3/10/11

Esto sucedió en Nagasaki

Santos Lorenzo Ruiz,
Domingo Ibáñez de Erquicia
y 14 compañeros mártires dominicos de Japón


Nagasaki, 1633-1637

El 18 de febrero de 1981, Juan Pablo II beatificaba en Manila a Lorenzo Ruiz, padre de familia filipino muy vinculado a los dominicos, a catorce compañeros mártires dominicos, encabezadas por Domingo Ibáñez de Erquicia. Y el 18 de octubre de 1987 canonizaba al primer santo mártir filipino: el Beato Lorenzo Ruiz, con sus compañeros de martirio y de beatificación. Por ser el protomártir filipino es Lorenzo el que encabeza el grupo de los 16 mártires de la familia dominicana que dieron su vida por el Evangelio en Nagasaki, entre 1633 y 1637.
El panorama que al padre Domingo Ibáñez de Erquicia y demás misioneros dominicos se les presentaba cuando llegaron a Japón entre 1620 y 1637 no podía ser más aterrador. Desde el punto de vista puramente humano, su llegada a este país significaba ir a una muerte segura precedida de horribles tormentos; agua ingurgitada y arrojada por presión en el vientre, incrustación de agujas o cañas afiladas entre las uñas de los dedos, hoguera a fuego lento, etc. Los métodos de tortura para hacer apostatar habían ido recrudeciéndose con respecto a otras formas empleadas en períodos anteriores. A pesar de todo, los misioneros seguían llegando y la mayor parte de los cristianos japoneses se mantenían firmes en la fe. El grupo de mártires que encabezaban San Lorenzo Ruiz y Santo Domingo Ibáñez de Erquicia pertenece a esta época, en que la persecución anticristiana alcanza su clímax para terminar, en 1639, con el cierre hermético del país a toda relación con Portugal y España.
Es la época en que empuña las riendas del gobierno militar el shogun Tokugawa Iemitsu (1623-1651), que había heredado de sus antecesores el odio hacia el cristianismo. La presencia de los dominicos en Japón había comenzado en 1602 y, hasta el presente, ya habían muerto por la fe casi todos los que por entonces entraron en este país. El primer grupo –Beatos Alfonso Navarrete y 19 compañeros– , y segundo grupo integrado por setenta y dos terciarios, catequistas, cofrades y bienhechores de los dominicos fueron santificados en su mayoría durante los shogunados del fundador de la dinastía, Tokugawa Ieyasu, y de su hijo Hidetada. Ahora les llegaba la hora del testimonio martirial a los que entraron y predicaron el mensaje cristiano en tiempos de Iemitsu. Es el grupo cuya Memoria litúrgica se celebra en este día.
Es un grupo variado en etnias, en estados de vida, en situaciones sociales. Hay en él hombres y mujeres, sacerdotes y laicos. Sin embargo, a la hora de confesar el nombre de Cristo todos compartieron la fortaleza en el tormento, la esperanza en la resurrección con Cristo, la grandeza de corazón para perdonar a los perseguidores. Ofrecieron su vida durante el mandato despótico e intransigente de un shogun que, decidido a destruir todo vestigio cristiano en Japón, dijo en sus últimos años estas palabras: «Mientras el sol caliente la tierra, no se permitirá la entrada de ningún cristiano en Japón; y sepan todos que, aunque sea el rey de España y aun el verdadero Dios de los cristianos o el mismo Buda, los que se atrevieren a contravenir esta orden lo pagarán con la cabeza».
Los hechos confirmaron su propósito. Durante los 28 años de su shogunado fueron sacrificados la mayor parte de los cuatro mil mártires de aquella época de la historia japonesa. Para colmo, en 1639, cerró Japón a todo influjo comercial, cultural y religioso procedente de Portugal y España. Con esto quedó oficialmente cerrada toda labor evangelizadora en territorio japonés, donde religiosos jesuitas, franciscanos, agustinos y dominicos, y numerosos laicos japoneses habían trabajado heroicamente en la difusión del mensaje cristiano.
Sin embargo, el proyectado exterminio del cristianismo no fue total, Quedó un núcleo de cristianos japoneses escondidos en las islas del Sur, que mantuvieron su fe a lo largo de varios siglos hasta la apertura de Japón a Occidente, a finales del siglo XIX. Entonces los descendientes de aquellos mártires emergieron como pequeña comunidad cristiana después de transmitir de padres a hijos su fe en Cristo, su devoción a la Virgen María y su fidelidad al papa. Así renació de las cenizas de las persecuciones la Iglesia de Japón, hoy continuadora de la evangelización que llevaron a cabo aquellos misioneros.
  • San Lorenzo Ruiz de Manila

