18/11/11

EL DESCANSO DIVINO



Es muy vulgar - pero a la vez muy claro - comparar nuestra vida con un río que, saltando inquieto y murmurando sin cesar, se precipita en el océano y en él encuentra su descanso.
Si bien lo meditamos, nuestra vida es, en efecto, la actividad que en la tierra busca el descanso y que lo goza plenamente en la eternidad. Pero así como el río tiene en su larga carrera sus remansos en los que encuentra sosiego y deja de saltar y calla; así nuestra vida tiene sus plácidos remansos en los que el alma goza del silencio y de la paz. Pero en tanto que los remansos del río son un sosiego pasajero para sus ondas, los remansos del alma pueden ser permanentes y definitivos, aunque no tengan aún la majestad y la inmutabilidad del remanso eterno.
El océano al que se encamina la actividad de nuestra vida es Dios, el inmenso abismo de luz y de amor en el que ansía perderse el alma, Descansar para nuestro espíritu es unirse a Dios, perderse en Él. "Nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti" , dijo San Agustín, cuya vida fue hasta los treinta años una perpetua inquietud, como lo demuestra en su libro "Las confesiones" .
Descansar es poseer a Dios en la plenitud, en la seguridad, en el sosiego que es posible en la tierra. Es arrojarse en el océano infinito, es perderse totalmente en Él.
Pero Dios siendo la unidad perfecta y la simplicidad absoluta, contiene una riqueza insondable de perfecciones. "Dios es luz" , "Dios es caridad" , dijo el discípulo amado que descansó en el pecho de Jesús. Y Dios es pureza, fecundidad y paz. Por eso el descanso en Dios, siendo único, es prodigiosamente múltiple, tiene matices y formas variadísimas. Descansar en Dios, es descansar en la luz, en el amor, en la pureza, en la fecundidad y paz. La Iglesia pide para las almas que han salido de este mundo el descanso en la luz y en la paz: "Réquiem aeterna dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis. Requiescant in pace" . Nosotros velamos de ordinario la dulzura de esas palabras con el triste crespón de la muerte; pero son palabras de libertad y alegría; son fórmulas de bienaventuranza. Para gozar del divino descanso es preciso morir real o místicamente, porque siempre es la muerte la puerta única del descanso verdadero.
Para descansar en Jesucristo necesitamos el perfecto olvido de todo en el cual consiste la muerte mística. Así describe San Juan de la Cruz el perfecto descanso:
"Quedéme y olvidéme.El rostro recliné sobre el Amado, Cesó todo y dejéme,Dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado". 
Hay que dejarlo todo, dejarlo todo "entre las azucenas olvidado", porque el perfecto olvido se alcanza en la región de la pureza; es preciso que cese todo, que se cierna sobre el alma el majestuoso olvido de la muerte para que el alma recline el rostro sobre el Amado y logre el dul­císimo descanso.
¡Ah! No sólo en tal o cual etapa de la vida espiritual, sino en toda l a vida, debemos dejarlo todo y olvidarnos de todo para que podamos descansar en Jesús. Las criaturas nos inquietan y nosotros mismos turbamos nuestro propio descanso; para que haya un divino sosiego en el alma es preciso dejar las criaturas muy lejos, que el "yo" muera para que solamente quede Jesús y el alma y pueda está reclinar su rostro sobre el Amado, en tanto que Él conjura a todas las criaturas para que no despierten a la amada hasta que ella quiera. Ella no querrá jamás despertar del dul­císimo sueño.
Pero no debemos pensar que tal descanso en Dios es ociosidad o inercia; al contrario, no hay actividad comparable a la del alma cuando descansa en Jesús, como no hay actividad en la tierra comparable a la de los bienaventurados en el cielo; como la vida de Dios, que es el descanso inefable y eterno y es también la infinita actividad.
El cuerpo descansa cuando cesa su actividad; el alma descansa cuando su actividad se hace inmensa, porque ha encontrado el término de sus ansias y la sustancia de sus dichas.
Por tal razón el descansar en Dios es sentir que ha desaparecido lo creado, como desa­parecieron Moisés y Elías a los ojos de los apóstoles en la cumbre del Tabor; y no ver, como ellos, sino solo a Jesús. Cuando el alma ha llegado a la cumbre de la transformación ya no ve otra cosa sino a Jesús como la única luz de su espíritu, como el único amor de su corazón, como la ' única fecundidad de su vida, como la única razón de su existencia, como la felicidad única de todos sus anhelos, en fin el alma ha encontrado su descanso dulcísimo en Jesús. Entonces puede decir con Tomás de Kempis: "Alma mía descansa siempre en Dios, sobre todas y en todas las cosas, porque Él es el eterno descanso de los santos. Concédeme Tú, dulcísimo y amantísimo Jesús, descansar en Ti sobre todas las cosas criadas; sobre toda salud y hermosura; sobre toda gloria y honor; sobre toda potencia y dignidad; sobre toda ciencia y sutileza; sobre todas las riquezas y artes; sobre toda gloria y gozo; sobre toda fama y loor; sobre toda suavidad y consolación; sobre toda esperanza y promesa; sobre todo merecimiento y deseo, sobre toda dádiva y dones que puedes dar e infundir; sobre todo gozo y dulzura que el alma puede recibir y sentir; y, en fin, sobre todos los ángeles y arcángeles y sobre todo el ejercito del cielo; sobre todo lo visible e invisible; y sobre todo lo que Tú, Dios mío, no eres.
"Porque Tú, Señor Dios mío, eres bueno sobre todo; Tú solo potentísimo; Tú solo altísimo; Tú solo suficientísimo y plenísimo; Tú solo suavísimo y agradable; Tú solo hermosísimo y aman­tísimo; Tú solo nobilísimo y gloriosísimo sobre todas las cosas, en quien. están todos los bienes perfectamente juntos, estuvieron y estarán. Por eso es poco y no me satisface cualquier cosa que me das fuera de Ti, o revelas o prometes de Ti mismo, si no puedo verte ni poseerte cumplida-mente; porque no puede mi corazón descansar verdaderamente ni contenerse del todo, si no des-cansa en Ti, y no se eleva sobre todo lo creado",
San Pablo, hablando de lo mismo, resume todo lo anterior en ésta celebre frase; "Vosotros estáis muertos y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios" .
R.P. Arturo Vargas.
 
Fuente: STAT VERITAS

15/11/11

Llamar a Pío XII el "Papa de Hitler" es una mentira y un ultraje

Publicado en HUMANITAS 

Por el Cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado

Publicamos los principales pasajes de la intervención que pronunció el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de Benedicto XVI, en un congreso sobre Pío XII (Eugenio Pacelli) celebrado en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma el jueves 6 de noviembre de 2008.

