pontífice Benedicto XII definió en 1336 que inmediatamente después de la muerte entran las almas en el cielo, en el purgatorio o en el infierno, según el estado en que hayan salido de este mundo. En el acto, sin esperar un solo instante.
Y no es menester que nadie le enseñe el camino; ella misma se dirige, sin vacilar, hacia él. Santo Tomás de Aquino explica hermosamente que así como la gravedad o la ligereza de los cuerpos les lleva y empuja al lugar que les corresponde (v. gr., el globo, que pesa menos que el aire que desaloja, sube espontáneamente a las alturas; un cuerpo pesado se desploma con fuerza hacia el suelo); de modo semejante, el mérito o los deméritos de las almas actúan de fuerza impelente hacia el lugar del premio o del castigo que merecen, y el grado de esos méritos, o la gravedad de sus pecados, determinan un mayor ascenso o un hundimiento más profundo en el lugar correspondiente.
Vale la pena, señores, pensar seriamente estas cosas. Vale la pena pensarlas ahora que estamos a tiempo de arreglar nuestras cuentas con Dios.
En nuestro Museo del Prado, de Madrid, hay un cuadro maravilloso del pintor vallisoletano Antonio de Pereda que representa a San Jerónimo haciendo penitencia en el desierto. Está desnudo de cintura para arriba. En su mano izquierda sostiene una tosca cruz, que se apoya sobre el libro abierto de las Sagradas Escrituras. Y, apoyándose con su brazo derecho sobre una roca, escucha el Santo con gran atención el sonido de una misteriosa trompeta enfocada a sus oídos. Es la trompeta de Dios, que, al fin del mundo, convocará a los muertos para el juicio final. San Jerónimo se estremecía al pensar en aquella hora tremenda, y como resultado de su meditación, se entregaba a una penitencia durísima, a un ascetismo casi feroz.
A nosotros no se nos pide tanto. No se nos exige que nos golpeemos el pecho desnudo con una piedra, como hacía San Jerónimo. Basta simplemente con que dejemos de pecar y tratemos en serio de hacernos amigos de Cristo, que será nuestro juez a la hora de nuestra muerte. Santa Teresa del Niño Jesús, que amaba a Cristo más que a sí misma, exclamaba llena de gozo: “¡Qué alegría, pensar que seré juzgada por Aquel a quien amo tanto!” Nadie nos impide a nosotros comenzar a saborear desde ahora tamaña dicha y felicidad.
En cambio, señores, el que está pisoteando la sangre de Cristo, el que prescinde ahora entre risas y burlas de los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, sepa que tendrá también que ser juzgado por Cristo. Y entonces caerá en la cuenta, demasiado tarde, de que su tremenda equivocación no tiene ya remedio para toda la eternidad.
Señores: Estamos a tiempo todavía. Abandonemos definitivamente el pecado. Procuremos entablar amistad íntima con nuestro Señor Jesucristo, para que cuando comparezcamos delante de Él, de rodillas, con reverencia, ciertamente, pero al mismo tiempo con inmenso amor y confianza, podamos decirle: “¡Señor mío y Amigo mío, tened piedad de mí!”.
Estaba muriéndose Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, en el monasterio benedictino de Fosanova, en donde, sintiéndose gravemente enfermo, hubo de hospedarse cuando se encaminaba al Concilio II de Lyon. Pidió el Santo Viático, y cuando Jesucristo sacramentado entró en su habitación, no pudieron contener al enfermo los monjes que le rodeaban. Se puso de rodillas y exclamó, con lágrimas en los ojos: “Señor mío y Dios mío, por quien trabajé, por quien estudié, por quien me fatigué, de quien escribí, a quien prediqué: venid a mi pobre corazón, que os desea ardientemente como el ciervo desea la fuente de las aguas. Y dentro de unos momentos, cuando mi alma comparezca delante de Vos, como divino Juez de vivos y muertos, recordad que sois el Buen Pastor y acoged a esta pobre ovejita en el redil de vuestra gloria”.
Señores: Nosotros no podremos ofrecerle al Señor, a la hora de la muerte, una vida inmaculada, enteramente consagrada a su divino servicio, como se la ofreció Santo Tomás de Aquino, pero pidámosle la gracia de poderle decir con profundo arrepentimiento: “Señor: El mundo, el demonio y la carne, con su zarpazo mortífero, me apartaron muchas veces de Ti. ¡Ah, si ahora pudiera desandar toda mi vida y rectificar todos los malos pasos que di, qué de corazón lo haría, Señor! Pero siéndome esto del todo imposible, mírame con el corazón destrozado de arrepentimiento. Ten piedad de mí”.
Y nuestro Señor Jesucristo –no lo dudemos, señores–, en un alarde de bondad, de amor y de misericordia, nos abrazará contra su Corazón y nos otorgará plenamente su perdón.
Para asegurarlo más y más llamemos desde ahora en nuestro auxilio a la Reina de cielos y tierra, a la Santísima Virgen María, nuestra dulcísima Madre. Invoquémosla todos los días de nuestra vida con el rezo en familia del Santo Rosario, esta plegaria bellísima, en la que le pedimos cincuenta veces que nos asista a la hora de nuestra muerte. Que venga, en efecto, a recoger nuestro último suspiro y que Ella misma nos presente delante del Juez, de su divino Hijo, para obtener de sus labios divinos la sentencia suprema de nuestra felicidad eterna. Así sea.