Hijo de padre chino y madre filipina, nació en Binondo, Manila, en 1600. Sirvió desde muy joven en el convento e iglesia de los dominicos Binondo, donde recibió formación cristiana. Llegó a ser escribano y llevó una vida de piedad y dedicación a hacer obras de caridad. Contrajo matrimonio y tuvo tres hijos. Hacia 1636 fue acusado de complicidad en un homicidio y, perseguido por la justicia, buscó refugió en los dominicos. Gracias a la intervención del padre Antonio González pudo salir de la embarazosa situación.
Justamente por entonces el padre Antonio González preparaba la expedición a Japón, y Lorenzo, con intención de saltar a tierra en Macao, se adhirió al grupo de pasajeros. Pero, debido a los vientos, el barco se desvió a Okinawa, donde fueron todos arrestados y encarcelados. Fue durante el año que permanecieron recluidos en la prisión de Okinawa cuando se robusteció la fe de Lorenzo hasta el punto de decidirse a confesar ante los perseguidores sus convicciones cristianas.
La prueba tuvo lugar al verse ante el tribunal de Nagasaki. Aunque vacilante al principio, luego recuperó el coraje de declararse cristiano y «dispuesto a dar mil veces la vida por Dios». Confiado en la intercesión del padre Antonio, sacrificado antes que él, se atrevió incluso a retar a los jueces: «Ahora ya podéis hacer de mí lo que bien os parezca». Durante el paseo por la ciudad, fue rezando oraciones y jaculatorias y, ya en la colina de Nishizaka, sufrió la tortura del agua ingurgitada que soportó con heroica entereza y paciencia. Murió el 29 de septiembre de 1637 y sus cenizas fueron arrojadas al mar. Es el primer santo mártir de la Iglesia filipina.
  • Santo Domingo Ibáñez de Erquicia

Nacido en Régil (Gipúzcoa) en 1589, ingresó en la orden dominicana en el convento de San Telmo de San Sebastián. Siendo todavía estudiante de teología se alistó para predicar el Evangelio en el lejano Oriente y en 1611 se encontraba ya en Filipinas. Un año después recibió la ordenación sacerdotal en Manila y le fue encomendado el ministerio en Pangasinán, luego en Binondoc y posteriormente en Manila, como profesor del colegio de Santo Tomás.
Por el año 1622 sólo quedaban en Japón dos misioneros dominicos y los superiores decidieron enviar a aquel país a cuatro religiosos. El padre Domingo Ibáñez de Erquicia fue uno de ellos y en octubre de 1623 desembarcó en Nagasaki, con tan mala fortuna que, apenas puesto el pie en tierra nipona, salió un decreto shogunal que prohibía a los españoles permanecer en el país y cortaba radicalmente las relaciones con Filipinas. En efecto, el padre Domingo con sus compañeros zarparon, pero, tras navegar unas ocho leguas, una pequeña embarcación, preparada por el padre Domingo Gastellet, salió a su encuentro y los devolvió a la costa japonesa. Comenzaron entonces una vida de clandestinidad.
Superior de la misión dominicana durante diez años, el padre Ibáñez realizó heroicos esfuerzos para confortar a los cristianos, reconciliar a los apóstatas y administrar los sacramentos en medio de huidas, caminatas nocturnas, escondites en cuevas y en montones de paja. Y, al fin, muy buscado por las autoridades, fue recluido en la cárcel de Nagayo, en Ómura. [Fue torturado] y entregó su alma al Señor el 14 de agosto de 1633. Su cadáver fue reducido a cenizas para que los cristianos no veneraran sus restos.