El joven Pacelli, nacido en Roma el 2 de marzo de 1876 en el seno de una familia de la pequeña nobleza pontificia y ordenado sacerdote el 2 de abril de 1899, entró en el servicio de la Santa Sede en el año 1901, al final del pontificado de León XIII, comenzando una carrera eclesiástica brillante que lo llevaría al vértice de la diplomacia pontificia ya antes del estallido de la guerra. Elegido en 1904 por el cardenal Pietro Gasparri como secretario de la comisión para la redacción del Código de derecho canónico, entró el año sucesivo en la Congregación para los asuntos eclesiásticos extraordinarios, de la cual el Papa Pío x lo nombró subsecretario en 1911, secretario adjunto en 1912 y secretario en 1914, precisamente en vísperas del conflicto. En esas funciones de responsabilidad cada vez mayor, monseñor Pacelli se ocupó en particular de la rotura de las relaciones diplomáticas con Francia y después fue protagonista de dos difíciles misiones durante la catástrofe bélica, en repetidos pero inútiles intentos de mediación llevados a cabo por la Santa Sede, que desde hacía más de cuarenta años -como está bien documentado y estudiado- era cada vez más activa "en las fronteras de la paz".
En 1917 monseñor Pacelli fue nombrado nuncio pontificio en Munich por Benedicto XV, que el 13 de mayo de ese mismo año le confirió personalmente, en la capilla Sixtina, la consagración episcopal. En calidad de nuncio en Munich, como único representante pontificio en los territorios alemanes, se encontró con el Káiser, para sondear las intenciones reales de Alemania.
El encuentro con Guillermo II fue solemne, pero sin éxito, y fue descrito inmediatamente por el diplomático pontificio en un lúcido informe al secretario de Estado, que desde 1914 era el cardenal Gasparri: "Introducido en la presencia del Káiser (...), le expuse, de acuerdo con las instrucciones recibidas, las profundas preocupaciones del Santo Padre con respecto a la prolongación de la guerra, el crecimiento de los odios y el acumularse de ruinas materiales y morales que representan el suicidio de la Europa civil y hacen retroceder en muchos siglos el camino de la humanidad.(...) Su Majestad me escuchó con atención respetuosa y seria. Con todo, debo decir con plena franqueza que con su modo de fijar largamente la mirada en su interlocutor, con sus gestos y con su voz me dio la impresión (no sabría decir si es su naturaleza o si es consecuencia de estos tres largos y angustiosos años de guerra) de estar algo exaltado y no totalmente normal. Me respondió que Alemania no había provocado esta guerra, sino que se había visto obligada a defenderse contra las intenciones destructoras de Inglaterra, cuya potencia beligerante (al decir esto el emperador lanzó con energía un puño al aire) debía ser aplastada". Cinco años más tarde, una versión diversa y menos creíble de ese encuentro, realizada en sus memorias por el soberano ya destronado, fue desmentida por la Santa Sede.
La representación pontificia también afrontó la desastrosa situación del país con la que se definió "diplomacia de la ayuda", de la que fue protagonista Pacelli en el marco mucho más amplio de una actividad humanitaria desplegada por la Santa Sede desde 1915 en favor de los prisioneros de guerra. Testigo de la destrucción sucesiva al conflicto, el nuncio en Munich -al que desde 1920 se había confiado también la nunciatura en Berlín, mientras en el cónclave de 1922 había sido elegido Pío XI- vio con claridad los peligros de la nueva situación, provocados por el derrumbamiento del imperio de Guillermo, por las responsabilidades de las potencias vencedoras con respecto a Alemania, por las pruebas de revolución comunista, por los peligros de una posible alianza militar ruso-germana hostil a los países occidentales, por el crecimiento del nacionalismo alemán, aunque fuera de raíz protestante, también entre los católicos, y por la difusión del movimiento hitleriano. Por eso, monseñor Pacelli sostuvo la República de Weimar, la colaboración entre el Zentrum católico y los socialistas, la unidad estatal del país, y se esforzó por lograr acuerdos concordatarios, que estableció con Baviera en 1924 y con Prusia en 1929, e inició con Baden y con el Reich. En cambio, no tuvieron éxito las negociaciones del nuncio en Berlín con los emisarios soviéticos, encaminadas a asegurar condiciones de supervivencia a la Iglesia católica, que comenzaron en 1924 y duraron más de tres años.
El 16 de diciembre de 1929, Pío XI creó cardenal a su representante en Berlín, que Pacelli dejó recibiendo reconocimientos -incluso en la "prensa adversaria", como subraya un informe enviado al Vaticano por la nunciatura- de sus dotes y de sus méritos. Pocas semanas más tarde, el Papa Ratti nombró al nuevo purpurado su secretario de Estado, con un breve documento fechado el 7 de febrero de 1930, íntegramente redactado y escrito de su puño y letra, que está colocado en la exposición, muy interesante, organizada en el Brazo de Carlomagno de la plaza de San Pedro por el Comité pontificio de ciencias históricas para conmemorar al hombre Pacelli y su pontificado en el 50° aniversario de su muerte; una exposición que tuve el placer de inaugurar hace dos días.
Por su interés, vale la pena citar íntegramente el texto del Papa: "Señor cardenal, habiendo creído yo que debía acoger (lo cual he hecho hoy mismo, no sin gran tristeza) la petición del señor cardenal Pietro Gasparri de que aceptara su dimisión como mi secretario de Estado, coram Domino he decidido llamarlo y nombrarlo a usted, señor cardenal -como lo llamo y lo nombro con este quirógrafo- a la sucesión, ciertamente difícil y ardua, en ese alto y delicado cargo. A este nombramiento me mueven, y me dan plena y gran seguridad, ante todo su espíritu de piedad y de oración, que no puede menos de obtenerle la abundancia de la ayuda divina, así como las cualidades y las dotes con que Dios lo ha enriquecido y que usted ha demostrado saber usar tan bien en todas las misiones que se le han encomendado -especialmente en las dos nunciaturas de Baviera y de Alemania- para gloria del divino Dador y para servicio de su Iglesia. Lo bendigo cordialmente".
Así comenzó el último tramo, decisivo, del camino de Pacelli antes del brevísimo cónclave que, nueve años más tarde, el 2 de marzo de 1939, precisamente el día de su 63° cumpleaños, lo elegiría Papa, el primer romano y el primer secretario de Estado en serlo después de más de dos siglos.
El período durante el cual el cardenal fue el primer colaborador de Pío XI, profundizado por primera vez por un estudioso de valor como el padre Pierre Blet, al que deseo saludar, fue uno de los más difíciles y trágicos del siglo XX. El contexto internacional era dificilísimo, por la crisis económica mundial y por la creciente marea totalitaria que parecía sumergir a Europa, mientras -resuelta por fin la "cuestión romana" con la conciliación entre Italia y la Santa Sede- la Iglesia de Roma asumía de forma cada vez más visible la dimensión mundial inscrita en su vocación y que precisamente los pontificados de Pío XI y Pío XII habría desarrollado y subrayado fuertemente, preparando los años del concilio Vaticano II y los de sus sucesores en la segunda mitad del siglo.
En esta obra fue fundamental la acción del secretario de Estado Pacelli, con la ayuda de colaboradores muy cualificados. Entre estos destacó sobre todo el dúo constituido por las personalidades, muy diversas pero complementarias, de Domenico Tardini y Giovanni Battista Montini, en 1937 nombrados respectivamente secretario para los Asuntos eclesiásticos extraordinarios y sustituto de la Secretaría de Estado, y luego confirmados por Pacelli una vez elegido Papa, hasta convertirse ambos, a fines de 1952, en prosecretarios de Estado.
Con Pacelli llegó a la dirección de la Secretaría de Estado un eclesiástico de preparación extraordinaria, que impresionó inmediatamente a los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede. He aquí como lo recordaba, escribiendo cerca de quince años más tarde, el embajador de Francia en el Vaticano François Charles-Roux: «Era un negociador perfecto, escrupuloso, perseverante para hacer que prevaleciera lo esencial del punto de vista de la Santa Sede, pero al mismo tiempo conciliador, equitativo, imparcial, de una lealtad escrupulosa. Evitaba ser irritante cuando se veía obligado a ser intransigente o enérgico, a dar una negativa o a quejarse. Un trato frecuente con él hacía que volvieran a la memoria las palabras de un diplomático o estadista francés, Choiseul: "La verdadera finura es la verdad, dicha alguna vez con fuerza, pero siempre con gracia"».
Y la Santa Sede pudo aprovechar estas cualidades inmediatamente, en los años oscuros que prepararon la segunda guerra mundial.
Aquí no me es posible comentar un período tan denso de acontecimientos y tan complejo desde el punto de vista histórico, pero para mostrar la actividad de la Sede apostólica, la acción del Papa y la obra de su secretario de Estado bastarán algunas alusiones a hechos conocidos, aunque no siempre interpretados en su contexto histórico y a veces tergiversados.
En Italia, a pesar de la conciliación, se multiplicaron las polémicas y las tensiones entre la Santa Sede y el régimen fascista hasta la crisis de 1931, cuando el jefe del gobierno, Mussolini, dio orden de disolver las asociaciones juveniles católicas. Pío XI reaccionó con energía y publicó la célebre encíclica Non abbiamo bisogno, fuertemente polémica contra la decisión del Gobierno, hasta el punto de que para divulgarla fuera de Italia, por el temor de que se impidiera su publicación en su interior, a monseñor Montini se le encargó que llevara de incógnito el texto a las nunciaturas de Munich y Berna: "Se ha intentado -afirmaba el Papa al inicio del texto escrito en italiano- golpear mortalmente todo lo que era y será siempre más querido por nuestro corazón de padre y pastor de almas".
La crisis se superó, pero la tensión volvió varias veces en los años sucesivos, en un país donde la única voz de prensa realmente libre fue el diario del Papa, como recordaría a la asamblea constituyente un exponente laico, Piero Calamandrei: "Porque en cierto momento, en los años de la mayor opresión, nos dimos cuenta de que el único diario en el que todavía se podía encontrar algún signo de libertad, de nuestra libertad, de la libertad común a todos los hombres libres, era "L'Osservatore Romano"; porque hemos experimentado que quien compraba "L'Osservatore Romano" se veía expuesto a ser atacado; porque en los Acta diurna del amigo Gonella se encontraba una voz libre".