Publicado en DOMINICOS

1/10/11

Cómo agradar al Sagrado Corazón de Jesús




Al Divino Esposo no le agradan sólo las grandes obras de las personas
devotas, sino también las más pequeñas y bajas; y, para servirle como le
place, hay que cuidarse mucho de servirle bien en las cosas grandes y en las
pequeñas y despreciables ya que podemos de igual modo tanto con unas como
con otras, robarle el corazón por amor.

Prepárate, pues Filotea, a padecer muchas y grandes aflicciones por el
Señor e incluso el martirio; disponte a darle todo lo de más precio y más
querido que tengas si tuviera a bien tomarlo.
Pero mientras la Divina Providencia no te envía aflicciones tan sensibles y
grandes y no te pide tus ojos, dale al menos tus cabellos: es decir, soporta con
dulzura esas pequeñas ofensas, estas pequeñas incomodidades, estas
pérdidas de poca importancia que te ocurren a diario, pues mediante estas
pequeñas ocasiones, aprovechadas con amor y dilección, ganarás
enteramente su corazón y lo harás todo tuyo.

Estas pequeñas caridades diarias, este dolor de cabeza, este dolor de
muelas, esta indisposición, esta manía del marido o de la mujer, esta rotura
de un vaso, este desprecio o este gesto, esta pérdida de guantes, de una
sortija, de un pañuelo, esta pequeña incomodidad que uno se impone de ir a
acostarse temprano y levantarse pronto para orar, en suma, todos esos
pequeños sufrimientos recibidos y abrazados con amor contentan
sobremanera la Bondad Divina.
San Francisco de Sales: "Introducción a la Vida Devota"

27/9/11

JESÚS ESTÁ EN TODAS LAS COSAS



   Per ipsum in ipso (Col. 1, 16)

    
Jesús está todo en todas las cosas (Col. 1, 16). Él es el Principio y el Fin; es el Alfa y la Omega. Era ayer, es hoy, y será por todos los siglos.

Es la Imagen del Padre, la figura de su Substancia, el Verbo de Dios. Es el lazo entre el Padre y el Espíritu Santo.

Jesús une y unifica en Sí mismo al mundo divino y al mundo creado. Eleva, santifica y transforma en su Persona a los mundos de la naturaleza y de la gracia, y los transporta con Él en el mundo increado de la gloria.

Jesús es el centro del mundo creado. Todo ha sido hecho por Él, todo subsiste, se desarrolla y se perfecciona por Él. Todo representa, figura y reproduce su vida, pasión, virtudes y perfecciones.

Jesús es el Primogénito de toda criatura. En el pensamiento del Padre celestial continúa la existencia del mundo para darle nuevas almas que transformar a su Imagen.

Jesús es el centro de la Historia. Escribe por medio de sus profetas la historia del Antiguo testamento, la sucesión de los imperios, las revoluciones y las guerras.

Aparecido en la tierra, indica por Sí mismo, con algunas palabras pronunciadas como al azar durante una conversación, el relato de los principales acontecimientos de la historia venidera.

Jesús es el centro de las preocupaciones del mundo. Como existía ayer, existe hoy y existirá siempre. Y cuando más la actual sociedad, indiferente u hostil, quiera alejar el problema religioso y prescindir de la Iglesia y de Cristo, tanto más se vuelven los ojos al Papa y crece y se consolida el poder y el prestigio del representante de Cristo.

Jesús es el foco de toda verdadera civilización. Donde Él reina reinan con Él la ciencia, el arte y la caridad. Por donde Él pasa son menos espesas las tinieblas, las costumbres menos feroces, y los hombres menos bárbaros. Donde Él aún no ha aparecido, dominan el paganismo, la idolatría y las tinieblas.

Cuando su estrella apareció a los Magos de Oriente, todos los pueblos paganos se hallaban sentados en las sombras de la muerte. El error reinaba como dueño; el padre de la mentira dominaba doquiera. Las fábulas más ineptas eran aceptadas como verdades indiscutibles y formaban el fundamento de la sociedad civil y familiar. Los vicios más monstruosos eran considerados como virtudes y tenían templo y divinidad. La esclavitud, la tiranía, la crueldad eran base de todas las instituciones. Doquiera reinaban las tinieblas, el vicio, la degradación de la mujer, la opresión del niño, la explotación del pobre.

¡Tiempo era que Jesús viniese a disipar estas tinieblas y a arrojar al príncipe de la mentira! Anunció su Evangelio en un apartado rincón del mundo; no eran sus oyentes más que gentes sencillas y sin cultura, sus discípulos eran pescadores; su doctrina fue rechazada por cuantos doctos e influyentes había en su patria y Él mismo, finalmente, fue clavado por sus enemigos en la cruz de la ignominia.

Mas no bien levantado en la cruz, atrajo hacia Sí todas las miradas; su doctrina se esparció por el mundo como reguero de luz, las tinieblas del paganismo se disiparon y los espíritus más distinguidos por su saber vinieron a inclinar su frente ante el Maestro de la verdad.

Pronto se depuraron las costumbres, los desiertos se poblaron de monjes y de vírgenes, debilitóse la esclavitud, endulzóse la tiranía de los señores, la crueldad dejó paso a la caridad cristiana, y la opresión de los débiles y pequeños se transformó en respeto, en protección y en amor.

La verdad de Cristo, por su solo brillo, transformó la sociedad, la familia y el individuo, y la civilización sustituyó a la barbarie.

(Fragmento de "EL AMIGO DIVINO", de Jos. Schrijvers)





23/9/11

PETICIÓN



Dame, Jesús mío, un corazón
humilde para adorarte,
sediento de conocerte,
sincero para hablarte,
confiado para pedirte,
dócil para escucharte,
blando para sentirte,
pronto para responderte,
generoso para darte,
inquieto para buscarte,
paciente para esperarte,
seguro de encontrarte,
temeroso de perderte,
resuelto para seguirte,
fiel para acompañarte,
dulce para imitarte,
casto para enamorarte,
de ángel para recibirte,
penitente para repararte,
tierno para compadecerte,
de niño para acariciarte,
alegre para vivirte,
ardiente para amarte,
y amándote, ¡oh Dios mío!,
en todo glorificarte,
y en el cielo por siempre disfrutarte.
Amén.

       (Santa Teresa de Ávila) 

20/9/11

EN ESTA TARDE, CRISTO DEL CALVARIO

(Gabriela Mistral)


En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

19/9/11

LA SANTIDAD: AMAR A JESÚS



La santidad a la que puedes subir, si quieres, es una cosa sublime y un encantador ideal.

Tu perfección se halla en el encuentro de dos corazones, el Corazón de Jesús y el tuyo, en un acto de amor que abarque toda la vida: es una comunión inefable de Dios con el alma y del alma con Dios; es un indecible abrazo de dos espíritus, Dios y el alma.

Ser perfectos es amar a Jesús y dejarse transformar en Él y por Él; es vivir aquí abajo con el mismo amor con el que Dios vive en el Cielo; es reproducir en un alma, unida a un cuerpo de carne, la vida que viven las tres Divinas Personas en el seno de la adorable Trinidad.

Esta vida divina la reproduces  siempre que haces un acto de amor o cumples con cualquier obligación para agradar a Dios.

Y cuanto más vivo es tu amor, cuanto más profundo y puro, tanto más penetras en la Santísima Trinidad y tanto más se imprime en tí la vida de Jesús.

¡Qué felicidad poder ya ejercitarte aquí abajo en la vida que habrás de vivir por los siglos de los siglos!

Por otra parte, aún cuando no lo quisieras, no te sería dable aquí abajo hacer otra cosa que amar. La santidad es un ideal obligatorio.

Ya has oído la voz del Divino Maestro: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mat.5, 48); Amarás al Señor, Dios tuyo, con todo tu corazón (Mat. 22, 37); El que no está conmigo, está contra Mí (Mat. 12, 30).