Ese mismo año 1931 se publicó otra encíclica: Nova impendet, sobre la gravedad de la crisis económica y sobre la creciente carrera de armamentos; y a continuación, en octubre, otro gran documento social conmemorativo del de León XIII, la encíclica Quadragesimo anno, publicada en mayo. El año sucesivo, se afrontaba también la grave situación social como tema de la Caritate Christi, a la que siguió ese mismo año 1932 la Acerba animi sobre la persecución anticatólica en México, que rompió las relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Pero la crisis se precipitaba también en España, donde la República recientemente proclamada ponía en marcha una política duramente contraria a la Iglesia con medidas que suscitaron en 1933 la firme protesta de la Santa Sede, ya desde la carta encíclica Dilectissima nobis, por la "grave ofensa no sólo a la religión y a la Iglesia, sino también a los afirmados principios de libertad civil en los que el nuevo régimen español dice que se basa. Y no se crea -prosigue el documento papal- que nuestra palabra se inspira en sentimientos de aversión a la nueva forma de gobierno o a los demás cambios estrictamente políticos acontecidos recientemente en España. En efecto, es de todos conocido que la Iglesia católica, en absoluto vinculada a una forma de gobierno más que a otra, con tal de que se respeten los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad para llegar a acuerdos con las diversas instituciones civiles, sean monárquicas o republicanas, aristocráticas o democráticas. Son prueba manifiesta, por aludir sólo a hechos recientes, los numerosos concordatos y acuerdos estipulados en estos últimos años y las relaciones diplomáticas entabladas por la Santa Sede con diversos Estados, en los cuales, después de la última gran guerra, tras gobiernos monárquicos han llegado gobiernos republicanos".
Por lo demás, es lo mismo que repetía el secretario de Estado Pacelli a propósito de la actitud de la Iglesia con respecto a los poderes públicos: "Una experiencia de dos mil años le impide exagerar la importancia de las cuestiones vinculadas a la forma del Estado y de las estructuras que condiciona". Y como prueba de la moderación y del realismo de la Iglesia de Roma durante la tragedia que, tres años más tarde, desembocaría en la guerra civil española, está la posición de la Santa Sede, y del propio Pío XI, durante muchos meses notoriamente no favorables a los insurgentes guiados por el general Franco.
Entre los concordatos firmados por la Santa Sede destaca naturalmente el establecido con el Reich, al que se llegó en el mismo año 1933, pero en una situación completamente diversa de la que Pacelli había dejado tres años antes, a causa del aumento del consenso con respecto al nazismo.
La Santa Sede y la mayoría de los obispos alemanes -a diferencia de muchos católicos y de la gran mayoría de los protestantes- mantuvieron una actitud negativa, aunque la oposición inicial del Episcopado no pudo menos de tener en cuenta el ascenso al poder de Hitler y el consenso obtenido por el nuevo régimen. Para recordar sólo un dato, once mil sacerdotes católicos (casi la mitad del clero alemán) "sufrieron medidas punitivas, motivadas política y religiosamente, por parte del régimen nazi", acabando a menudo en campos de concentración. Una de las consecuencias del concordato fue la eliminación del escenario político del partido católico (el Zentrum), pero los contrastes entre la Iglesia católica y el nazismo -a pesar de las crecientes preocupaciones por la consolidación del totalitarismo comunista y a pesar del tradicional antijudaísmo católico- se intensificaron con la puesta en marcha de la legislación antisemita y las disposiciones sobre la esterilización obligatoria, contra las cuales se pronunció con firmeza, ya en 1934, sobre todo el obispo de Münster, Clemens von Galen.
La oposición al nazismo se hizo clara y en 1936 una carta colectiva del Episcopado pidió al Papa una encíclica. Pío XI convocó a Roma a los tres cardenales alemanes (Adolf Bertram, Michael von Faulhaber y Karl Joseph Schulte) y a los dos obispos más contrarios al régimen, precisamente von Galen y Konrad von Preysing. Así, con la ayuda decisiva del cardenal Pacelli y de sus colaboradores alemanes de mayor confianza (monseñor Ludwig Kaas y los jesuitas Robert Leiber y Augustin Bea) se llegó a la Mit brennender Sorge ("Con gran preocupación"), la encíclica que en 1937 condenó la ideología racista y pagana que ya se había consolidado en el Reich alemán; pocos días después siguieron las encíclicas contra el comunismo ateo (Divini redemptoris) y sobre las sangrientas persecuciones del laicismo masónico contra los católicos mexicanos (Firmissimam constantiam).
La relación entre Pío XI y su secretario de Estado está aún por investigarse plenamente, y esto se podrá hacer con el tiempo y el estudio progresivo de los documentos de los archivos vaticanos, que con respecto al pontificado del Papa Ratti, es decir, hasta inicios del año 1939, están completamente accesibles desde hace más de dos años, pero han sido poco consultados por los estudiosos. Es conocida la estima que el Pontífice tenía por Pacelli, desde su creación cardenalicia, ocasión durante la cual pronunció la frase evangélica (Jn 1, 26), luego interpretada como una premonición, medius vestrum stat quem vos nescitis.
Esta estima se acrecentó continuamente e indujo a Pío XI, con una innovación sin precedentes, a enviar a su secretario de Estado a repetidas misiones internacionales. Así, en 1934, el cardenal Pacelli atravesó el Atlántico, como había hecho ya más de un siglo antes otro futuro Papa, el joven Mastai Ferretti, para una misión diplomática que lo llevó a Chile. El secretario de Estado y legado pontificio estuvo en Buenos Aires para el Congreso eucarístico internacional, y durante el largo viaje visitó después Montevideo y Río de Janeiro, luego Las Palmas de Gran Canaria y Barcelona, hasta volver al Vaticano a inicios de 1935.
Pocos meses más tarde, el purpurado se encontraba en Lourdes, donde, en la homilía conclusiva del viaje, contrapuso la redención de Cristo a la "bandera de la revolución social", a la "falsa concepción del mundo y de la vida" y a la "superstición de la raza o de la sangre": una condena de la "idolatría de la raza" que con esas palabras clarísimas volvería dos años más tarde a los labios del cardenal Pacelli, enviado de nuevo a Francia por el Papa, esta vez a consagrar la basílica de Lisieux y luego a París, donde el purpurado se encontró con exponentes del Gobierno formado por el Frente popular. Y en 1938 el secretario de Estado, con ocasión de otro Congreso eucarístico internacional, viajó a Hungría, donde reafirmó el principio tradicional según el cual la Iglesia no determina las formas de gobierno, y sobre todo denunció la carrera de armamentos, "que se ha convertido en la ocupación dominante de la humanidad del siglo XX", advirtiendo de que "la locura destructora" de nuevos conflictos superaría "lo más espantoso que ha conocido el pasado".
Sin embargo, tal vez el viaje más importante de Pacelli fue, en el otoño de 1936, la larga visita privada que realizó a Estados Unidos, recorriendo miles de kilómetros, también en avión, como por lo demás había hecho ya en Alemania, testimonio ulterior de su espíritu moderno. En el viaje el cardenal se encontró con cerca de ochenta obispos y con los más importantes exponentes políticos, entre ellos el presidente Roosevelt, recién elegido. Al volver al Vaticano, el Papa le regaló un retrato con dedicatoria autógrafa: Carissimo Cardinali Suo Transatlantico Panamerico Eugenio Pacelli feliciter redeunti. Sólo pocos días antes, Pío XI había sorprendido a monseñor Tardini, elogiando a su secretario de Estado aún de viaje y concluyendo tranquilamente: "Será un buen Papa".
La previsión se cumplió menos de tres años después, cuando ya se acercaba la guerra. Para conjurarla, el nuevo Papa, que había tomado como nombre Pío XII, intentó un extremo llamamiento, escrito con la ayuda del sustituto Montini y pronunciado una semana antes de que las tropas del Reich invadieran Polonia: "Hora muy grave es la que suena de nuevo para la gran familia humana; hora de tremendas deliberaciones, de las que no puede despreocuparse nuestro corazón, ni debe desinteresarse nuestra autoridad espiritual, que nos viene de Dios para conducir a los hombres por los caminos de la justicia y de la paz. (...) Nosotros, sin más armas que la palabra de la Verdad, por encima de las pasiones y discusiones públicas, os hablamos en nombre de Dios, de quien toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra (...). La justicia se abre camino, no con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la razón. Y los imperios no fundados sobre la justicia no son bendecidos por Dios. La política emancipada de la moral se vuelve aun contra los mismos que así la quieren. Es inminente el peligro, pero todavía es tiempo. Nada se ha perdido con la paz. Todo puede perderse con la guerra. Vuelvan los hombres a comprenderse. (...) Les suplicamos por la sangre de Cristo, cuya mansedumbre en la vida y en la muerte fue la fuerza vencedora del mundo. Y al suplicarles, sabemos y sentimos que tenemos con nosotros a todos los rectos de corazón; a todos los que tienen hambre y sed de justicia; a todos los que sufren ya, por los males de la vida, todo dolor. (...) Con nosotros está el alma de esta vieja Europa, que fue obra de la fe y del genio cristiano. Con nosotros está la humanidad entera, que ansía justicia, pan, libertad, pero no el hierro que mate y destruya" (Colección de encíclicas y documentos pontificios, Acción Católica Española, Madrid 1967, pp. 179-180).
El llamamiento del Papa Pacelli resultó inútil, como inútil fue también la denuncia de su primera encíclica, Summi pontificatus, publicada en el primer otoño de guerra, que condenaba "el olvido de la ley de solidaridad y caridad humana, que es dictada e impuesta por un origen común y por la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, sea cual fuere el pueblo al que pertenezcan, y por el sacrificio de la redención ofrecido por Jesucristo" (ib., p. 188), sosteniendo con fuerza la "unidad del género humano" que ocupaba el centro y constituía el título de la última encíclica proyectada por su predecesor, al que con frecuencia se contrapone a Pío XII, pero sin fundamento real. Así pues, no fue una "encíclica oculta", del mismo modo que el cardenal camarlengo Pacelli no censuró el último discurso de Pío XI con motivo del décimo aniversario de la Conciliación, que veinte años después, en 1959, Juan XXIII hizo publicar en "L'Osservatore Romano".
La condena de la Summi pontificatus concernía a la "ideología que atribuye al Estado una autoridad ilimitada", definida en la encíclica "un error pernicioso", tanto para la "vida interna de las naciones", como para las "relaciones entre los pueblos, porque rompe la unidad de la sociedad supranacional, quita su fundamento y valor al derecho de gentes, conduce a la violación de los derechos de los demás y hace difícil la inteligencia y la convivencia pacífica" (ib., p. 194).
Por último, era muy fuerte la denuncia de la "hora de las tinieblas", en la que "el espíritu de la violencia y de la discordia derrama sobre la humanidad la copa sangrienta de dolores sin nombre", con la advertencia de que "los pueblos, envueltos en el trágico vórtice de la guerra, quizá están aún "al comienzo de sus dolores" (Mt 24, 8): muerte y desolación, lamento y miseria reinan ya en millares de familias. Y la sangre de innumerables seres humanos, hasta no combatientes, eleva un desgarrador grito de dolor especialmente sobre una amada nación, Polonia, que por su fidelidad a la Iglesia, por sus méritos en la defensa de la civilización cristiana, escritos con caracteres indelebles en los fastos de la historia, tiene derecho a la simpatía humana y fraternal del mundo" (ib., p. 201). 