Has oído que el Apóstol te recuerda la orden del Maestro. Te eligió desde antes de la creación del mundo para que fueses santo e inmaculado en su presencia por medio de la caridad.

Aún más, cerrarías los oídos de tu cuerpo a las palabras de Jesús y no podrías, con todo, ahogar la voz de tu corazón. El Salvador ha muerto para cautivar tu amor.

¡Oh!, y ¡cuánto debe atormentar al Corazón de Dios el ansia de afecto cuando tanta importancia da a una aspiración de amor de una sola de sus criaturas, aún de la última y más ignorada de la tierra!

¿Qué será, pues, el amor de que es capaz el hombre, ya que un ser infinitamente grande se humilla a desearlo y consiente que perezcan mil mundos antes que abandonar a un pobre mortal que extiende hacia él sus brazos suplicantes?

¡Cuántos secretos encierra el mundo divino!

El Cielo y el infierno tienen puestos en mí sus ojos y espían todos los movimientos de mi corazón, para ver si late por Jesús o por su enemigo, Satanás.

Si no ofrezco mis acciones a Jesús, piérdense para siempre, y los ángeles y los santos se entristecen al ver que el Maestro se ve privado de esa gloria eterna y que una criatura se aparta de Él.

Si, por el contrario, le ofreciere mis acciones, le proporciono con ello íntima alegría, suscito en Él un sentimiento de divina arrogancia, y veo cómo se inclina hacia mí en gesto de agradecimiento.

¿Quieres, alma cristiana, empezar a vivir esta vida de amor?  Sigue a Jesús en la soledad de tu corazón, y ruégale humildemente que te tome por la mano y te conduzca hacia la vida ideal.

En todas partes se encuentra el camino que lleva hacia la vida sublime. Veía el profeta que afluían a la celestial Jerusalén muchedumbres numerosas, venidas del Oriente y del Occidente, hombres de toda condición y de toda edad, de toda nación y de toda lengua.

Para andar por el camino de la perfección basta con amar a Jesús, y, si quieres, lo puedes amar. Si quieres amarle mucho, mucho le amarás, y si quieres amarle como los santos, hasta el olvido de tí mismo, les podrás igualar en perfección.

Aspira, pues, a la santidad, que es un ideal realizable, sublime y obligatorio.

(Fragmento de "EL AMIGO DIVINO", de Jos. Schrijvers)

14/9/11

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

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Reliquias de la Santa Cruz y la Pasión. Reliquias de Jesús mostradas en la Basilica di Santa Croce in Gerusalemme, Roma, Italia. Colgando verticalmente a la izquierda: un fragmento grande del la cruz del Buen Ladrón. En el estante superior, a la izquierda: hueso de un dedo índice, se dice que fue el dedo de Santo Tomás que penetró en las heridas de Cristo resucitado. Estante superior, centro: relicario que contiene pequeñas piezas del Pilar de la Flagelación, en el cual Cristo fue atado para ser azotado; del Santo Sepulcro; y de la cuna de Jesús. Estante superior, derecha: dos espinas de la Corona de Espinas. Se dice que la planta con la cual se elaboró no ha podido ser identificada. Estante central, un relicario en forma de cruz: tres fragmentos de la Verdadera Cruz. Estante inferior, izquierda: un clavo utilizado en la Crucifixión. Estante inferior, derecha: El letrero utilizado en la Cruz, descubierto en la iglesia en 1492. El fragmento muestra la palabra "Nazareno" escrito en hebreo, latín y griego. Fuente: art-histor-images.com. Traducción: Alejandro Villarreal -sept. 2011- Photo © 2006 Holly Hayes/Art History Images. All rights reserved.

8/9/11

LA NATIVIDAD DE LA SANTISIMA VIRGEN
                           8  de  Septiembre
                                         
8

Himno

Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo sol nace de ella.

De Ana y de Joaquín, oriente
de aquella estrella divina,
sale luz clara y digna
de ser pura eternamente;
el alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella
y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

DIOS DEBE SER AMADO POR SÍ MISMO

SAN BERNARDO DE CLARAVAL




         Diría que hay dos razones por las que Dios debe ser amado por sí mismo. Una, porque no hay nada más justo; otra, porque nada se puede amar con más provecho. Preguntarse por qué debe ser amado Dios plantea dos cuestiones, pues podemos dudar radicalmente de dos cosas fundamentales: qué razones presenta Dios para que le amemos y qué ganamos nosotros con amarle. A estos dos planteamientos no encuentro otra respuesta más digna que la siguiente: la razón para amar a Dios es él mismo.

         Fijémonos, primeramente, en las razones para amarle.

DIOS DEBE SER AMADO POR SÍ MISMO

         Mucho merece de nosotros quien se nos dio sin que le mereciéramos. ¿Nos pudo dar algo mejor que a sí mismo? Por eso, cuando nos preguntamos qué razones nos presenta Dios para que le amemos, ésta es la principal: Porque él nos amó primero. Bien merece que le devolvamos el amor, si pensamos quién, a quiénes y cuánto ama. ¿Pues quién es él? Aquel a quien todo ser dice: Tú eres mi Dios y ninguna necesidad tienes de mis bienes.
¡Qué amor tan perfecto el de su Majestad, que no busca sus propios intereses! ¿Y en quién se vuelca este amor tan puro? Cuando éramos enemigos nos reconcilió con Dios. Luego quien ama gratuitamente es Dios, y además, a sus enemigos. ¿Cuánto? Nos lo dice Juan: Tanto amó Dios al mundo, que nos dio a su Hijo único. Y Pablo: No perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros. Y lo afirma él mismo: Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Por eso mereció el Justo que le amen los impíos y el Omnipotente que le amen los más débiles. Podría objetarse: “se comportó así con los hombre, mas no con los ángeles”. Es cierto; pero porque no fue necesario. Por lo demás, el mismo que socorrió a los hombres en tan apretada situación libró a los ángeles de ella. Y el que, por amor a los hombres, los salvó del estado en que se hallaban, por ese mismo amor libró a los ángeles de caer en él.


            II. 2. Los que tienen claro esto, comprenderán con la misma claridad por qué debe amarse a Dios, esto es, por qué se merece nuestro amor. Si los incrédulos se empeñan en serlo, es justo que Dios los confunda por ingratos a los dones son que abruma al hombre para bien suyo y los tiene tan a su alcance.

         ¿De quién, sino de Él, recibimos el alimento que comemos, la luz que contemplamos y el aire que respiramos? Sería de necios pretender hacer una lista completa de lo que es incontable, como acabo de decir. Baste con haber citado los más imprescindibles: el pan, la luz y el aire. Los más imprescindibles, no porque sean los más trascendentes, sino los más necesarios al cuerpo.

         El hombre maneja una escala de valores más decisiva para ese plano superior de su ser, que es su alma: su dignidad, su ciencia, su virtud. Su dignidad radica en su libre albedrío, distintivo por el que se destaca sobre las demás criaturas y domina a los simples animales. Su inteligencia le permite, a su vez, reconocer su dignidad, no como algo propio, sino como don recibido. Finalmente, la virtud le impulsa a buscar con afán a su Creador y adherirse estrechamente a Él cuando lo ha encontrado.


         3. Cada uno de estos tres valores contiene una doble realidad. La dignidad se manifiesta en sí misma y en la capacidad de dominar y atemorizar a todos los animales de la tierra. La inteligencia humana asimismo en aceptar esta dignidad y cualquier otra como algo que radica en nosotros, pero que no nace de nosotros. La virtud, por su parte, se abre en dos direcciones: la búsqueda del Creador y la adhesión apasionada a Él una vez hallado. En consecuencia, la dignidad sin la inteligencia no sirve para nada; la inteligencia sin la virtud es más bien un obstáculo. Ambas cosas quedan al descubierto cuando ponemos la razón a nuestro servicio. ¿Qué gloria puede aportarte poseer algo sin saber que lo posees? Saber que posees una cosa, ignorando que no la tienes por ti mismo, implica por supuesto su gloria, pero no delante de Dios. Dirigiéndose a los que se glorían en sí mismo, dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si de hecho lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo como si nadie te lo hubiera dado? No pregunta solamente: ¿De qué te glorías?, sino que añade: Como si nadie te lo hubiera dado. Con lo cual aclara que es reprensible, no el que se gloría de lo que tiene, sino el que no reconoce que lo ha recibido de otro. Con razón se la llama a eso vanagloria, porque no se basa en el sólido cimiento de la verdad. La auténtica gloria es de otro signo: El que esté orgulloso, que esté orgulloso en el Señor, es decir, en la verdad. Y la verdad es el Señor.