Y Pío XII proseguía: "El deber del amor cristiano, que es el quicio y el fundamento del reino de Cristo, no es una palabra vacía, sino una viva realidad. Vastísimo es el campo que se abre a la caridad cristiana en todas sus formas. Confiamos plenamente en que todos nuestros hijos, y de modo singular todos cuantos están libres del azote de la guerra, imitarán al divino Samaritano, acordándose de los que, por ser víctimas de la guerra, tienen derecho a la compasión y al socorro" (ib., p. 201).
Así, en la primera encíclica del Papa Pacelli, no sólo se describían con anticipación los horrores de la guerra, sino también la gigantesca obra de caridad que la Iglesia católica desplegaría durante los años del conflicto en favor de todos, sin distinción alguna.
Lo demuestran, entre otros, los tres millones y medio de documentos de la Oficina de informaciones del Vaticano para los prisioneros de guerra, instituida por voluntad de Pío XII inmediatamente después del inicio del conflicto, un fondo de los archivos vaticanos que llega hasta 1947 y que cualquiera puede consultar en su totalidad, pero que a pesar de esto casi nadie utiliza. En efecto, parece que basta abrir un archivo, cuya apertura se reclamaba con fuerza, para que ya no interesen sus documentos. Evidentemente, a muchos la historia sólo les importa cuando la pueden usar como un arma.
Como se debería saber, los archivos de la Santa Sede son completamente accesibles hasta inicios de 1939, mientras que con respecto al período de la guerra y del Holocausto su contenido se ha anticipado sustancialmente con los doce volúmenes de las Actes et documents du Saint-Siège relatifs à la seconde guerre mondiale, publicados por decisión de Pablo VI ya desde 1965.
Esta enorme documentación -que se añade a la interminable de los demás archivos nacionales y privados, a numerosísimos testimonios y a la reconstrucción histórica de ese período- está confirmando que la polémica sobre el así llamado "silencio" de Pío XII, acusado de insensibilidad o incluso de connivencia ante el Holocausto, es una instrumentalización, como por lo demás lo indican con claridad sus orígenes, arraigados en la propaganda soviética ya durante la guerra, que luego se prosiguió en la propaganda comunista durante la guerra fría y, por último, fue relanzada por sus seguidores.
Como diplomático de Benedicto XV, Pacelli se esforzó por lograr que condenara ya en 1915 las violencias antisemitas que se habían producido en Polonia, mientras que en la década de 1930, como secretario de Estado de Pío XI, hizo cesar la propaganda radiofónica antijudía de un sacerdote católico estadounidense, Charles Coughlin. Además, por su experiencia alemana, el purpurado conocía muy bien el nazismo y su loca ideología, y varias veces, entre los años 1937 y 1939, había puesto en guardia a estadounidenses y británicos ante el peligro que representaba el Tercer Reich. Pero hay más: entre el otoño de 1939 y la primavera de 1940, el Pontífice apoyó, con una decisión sin precedentes, el intento, pronto abortado, de algunos círculos militares alemanes, en contacto con los británicos, de derribar el régimen hitleriano. Y después del ataque alemán a la Unión Soviética, Pío XII se negó a adherirse y a adherir a la Iglesia católica a la que se presentaba como una cruzada contra el comunismo; más aún, se esforzó por superar la oposición de muchos católicos estadounidenses a la alianza con los soviéticos, aunque el juicio del Pontífice y de sus más íntimos colaboradores sobre el comunismo siguió siendo siempre negativo.
Por eso, representar a Pío XII como indiferente ante el destino de las víctimas del nazismo -los polacos y, sobre todo, los judíos-, incluso llamándolo "Papa de Hitler", además de constituir un ultraje, es insostenible desde el punto de vista histórico, como carece de fundamento histórico la imagen de un Pontífice dominado por los americanos y "capellán de Occidente", difundida y sostenida siempre por los soviéticos y por sus defensores en las democracias europeas durante la guerra fría.
Ante los horrores de la guerra y lo que se definiría Holocausto el Papa Pacelli no fue neutral o indiferente; y lo que se tachó, y se sigue tachando, como silencio fue, en cambio, una opción consciente y sufrida, basada en un juicio moral y religioso clarísimo. Así lo han reconocido y lo reconocen muchísimas personas, incluso no pertenecientes al mundo católico.
Por ejemplo, ya en 1940, en "Time", Albert Einstein escribió: "Sólo la Iglesia católica se ha atrevido a oponerse a la campaña de Hitler de suprimir la verdad. Nunca antes he tenido un interés especial por la Iglesia, pero ahora siento un gran afecto y admiración porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la fuerza constante de estar de parte de la verdad intelectual y de la libertad moral".
Por su parte, el dominico Yves Congar, después cardenal, refiere en su diario conciliar las confidencias de un testigo de aquel tiempo, su hermano en religión Rosaire Gagnebet. Después de la matanza de las Fosas Ardeatinas, el Papa se interrogó "con angustia" si era el caso de denunciarla: "Pero todos los conventos, todas las casas religiosas de Roma estaban llenas de refugiados: comunistas, judíos, demócratas y antifascistas, ex generales, etc. Pío XII había suspendido la clausura. Si Pío XII hubiera protestado pública y solemnemente, se hubiera producido un registro en esas casas y hubiera constituido una catástrofe". Así, el Pontífice optó por una protesta diplomática. Luego, frente a la amenaza de deportación, comunicó al arzobispo de Palermo, cardenal Luigi Lavitrano, que recibiría "los poderes en su lugar", y al embajador alemán le dijo sin titubear: se arrestará "a monseñor Pacelli, pero no al Papa".
La labor de socorro decidida por Pío XII en favor de los perseguidos -entre ellos numerosísimos judíos, en Roma, en Italia y en muchos otros países- fue inmensa y está cada vez más documentada, incluso por parte de autorizados historiadores e intelectuales, que ciertamente no son defensores oficiales del papado, como Ernesto Galli della Loggia, Arrigo Levi y Piero Melograni. Están apareciendo poco a poco hechos y documentos de ese pasado que no pasa. Esta documentación hace justicia a lo que el Papa Pacelli y su Iglesia hicieron ante la criminal persecución de los judíos y obligaría a volver a escribir innumerables libros de historia y a relegar al olvido la leyenda difamatoria de un Pontífice filonazi. Esa leyenda, inventada en los años del conflicto mundial, culminó en 1963 con la representación del drama Der Stellevertreter de Rolf Hochhuth y fue relanzada en el año 2002 por la película Amen de Constantin Costa-Gavras.
Que se trataba de una campaña orquestada ya lo había denunciado en Italia Giovanni Spadolini en 1965, cuando ese historiador habló de "ataques sistemáticos del mundo comunista que contaban con la complicidad o con cierta condescendencia incluso de corazones católicos, o al menos de ciertos católicos muy conocidos de Italia". Lo confirmó, cuarenta años más tarde, un dossier entero, que demuestra que los jefes del Tercer Reich consideraban al Papa Pacelli como enemigo: documentos nazis inéditos que habían caído en manos de dirigentes de los servicios secretos de la Alemania comunista y que, naturalmente, habían permanecido ocultos hasta que se realizó una investigación del diario "La Repubblica", un periódico que ciertamente no se puede definir filo-pacelliano.
Ha sido muy iluminadora, con respecto al caso historiográfico del debate sobre Pío XII, una larga entrevista concedida a "L'Osservatore Romano", con ocasión del 50° aniversario de su muerte, por Paolo Mieli, el historiador que dirige el diario "Corriere della Sera". Se trata de un texto muy significativo, en el que, entre otras cosas, Mieli se declara convencido de que los historiadores harán justicia al Papa Pacelli; "la parte de sangre judía que corre por mis venas -añadió- me hace preferir un Papa que ayuda a mis correligionarios a sobrevivir, más que uno que lleva a cabo un gesto demostrativo". Y vale la pena releer su juicio conclusivo sobre Pío XII: "Quizá fue el Papa más importante del siglo XX. Seguramente estuvo atormentado por dudas. Sobre la cuestión del silencio, como he dicho, se interrogó. Pero precisamente esto me da la idea de su grandeza. Me impresionó mucho un hecho, entre otros. Una vez concluida la guerra, si Pío XII hubiese tenido la conciencia sucia, se habría jactado de la obra de salvación de los judíos. Por el contrario, jamás lo hizo. Jamás dijo una palabra. Podía haberlo hecho. Podía hacer que lo escribieran o dijeran otros, pero no lo hizo. Para mí esta es la prueba de la grandeza de su personalidad. No era un Papa que sentía necesidad de defenderse. Por lo que se refiere al juicio sobre Pío XII, debo decir que me ha quedado grabado en el corazón lo que escribió en 1964 Robert Kempner, un magistrado judío de origen alemán, que fue el número dos de la acusación pública en el proceso de Nuremberg: "Cualquier postura propagandística de la Iglesia contra el gobierno de Hitler no solamente habría sido un suicidio premeditado, sino que habría acelerado el asesinato de un número mucho mayor de judíos y de sacerdotes". Concluyo: durante veinte años hubo unanimidad en la manera de considerar a Pío XII. Por eso, para mí, en la ofensiva contra él no salen las cuentas. Todo aquel que quiera estudiarlo con honradez intelectual debe partir precisamente de esto, del hecho de que no salen las cuentas" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de octubre de 2008, p. 11).
Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI han defendido de forma concorde, desde el punto de vista histórico, la memoria de Pío XII, su acción durante la segunda guerra mundial y ante la espantosa tragedia del Holocausto. A esto es preciso añadir el honor tributado por los Papas a la memoria de los seis millones de víctimas del Holocausto y la indudable voluntad de avanzar por un camino de paz, de reconciliación y de confrontación religiosa con el judaísmo, como hizo Pablo VI en tiempos del concilio Vaticano II y durante todo su pontificado, como predicó constante y tenazmente Juan Pablo II, y como Benedicto XVI ha repetido en numerosas ocasiones, de modo particular este año en los viajes a Estados Unidos, a Australia y sobre todo a Francia.
Como es bien sabido, actualmente está en marcha la causa de canonización del Papa Pacelli, un hecho religioso que debe ser respetado por todos y que en su especificidad es de competencia exclusiva de la Santa Sede. En 1965 Pablo VI, al anunciar en el Concilio el inicio de las causas de Pío XII y de Juan XXIII, explicó sus razones: "Así será acogido el deseo que innumerables voces han expresado en tal sentido para uno y para otro; así quedará asegurado para la historia el patrimonio de su herencia espiritual; se evitará que ningún otro motivo que no sea el culto de la verdadera santidad, es decir, la gloria de Dios y la edificación de la Iglesia, deforme sus auténticas y queridas figuras para nuestra veneración y para la de los siglos futuros" (Discurso del 18 de noviembre de 1965: Concilio Vaticano II, Constituciones, Decretos, Declaraciones, BAC, Madrid 1968, p. 1106). Por su parte, Benedicto XVI, al celebrar en la basílica de San Pedro una misa en memoria de Pío XII, exhortó a orar "para que prosiga felizmente la causa de beatificación". Es una exhortación que acojo de buen grado y a la que me asocio, recordando y celebrando a un Romano Pontífice que fue grande, y a cuyo conocimiento este congreso seguramente contribuirá mucho.