         4. Debes recordar siempre dos cosas: qué eres y qué no eres por ti mismo. Así no serás nunca orgulloso; y si te enorgulleces, no lo harás por vanagloria. Dice la Escritura que si no te conoces a ti mismo, sigas tras las huellas de las ovejas, tus compañeras. Y de hecho es así. El hombre ha sido creado como la criatura más digna. Cuando no reconoce su propia dignidad, se asemeja por su ignorancia a los animales y se degrada hasta ser con ellos partícipe de su corrupción y de su mortalidad. El que no vive como noble criatura, dotada de inteligencia, se identifica con los brutos animales. Olvida la grandeza que lleva dentro de sí, para configurarse con las cosas sensibles de fuera y terminar por convertirse en una de ellas, por ignorar que todo lo ha recibido por encima de los demás seres.

            Evitemos, por tanto, esa doble ignorancia de la que podemos ser víctimas. Una nos incita a buscar nuestra gloria a niveles más bajos que los nuestros. Y por la otra pretendemos atribuirnos cosas que superan nuestra capacidad; podemos encontrarlas en nosotros, pero no debemos pensar que son exclusivamente nuestras. Y con mayor cautela todavía tienes que huir de esa presunción execrable, por consciente y deliberada, que te invita a buscar la gloria propia en bienes que no son tuyos; de los que estás plenamente cierto que no te corresponden y, sin embargo, tienes el valor de usurpar la gloria ajena. La primera ignorancia carece de gloria; la segunda sí que la tiene, pero no según Dios. Y la presunción, que es un vicio plenamente consciente, se apropia de la gloria del mismo Dios. Arrogancia mucho más grave y perniciosa que las anteriores; porque en ellas no se reconoce a Dios, pero en ésta se le desprecia. Es peor y más detestable, porque, además de rebajarnos a nivel de los brutos animales, nos equiparamos a los mismos demonios. Pecado enorme la soberbia: se apropia de la gloria de su bienhechor en los dones que recibe y los considera como connaturales a sí mismo.


         5. En consecuencia, a la dignidad y a la inteligencia debe acompañarle la virtud, que es su fruto. Por ellas se busca y se posee al que, como dueño y distribuidor de todo bien, merece ser glorificado en todo. El que sabe y no hace lo que debe, recibirá muchos palos. ¿Por qué? Pues porque no quiso conocer el bien y practicarlo, sino al contrario, acostado, planeó el crimen. Como siervo infiel, intenta apropiarse e incluso arrebatatarle la gloria de su Señor en aquellos bienes que sabe perfectamente que no son suyos. Son, por tanto, evidentes dos cosas: que la dignidad propia es inútil si no se reconoce, y que su conocimiento sólo servirá de castigo si no le acompaña la virtud. Es verdaderamente virtuoso aquel a quien ni su propio conocimiento le hace daño, ni su dignidad personal le adormece, y por eso confiesa sencillamente delante del Señor: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Como si dijera: Señor, no nos pertenece a nosotros mismos absolutamente nada; ni nuestro propio conocimiento, ni nuestra propia dignidad; todo lo atribuimos a ti, de quien todo procede.


         6. Pero con esta digresión hemos ido demasiado lejos. Queríamos explicar cómo aun los que desconocen a Cristo saben por ley natural que deben amar a Dios por sí mismos, a través de los dones naturales que poseen en su cuerpo y en su alma. Resumiendo lo que hasta aquí hemos dicho: ¿quién ignora, aunque carezca de fe, que hemos recibido de él todo lo necesario para nuestra vida corporal? El alimento, la respiración, la vista, todo procede del que sustenta a todo viviente, haciendo salir el sol sobre buenos y malos y enviando la lluvia a justos y pecadores.

         ¿Quién, por impío que sea, podrá siquiera concebir que la dignidad humana, tan refulgente en el alma, haya podido ser creada por otro ser distinto al que dice en el Génesis: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza? ¿Quién puede pensar que el hombre pudiera haber recibido la sabiduría de otro que no sea justamente el mismo que se la enseña?, de quién, sino del Señor de las virtudes, ha podido recibir el don de la virtud que le ha dado o está dispuesto a darle?

            Con razón, pues, merece Dios ser amado por sí mismo, incluso por el que no tiene fe. Desconoce a Cristo, pero se conoce a sí mismo. Por eso nadie, ni el mismo infiel, tiene excusa si no ama al Señor su Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda su fuerza. Clama en su interior una justicia innata y no desconocida por la razón. Ésta le impulsa interiormente a amar con todo su ser a quien reconoce como autor de todo cuanto ha recibido. Pero es difícil, por no decir imposible, que el hombre sólo por sus propias fuerzas o por su libre voluntad sea capaz de atribuir a Dios plenamente todo lo que de Él ha recibido. Más fácil es que se lo atribuya a sí mismo y lo retenga como suyo. Así lo confirma la Escritura: Todos sin excepción buscan sus intereses. Y también: Los deseos del corazón humano tienden al mal.


         III. 7. En cambio, los verdaderos creyentes saben por experiencia cuán vinculados están con Jesús, sobre todo con Jesús crucificado. Admiran y se abrazan a su amor, que supera todo conocimiento, y se siente contrariados si no le entregan lo poquísimo que son a cambio de tanto amor y condescendencia. Los que se creen más amados son los más inclinados a amar; y al que menos se le da, menos ama. El judío y el pagano no vibran tanto ante el estímulo del amor como la Iglesia, que exclama: Estoy herida de amor. Y en otro lugar: Dadme fuerzas con pasas y vigor con manzanas: ¡Desfallezco de amor!

         Ve al divino Salomón con la diadema con que le coronó su madre; al Único del Padre, cargado con la cruz; cubierto de llagas y salivazos al Señor de la majestad; al autor de la vida y de la gloria, traspasado con clavos, harto de oprobios y dando la vida por sus amigos. Al contemplar este cuadro, se le clava en lo más hondo de su alma el dardo del amor y exclama: Dadme fuerzas con pasas y vigor con manzanas: ¡Desfallezco de amor!

1/9/11

UN GRAN MILAGRO



Publicado en CORAZONES

LANCIANO, ITALIA - AÑO 700

Lanciano es una pequeña ciudad medieval, que se encuentra en la costa del Mar Adriático de Italia, en la carretera entre San Giovanni Rotondo y Loreto. Lanciano significa - "Lanza". Se trata de la antigua Anxanum, de los pueblos Fretanos. Aquí se conserva desde hace más de 12 siglos el primero y más grande de los milagros Eucarísticos.


Descripción del Milagro

La parte de la Hostia en el centro del círculo de carne, aunque era verdaderamente la Carne de Jesucristo, siguió teniendo los accidentes de pan sin levadura después del milagro, tal como ocurre en cada Consagración. Se mantuvo por muchos años, pero se desintegró porque la luneta que la contenía no había sido herméticamente cerrada.

La Carne y la Sangre actualmente visibles no solo son la Carne y la Sangre de Jesús como en toda Hostia consagrada, sino que mantiene hasta la actualidad los accidentes propios de carne y sangre humana. La Carne, desde 1713, se conserva en un artístico Ostensorio de plata, de la escuela napolitana, finamente cincelado.

La Sangre está contenida en una rica y antigua ampolla de cristal de Roca.La Hostia-Carne aún se conserva muy bien. El tamaño de la hostia es como las hostias que el sacerdote eleva en las misas hoy día. Es ligeramente parda y adquiere un tinte rosáceo si se ilumina por el lado posterior. La sangre coagulada tiene un color terroso que tiende al amarillo ocre.