 

7/11/11

DEL PADRE PÍO



SAGRADOWEB


Novena al Sagrado Corazón ( el Padre Pío recitaba diariamente esta novena )
1-Oh Jesús mío! Que dijiste: "en verdad os digo, pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá". He aquí que, confiado en tu Palabra divina, llamo, busco y te pido la gracia...
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.


2-Oh Jesús mío! Que dijiste: "en verdad os digo, todo lo que pidiereis a mi Padre en Mi Nombre, El os lo concederá". He aquí que, confiado en tu Palabra divina, pido al eterno Padre en Tu Nombre la gracia...
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.


3-Oh Jesús mío! Que dijiste: "en verdad os digo, los cielos y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán". He aquí que, confiado en la infalibilidad de tu Palabra divina, te pido la gracia...
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
Sagrado Corazón de Jesús en Ti confío.


ORACIÓN: Oh Sagrado Corazón de Jesús, infinitamente compasivo con los desgraciados, ten piedad de nosotros, pobres pecadores, y concédenos las gracias que te pedimos por medio del Inmaculado Corazón de María, nuestra tierna Madre!
San José , padre adoptivo del Sagrado Corazón, ruega por nosotros.
Dios te salve....

4/11/11

HOY, PRIMER VIERNES DE NOVIEMBRE

Rindamos nuestro homenaje al Sagrado

Corazón de Jesús. Reparemos las ofensas.




El Señor abrió la herida de su dulce Corazón

y dijo: 'He aquí la grandeza de mi amor'...

Unió su dulce Corazón con el corazón del

alma, y le dio todas las prácticas de

contemplación, devoción y amor, y la hizo

rica en todo bien... Después de la Santa

Comunión anhelaba sólo la alabanza de Dios.

Entonces el Señor le dio su Corazón divino en

la forma de un ornamento de oro ricamente

decorado, y le dijo: 'Por mi Corazón divino

siempre me alabarás.'


Santa Matilde de Hackeborn (1241-1298), "Libro de la Gracia Especial"

30/10/11

UNA HERMOSA MEDITACIÓN





EL ALMA AMANTE ACOMPAÑA A JESÚS A TODAS PARTES



Tenuisti manum dexteram meam et in voluntate tua deduxisti me (Salmo 72, 24)

1.- Nada hay más apacible que un alma que poseída de Jesús vive de su vida.

Jesús escribe en ella su Santo Evangelio, día por día y hora por hora, y la considera como continuación de la vida admirable por Él vivida en la tierra.

Aquella vida era entonces muy sencilla y lo es aún ahora, puesto que nada hay de extraordinario en la existencia del justo.

El alma cumple suavemente con Jesús las obligaciones del día impuestas por el estado de vida, por la necesidad, la caridad y las conveniencias.

2.- El alma no elige entre estas ocupaciones porque sabe que ante Dios todo tiene el mismo valor. Por eso le es completamente indiferente vivir con Él en Egipto o en Nazareth, en el taller del trabajador o en el templo, acompañarle en su vida pública o sentarse tranquilamente a sus pies con María y José. No vive el alma la propia vida sino la vida de Jesús.

¡Cuán tranquila, dichosa y fuerte se siente al estrechar la mano de Jesús y no dar un paso sin Él.

3.- Con Él va a la oración; se une a la Víctima divina que se inmola sobre el altar, uniendo el propio al divino sacrificio. Con él pide al Padre celestial perdón para los pecadores y con él ruega por la iglesia de la tierra y por la del Purgatorio. 

¡Cuán respetuosa se halla el alma en esta santa ocupación! En torno suyo y de Jesús adivina la augusta compañía de los ángeles y de los santos y se representa al Cielo abierto atento su oración.

Con Jesús va a sus ocupaciones de caridad, a cuidar desgraciados, a instruir ignorantes, a socorrer pobres. ¡Con cuánta delicadeza se acerca a todas estas miserias para aliviarlas ¡y, al aliviarlas, llevar las almas a Dios!

Con Jesús también va a sus mil otras ocupaciones sin importancia a los ojos de los hombres: a la conversación, a la comida, a la visita, a la recreación, al descanso. todas estas ocupaciones las toma con inmenso respeto porque la acercan a Dios.

4.- Y cuanto más humildes y ocultas son, tanto más las venera y las acoge con amor, ya que sabe que Jesús tiene preferencias por lo pequeño, ignorado y sin brillo.

Imita gozosa al divino Artista que le plugo dotar a las criaturas de tanta mayor perfección cuanto más pequeñas e ignoradas habían de ser.

Y así, sólo Jesús sabrá el empeño con que se consagra a realizar sus más insignificantes acciones y los tesoros de amor que confía a cada una de ellas.

¡Qué le importa que pasen desapercibidas! ¡Qué importa que toda su vida quede oculta con un velo! ¡qué importa que no sea, a la mirada de los hombres, más que un átomo en la inmensidad del universo.

5.- Después, Jesús irá con el alma no ya al templo a predicar, ni a Betania a descansar, sino a Gethsemaní a sufrir, con lo cual gozará el alma.

No se maravilla de la multiplicidad ni de la variedad de los sufrimientos; no examina lo que hay al fondo del cáliz, ni busca quién se lo presente, sino que con Jesús lo acepta y lo apura.

No especifica al Maestro la cruz que preferentemente quisiera llevar, ni siquiera le explica el deseo que tiene de sufrir, a menos que Jesús no le invite a ello, porque tiene inmenso respeto a la vida del Maestro divino que va escribiendo en su corazón, sin que nada profano la estorbe, ni trazo alguno humano pueda desfigurar en ella el Rostro del divino Crucificado.

Grande es el consuelo que el alma siente al estar tan estrechamente unida a su Divino Amigo y ser para Él como prolongación de su misma Humanidad para que pueda perpetuar su Pasión, y convertirse en canal por el que haga correr su amor hacia las almas.

¡Cuán hermosa es un alma sencilla así entregada a Jesús y cómo debe esforzarse por vivir tan plenamente como lo permita su condición humana!

6.-  Para conseguirlo, debe trabajar por ser dueña a cada momento de su atención y de toda su energía.

Cierto es que cuando el alma se halla en estado de gracia, todo lo que hace o manda la voluntad pertenece a Jesús, excepción hecha del pecado. El alma no necesita cerciorarse de que vive la vida de Jesucristo para que sea esa vida verdadera, ni necesita comprobar la bondad de sus actos para que pertenezcan a Jesús. Le ha entregado ya su voluntad y por eso el árbol pertenece completamente al Maestro con todas sus ramas, con sus hojas, flores y frutos.

Grande consuelo el presente para las almas sujetas a divagaciones involuntarias de espìritu o de imaginación.

7.- Con todo, ¡cuánto bello y consolador fuera que el alma acompañase a su Divino amigo durante todo el día, no sólo con la voluntad a menudo distraída, sino con todas las facultades a la vez!

El alma debe tender incesantemente hacia ese ideal de recogimiento, sin afligirse ni inquietarse por no haber llegado a él con la perfección que pudiera.

8.- Para llegar, en algún modo al menos, a concentrar toda la energía y atención posibles en el momento actual, ha de tratar sus facultades, y en particular su inteligencia con moderación.

No hay que exigir del espíritu lo que no puede dar, ni hay que imponerle tarea que sobrepuje sus fuerzas. De no hacer esto se le incapacitaría para prestar grandes servicios.

No hay que pedirle que se ocupe a la vez de lo pasado y lo futuro; bástale con lo presente, y en este presente hay que prestar al deber una atención tranquila y moderada.

Para contener el ímpetu de tu actividad, recuérdate a menudo que obras de concierto con Jesús, que eres instrumento y que el Maestro no tiene necesidad alguna de prisas.

9.- Dios creó el tiempo, y quiere que su criatura emplee en cada acción el que le ha enseñado desde toda una eternidad. La santidad final habrá de resultar del conjunto de estas ocupaciones cumplidas por amor con Jesús.

Dios quiere santificar las almas, pero gradualmente. en la naturaleza todo crece y se desarrolla lentamente y por grados; también en el orden de la gracia las almas siguen el mismo modo de perfeccionamiento.

Dios es eterno y no tiene por qué apresurarse: ve el principio y el fin de todas las cosas y nada se pierde ni desaparece sin su consentimiento.

10.- El alma inexperimentada se disgusta a la vista de la lentitud con que adelanta la obra de su santificación. Esta impaciencia es indicio de una virtud muy débil y de poca confianza en la divina Providencia. 

Preciso es reprimir estos apremiantes deseos y adapatarse al paso de Dios. El rápido camino lleva al precipicio.

Para construir las catedrales, que no habrán de durar más que un tiempo limitado, emplearon siglos nuestros antepasados y para construir el templo espiritual del alma, santuario vivoy eterno de la Santísima Trinidad, Dios tiene sobrado derecho de emplear varios años.

Por otra parte, mucho tiempo se necesita para que el fuego de la divina caridad llegue a derretir el hielo de todos nuestros defectos y a penetrar con su bienhechor influjo todos los pliegues y repliegues de nuestro corazón pecador.

Mucho tiempo se necesita para que la gracia, que ha sido difundida en el alma por el Espíritu Santo como aceite precioso, impregne nuestra voluntad, inteligencia y facultades con todos sus actos.

11.- No te preocupe nunca el saber a qué punto del camino hacia la eternidad has llegado, sino conténtate con ocuparte a diario de tus cosas con Jesús.

Olvídate a ti misma para no pensar más que en Cristo que vive en tí y que escribe en tu alma su Evangelio.

(Fragmento de "El Amigo Divino", de Jos. Schrijvers)

28/10/11

CIERTO RECONOCIMIENTO PARA UN GRAN PAPA

10/28/2011 

Un museo para Pío XII

Un museo en Roma, dedicado a Pío XII, el papa de la II Guerra Mundial, una figura que se antoja controvertida dentro de la historiografía contemporánea

Marco TosattiRoma

 
Un museo en Roma, dedicado a Pío XII, el papa de la II Guerra Mundial, una figura que se antoja controvertida dentro de la historiografía contemporánea, a causa de "una leyenda negra", por su así llamado "silencio" a propósito de las persecuciones nazis a los judíos; tesis por otro lado, puesta fuertemente en duda por muchos estudiosos, gran parte de ellos de cultura y religión judía. Y también un Pontífice en vías de beatificación.

Es la solicitud realizada por la biógrafa de Eugenio Pacelli, sor Margherita Marchione, de la cual se ha hecho portavoz el presidente de la Comisión  Turismo y  Moda de Roma Capitale, Alessandro Vannini. "Ha sido solicitada a la Administración de Roma Capitale y al Gobierno Italiano la creación un museo para recordar a este ilustre pontífice - se lee en una nota del representante del Popolo della Libertà (PDL). El Museo pretende acoger la herencia espiritual cristiana y de fraternidad universal del Papa Pío XII, además de profundizar y reconsiderar su espíritu profético inspirándose en ese ideal cristiano, hoy más actual que nunca.

 Como representante de Roma Capitale, he escuchado las peticiones de Sor Margherita Marchione y me pondré en marcha ante los organismos de competencia, para que la Administración se comprometa a encontrar una sede en la cual alojar el Museo del Papa Pío XII. La realización del Museo, será acompañada por la organización de una exposición sobre el Pío XII, que iniciará en el Campidoglio y luego se trasladará a Nueva York y más tarde a la Ciudad del Vaticano donde podrá ser visitada en el Corredor de Carlo Magno.

La exposición itinerante- concluye el comunicado- hará un recorrido por Europa, América del Norte y Argentina, por los lugares simbólicos visitados por Eugenio Pacelli hasta llegar a Jerusalén, para concluir en Roma con ocasión de su Beatificación".

María está pronta para ayudar a quien la invoca

Fragmento de LAS GLORIAS DE MARÍA


1. María es nuestro socorro

¡Pobres de nosotros que siendo hijos de la infeliz Eva, y por lo mismo reos ante Dios de la misma culpa, condenados a la misma pena, andamos agobiados por este valle de lágrimas, lejos de nuestra patria, llorando afligidos por tantos dolores del cuerpo y del alma! Pero ¡bienaventurado el que, entre tantas miserias, con frecuencia se vuelve hacia la consoladora del mundo y refugio de miserables, a la excelsa Madre de Dios y devotamente la llama y le ruega! “Bienaventurado el hombre que me escucha y vigila constantemente a las puertas de mi casa” (Pr 8, 34). “¡Dichoso –dice María– el que escucha mis consejos y llama constantemente a las puertas de mi misericordia, suplicando que interceda por él y lo socorra!”
La santa Iglesia nos enseña a sus hijos con cuánta atención y confianza debemos recurrir a nuestra amorosa protectora, mandando que la honremos con culto muy especial. Por esto cada año se celebran muchas fiestas en su honor; un día a la semana está especialmente consagrado a obsequiar a María; en el Oficio divino, los sacerdotes y religiosos la invocan en representación de todo el pueblo cristiano; y todos los días a la mañana, al mediodía y al atardecer los devotos la saludan al toque del Ángelus. En las públicas calamidades quiere la santa Iglesia que se recurra a la Madre de Dios con novenas, oraciones, procesiones y visitas a sus santuarios e imágenes.
Esto es lo que pretende María de nosotros, que siempre la andemos buscando e invocando, no para mendigar de nosotros esos obsequios y honores, que son bien poca cosa para lo que se merece, sino para que al acrecentarse nuestra confianza y devoción pueda socorrernos y consolarnos mejor. “Ella busca –dice san Buenaventura– que se le acerquen sus devotos con veneración y confianza; a éstos los ama, los nutre y los recibe por hijos”.

2. María está pronta a socorrernos

Dice el mismo santo que Ruth quiere decir “la que ve y se apresura”, y ella fue figura de María porque viendo nuestras desgracias se apresura a socorrernos con toda su misericordia. A lo que se añade lo que dice Novarino: que María, viendo nuestras miserias, ansiosa y llena de amor y deseo de hacernos bien, se dispone a socorrernos; y como no es tacaña en derramar las gracias, como madre de misericordia, no se demora en desparramar entre sus hijos los tesoros de su generosidad.
¡Qué pronta está esta buena madre a ayudar a quien la invoca! Explicando Ricardo de san Lorenzo las palabras de la Sagrada Escritura: “Tus pechos, como dos gamitos mellizos”, dice que María está pronta a dar la mística leche de su misericordia al que la pide, con la celeridad con que van los gamos veloces. Y dice: “A la más leve presión de un Ave María, derrama sobre quien la invoca oleadas de gracias”. Así que, dice Novarino, María no corre, sino que vuela en auxilio de quien la invoca. Ella, dice el mismo autor, al ejercer la misericordia es semejante a Dios; como el Señor, al instante alivia al que le pide ayuda, porque es fiel a la promesa con que se ha comprometido: “Pedid y recibiréis”, así María, en cuanto se siente invocada, al instante se presenta con su ayuda. Por esto mismo podemos entender quién es la mujer del Apocalipsis a quien se le dieron las alas del águila grande para volar al desierto (Ap 12, 14). Ribera entiende que estas alas son el amor con que María voló a Dios. Pero el beato Amadeo dice a nuestro propósito que esas alas del águila son la celeridad con que María, superando la velocidad de los serafines, socorre siempre a sus hijos.
Por eso se lee en el Evangelio de San Lucas que cuando María fue a visitar a santa Isabel y a colmar de gracias a toda aquella familia no anduvo con demoras, sino que, como dice el Evangelio: “Se levantó María y se marchó con prontitud a la montaña” (Lc 1, 39). Lo cual no se dice que hiciera a la vuelta. Por eso también se lee que las manos de María son como torneadas, porque, como dice Ricardo de San Lorenzo, así como labrar a torno es la manera más fácil y rápida, así María está más pronta que los demás santos a ayudar a sus devotos. Ella tiene supremos deseos de consolar a todos, y en cuanto se siente invocada, al instante, con sumo placer, acepta las plegarias y socorre al instante. Con razón, san Buenaventura llamaba a María “salvación de los que la invocan”, queriendo decir que para salvarse basta invocar a esta Madre de Dios. Ella, al decir de San Lorenzo, se manifiesta siempre pronta a ayudar a quien la llama. Y es que, como dice Bernardino de Busto, más desea tan excelsa Señora darnos las gracias de lo que nosotros deseamos recibirlas.

3. María nos dispensa su ayuda a pesar de nuestros pecados

Ni la muchedumbre de nuestros pecados debe disminuir nuestra confianza de ser oídos por María. Cuando ante ella nos postramos, encontramos a la madre de misericordia, y para la misericordia sólo hay lugar si encuentra miserias que aliviar. Por lo que como una amorosa madre no siente repugnancia de curar al hijo leproso, aunque la cura fuera molesta y nauseabunda, así nuestra maravillosa Madre no nos abandona cuando recurrimos a ella, por muy grande que sea la podredumbre de nuestros pecados que ella tiene que curar. Esta idea es de Ricardo de San Lorenzo. Esto mismo quiso dar a entender María apareciéndose a santa Gertrudis con el manto extendido para acoger a todos los que a ella acudían. Y vio la santa, a la vez, que todos los ángeles se dedican a defender a los devotos de María de las tentaciones diabólicas.
Es tanta la piedad que nos tiene esta buena Madre y tanto el amor que siente, que no espera nuestras plegarias para socorrernos: “Se anticipa a quienes la codician, poniéndoseles delante ella misma” (Sb 6, 14). Estas palabras san Anselmo se las aplica a María y dice que ella se adelanta a ayudar a los que desean su protección. Con lo cual debemos comprender que ella nos impetra de Dios innumerables gracias antes de que se las pidamos. Que por eso dice Ricardo de San Víctor que María, con razón, es asemejada a la luna: “Hermosa como la luna”, porque no sólo es veloz cual la luna para ayudar a quien la invoca, sino que además está tan ansiosa de nuestro bien que en nuestras necesidades se anticipa a nuestras súplicas y está presta a socorrernos antes que nosotros listos para invocarla. De esto nace, dice el mismo Ricardo de San Víctor, el estar tan lleno de piedad el pecho de María que, apenas conoce nuestras miserias, al instante derrama la mística leche de su misericordia, pues no puede conocer las necesidades de cualquiera sin acudir al punto a socorrerlo.
Esta inmensa piedad que tiene María de nuestras miserias, que la impulsa a compadecerse y aliviarnos aun antes de que la invoquemos, bien lo dio a entender en las bodas de Caná, como lo refiere el Evangelio de San Juan en el capítulo segundo. Se dio cuenta esta piadosa Madre de la confusión y vergüenza de aquellos esposos que estaban del todo afligidos al ver que faltaba el vino en el banquete; y sin que nadie se lo pidiera, movida solamente de su gran corazón que no puede ver las aflicciones de nadie sin compadecerse, fue a pedir a su Hijo, exponiéndole la necesidad de aquella familia para que los consolara. Y le dijo simplemente: “No tienen vino”. Después de lo cual el Hijo, para consolar a aquella buena gente, pero mucho más para contentar el corazón tan compasivo de su Madre que así lo deseaba, hizo el conocido milagro de transformar el agua de las ánforas en el mejor de los vinos. Y argumenta Novarino: “Si María, aunque nadie se lo pida, está tan pronta a adivinar y socorrer nuestras necesidades, cuánto más lo estará para socorrer a quien la invoca y suplica que le ayude”.

4. María jamás desoye una invocación

Y si alguno aún dudase de ser socorrido por María cuando a ella acude, vea cómo lo reprende Inocencio III: “¿Quién la invocó y no fue por ella escuchado?” ¿Dónde hay uno que haya buscado la ayuda de esta Señora y María no lo haya escuchado? “¿Quién –exclama ahora Eutiques, oh bienaventurada, acudió en demanda de tu omnipotente ayuda y se vio jamás abandonado? ¡Nadie, jamás!” ¿Quién, oh Virgen la más santa, ha recurrido a tu materno corazón que puede aliviar a cualquier miserable y salvar al pecador más perdido y se ha visto de ti abandonado? De verdad que nadie, nunca jamás. Esto no ha sucedido ni nunca ha de suceder. “Acepto –decía san Bernardo– que no se hable más de tu misericordia ni se te alabe por ella, oh Virgen santa, si se encontrara alguno que habiéndote invocado en sus necesidades se acordara de que no había sido atendido por ti”. Dice el devoto Blosio: “Antes desaparecerán el cielo y la tierra que deje María de auxiliar a quien con buena intención suplica su socorro y confía en ella”.
Añade san Anselmo para acrecentar nuestra confianza que cuando recurrimos a esta divina Madre no sólo debemos estar seguros de su protección, sino de que, a veces, parecerá que somos más presto oídos y salvados acudiendo a María e invocando su santo nombre que invocando el nombre de Jesús nuestro Salvador. Y da esta razón: que a Cristo, como Juez, le corresponde castigar, y a la Virgen como madre, siempre le corresponde compadecerse. Quiere decir que encontramos antes la salvación recurriendo a la Madre que al Hijo, no porque sea María más poderosa que el Hijo para salvarnos, pues bien sabemos que Jesús es nuestro exclusivo Redentor, quien con sus méritos nos ha obtenido y él únicamente obtiene la salvación, sino porque recurriendo a Jesús y considerándolo también como nuestro Juez, a quien corresponde castigar a los ingratos, nos puede faltar (sin culpa de él) la confianza necesaria para ser oídos; pero acudiendo a María, que no tiene otra misión más que la de compadecerse como madre de misericordia y de defendernos como nuestra abogada, pareciera que nuestra confianza fuera más segura y más grande. “Muchas cosas se piden a Dios y no se obtienen, y muchas se piden a María y se consiguen porque Dios ha dispuesto honrarla de esta manera”. Y eso ¿por qué? Y responde Nicéforo que esto sucede no porque María sea más poderosa que Dios, sino porque Dios ha decretado que así tiene que ser honrada su Madre.
Qué dulce promesa le hizo el Señor a santa Brígida. Se lee en el libro primero de sus Revelaciones, capítulo 50, que un día oyó la santa que hablando Jesús con su Madre le decía: “Madre querida, pídeme lo que quieras que nada te negaré; y bien sabes que a todos los que me buscan por amor a ti, aunque sean pecadores, con tal que deseen enmendarse, yo prometo escucharlos”. Lo mismo fue revelado a santa Gertrudis cuando oyó que nuestro Redentor decía a María que él, con su omnipotencia, le había concedido tener misericordia con los pecadores que la invocaban y tenía licencia para usar de esa misericordia como le pareciere.
Que todos los que invoquen a María con total confianza, como a madre de misericordia, le hablen como san Agustín: “Acuérdate, oh piadosísima Mará, que jamás se ha oído decir que nadie de los que han implorado tu protección se haya visto por ti abandonado”. Y por eso perdóname si te digo que no quiero ser este primer desgraciado que recurriendo a ti se vaya a ver abandonado.

26/10/11

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Asís se repite. Pero revisado y corregido

La invitación extendida a los no creyentes y la oración en las habitaciones a puerta cerrada. Son las dos novedades de la nueva edición del encuentro. Como trasfondo: el año de la fe y el martirio de los cristianos en el mundo

por Sandro Magister


ROMA, 26 de octubre del 2011 – En la "jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo" que ha lanzado para mañana en Asís —a veinticinco años de la primera y discutida edición por obra del Papa predecesor suyo— Benedicto XVI ha introducido dos novedades.

La prima es la extensión de la invitación, aparte de los exponentes de las religiones de todo el mundo, a los no creyentes. Con su presencia, la jornada de Asís tomar la forma de un simbólico "patio de los gentiles", animado no sólo por "temeroso de Dios" sino también por quien no cree en Dios, sin por ello dejar de buscarlo.

Los no creyentes que han aceptado participar en la jornada de Asís son el filósofo italiano Remo Bodei, el filósofo mejicano Guillermo Hurtado, el economista austriaco Walter Baier y la filósofa y psicoanalista francesa Julia Kristeva, que tomará la palabra en la fase inicial del encuentro, al último, después de una secuencia de ocho intervenciones por parte de exponentes religiosas entre los cuales está el patriarca ecuménico de Constantinopla Bartolomé I y el rabino David Rosen del Gran Rabinato de Israel.

Después de Julia Kristeva hablará Benedicto XVI, su único discurso en la jornada.

*

La segunda novedad es que no habrá ningún momento de oración visible y organizada, por parte de los presentes, ni en común ni en paralelo, como en cambio ocurrió en 1986 con los varios grupos religiosos reunidos en oración en varios lugares de la ciudad de san Francisco.

Mañana, simplemente, después del "almuerzo frugal" en el convento de Santa María de los Ángeles, serán asignadas a los cerca de trescientos invitados sendas habitaciones individuales, en los alojamientos adyacentes al convento, para un "tiempo de silencio, para la reflexión y/o rezo personales".

Este espacio de silencio durará cerca de una hora y media. El pensamiento se remite al pasaje del Discurso de la Montaña en el cual Jesús dice: "Tú en cambio, cuando ores, entra en tu habitación y, a puerta cerrada, ora al Padre tuyo en secreto; y el Padre tuyo, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6, 6)

*

Ambas novedades hacen diferente la jornada de Asís lanzada por Benedicto XVI respecto a la original de Juan Pablo II y sus subsiguientes ediciones, sea por parte del Papa, en 1993 y en el 2002, sea por parte de la Comunidad de San Egidio, casi una al año, la última en Munich el pasado setiembre.

Como cardenal, Joseph Ratzinger no participó en el encuentro de Asís de 1986. Nunca lo criticó en público, pero su ausencia fue interpretada como una toma de distancia de los equívocos que la iniciativa indudablemente produjo, dentro y fuera de la Iglesia católica.

Después del encuentro del 1986 nació una fórmula que encendía tanto el entusiasmo de una parte del mundo católico y como serias reservas de muchos otros: el "espíritu de Asís".

Juan Pablo II usó por primera vez esta fórmula poco después del primer encuentro de Asís y a continuación la volvió a utilizar de manera repetida.

Benedicto XVI, en cambio, ha hecho uso de ella muy de pasada: salvo error, no más de dos veces, y la primera vez precisamente para librarla de malas interpretaciones.

Era el mes de setiembre del 2006 y la Comunidad de San Egidio había lanzado su reunión interreligiosa anual precisamente en Asís, en el octavo centenario de la muerte de san Francisco.

Benedicto XVI, invitado a participar del encuentro, no aceptó. Pero escribió al obispo de Asís una carta, en concomitancia con la apertura del encuentro.

En su carta a cierto punto se lee:

"Para que no haya equívocos con respecto al sentido de lo que Juan Pablo II quiso realizar en 1986, y que se ha calificado con una expresión suya como 'espíritu de Asís', es importante no olvidar el cuidado que se puso entonces para que el encuentro interreligioso de oración no se prestara a interpretaciones sincretistas, fundadas en una concepción relativista.

"Precisamente por este motivo, desde el primer momento, Juan Pablo II declaró: 'El hecho de que hayamos venido aquí no implica intención alguna de buscar entre nosotros un consenso religioso o de entablar una negociación sobre nuestras convicciones de fe. Tampoco significa que las religiones puedan reconciliarse a nivel de un compromiso unitario en el marco de un proyecto terreno que las superaría a todas. Ni es tampoco una concesión al relativismo de las creencias religiosas'.

"Deseo reafirmar este principio, que constituye el presupuesto del diálogo entre las religiones que recomendó hace cuarenta años el concilio Vaticano II en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (cf. Nostra aetate, 2).

"Aprovecho de buen grado la ocasión para saludar a los exponentes de las demás religiones que participan en algunas de las conmemoraciones de Asís. Al igual que nosotros, los cristianos, también ellos saben que en la oración se puede hacer una experiencia especial de Dios y encontrar estímulos eficaces para trabajar por la causa de la paz.

"En este aspecto también es preciso evitar confusiones inoportunas. Por eso, también cuando nos reunimos para orar por la paz es necesario que la oración se desarrolle según los distintos caminos que son propios de las diversas religiones. Esta fue la opción que se hizo en 1986, y sigue siendo válida también hoy. La convergencia de personas diversas no debe dar la impresión de que se cae en el relativismo que niega el sentido mismo de la verdad y la posibilidad de alcanzarla".

*

Pero no es todo. Para comprender el significado que Benedicto XVI quiere dar a la jornada de Asís es necesario tener presente al menos otros dos hechos.

El primero es que en la víspera de la cita de Asís el Papa Ratzinger ha anunciado un "año de la fe". El Papa lo hará coincidir no sólo con los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II sino también y más aún con los veinte años de la inauguración de aquel abecedario de la doctrina de la fe que es el Catecismo de la Iglesia católica, audazmente querido por Juan Pablo II y todavía demasiado desatendido.

El lanzamiento del "año de la fe" va a la par paso a paso con otra decisión característica de este pontificado: la de la "nueva evangelización". Que no se refiere solamente a los países de antigua tradición cristiana investidos por la ola de secularismo, incluida América latina, sino también los lugares donde el cristianismo no ha llegado nunca, y que están necesitados de un nuevo impulso misionero.

Es evidente que este objetivo prioritario del pontificado de Benedicto XVI es incompatible con un "espíritu de Asís" que por amor de paz se traduzca en un desarme del anuncio de la fe en Cristo único Salvador.

*

Además, la pacífica reunión de Asís, de representantes de las religiones no elimina que en varias localidades del mundo los credos estén en conflicto y los cristianos en particular estén entre los que están más en peligro.

Dos hechos recientes son emblema de esta dramática realidad: la masacre de decenas de cristianos coptos en el Cairo por parte de extremistas musulmanes y del mismo ejército y el asesinato en Filipinas de un misionero, el padre Fausto Tentorio.

El abrazo de paz de Asís vale más con este trasfondo.

Así como valen otros signos de paz análogos. Uno de estos se ha tenido en Milán el pasado 21 de octubre.

Precisamente mientas en tantas ciudades del mundo se enardecían los "indignados", cuatro mil jóvenes recorrieron pacíficamente las calles de Milán para solicitar a los Estados iniciativas para los pueblos con hambre.

Y levantaban la imagen del padre Tentorio, el último de los mártires, una vida gastada por el anuncio del Reino de Dios a los pobres, un san Francisco de hoy.

17/10/11

PARA QUE ÉL REINE

De Jean Ousset
 
CRISTO REY


" Cuanto mayor es el indigno silencio con que se calla el dulce nombre de nuestro Redentor en las conferencias internacionales y en los Parlamentos, tanto más alta debe ser la proclamación de ese nombre por los fieles y la energía en la afirmación y defensa de los derechos de su real dignidad y poder."
S.S.Pío XI, Quas primas

CAPÍTULO I

Alfa y Omega



CRISTO REY, AUTOR Y FIN DE LA CREACIÓN

« En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y et Verbo era Dios. El estaba en el principio en Dios. Todas las cosas han sido hechas por El y nada de lo que existe ha sido hecho sin El » (1).


Pero si es principio del universo, el Verbo es también su Fin.

« Nada tiene esto de extraño escribe Dom Delatte (2). La primera « causa eficiente es también la última causa final; la armonía de las cosas quiere que el Alfa sea el Omega, principio y fin, y que todo se termine y vuelva finalmente a su primer principio. ¿Cómo no había de ser el heredero y el término de los siglos Aquél por quien los siglos comenzaron?»

Ya desde el segundo versículo de su Epístola a los Hebreos, San Pablo lo enseña vigorosamente. « Los términos son de una rigurosa precisión; nunca se ha hablado de este modo: es el mismo Hijo de Dios quien ha hecho los siglos y en quien los siglos terminan como en el heredero de su obra común: en verdad han trabajan, para El... » (3) «y que todas las cosas se acaben en El, que en el encuentren su término y su consumación, proviene de que el Padre le ha instituido heredero de todas las personas y cosas. Filiación y herencia van juntas: la una es consecuencia de la otra. Pero esta concepción de la herencia no quiere tan sólo decir que las almas y los pueblos son suyos; significa igualmente que toda la historia se orienta hacia El, que es el término de la creación, pero también « de la historia, que los sucesos se encaminan hacia El, que es el heredero del largo esfuerzo de los siglos, y que todos han trabajado para El.

¿Acaso Sócrates, Platón y Aristóteles no han pensado para El? ¿Es que la Iglesia no ha venido, a su hora, para recoger como bien suyo, como una riqueza preparada por Dios para ella, todo el fruto de la inteligencia antigua? ¿Para quién sino para la Iglesia, han hablado la ley y los profetas, la religión judía se ha desarrollado, las escuelas socráticas han discutido, la escuela de Alejandría balbuceado su « logos », los pueblos se han mezclado, los judíos han sido puestos en contacto sucesivamente con todas las grandes monarquías, el Imperio Romano adquirió su poderosa estructura?

El Señor es el heredero de todo; a El, primero en el pensamiento de Dios, se han ordenado todas las obras de Dios» (4).

Esto es lo normal, lo prudente. Porque un querer perfectamente ordenado quiere, desde el comienzo, el Fin (5). El orden consiste, pues, en que todo el universo gravite hacia el Verbo como hacia su término.

Y el Verbo, es Jesucristo nuestro Señor.


Dios quiere primero Su gloria.

«Dios quiere crear porque quiere Su glorificación fuera de Sí mismo. Y queriendo Su glorificación exterior, El quiere, en primer lugar y principalmente, lo que, en la historia actual de la humanidad es el primero y universal medio de procurarla: la Encarnación Redentora, obra de Cristo, cumplida con la cooperación de Su Madre. Así Jesús y María son principalmente queridos por Dios como aquellos de quienes dependen todas sus otras obras... Tienen sobre la Creación « entera la preeminencia y una verdadera realeza... (6) .

Frecuentemente se representa al Creador en la obra de los seis días, trabajando en función del hombre... Esto es cierto. Pero el primer hombre y la primera mujer para quienes prepara estas maravillas no son Adán y Eva, son Jesucristo y María.

En la historia del mundo, Adán y Eva están bajo la dependencia de Jesús y de María, por quienes ellos y sus descendientes han recuperado la Gracia. Jesús y María son, en efecto y en el orden actual de las cosas, los primeros en la intención divina y las verdaderas cabezas de la humanidad » (7).

CRISTO ES REY


Por tanto, Jesucristo es Rey.

«No hay—escribe Monseñor Pie—ni un profeta, ni un evangelista, «ni uno de los apóstoles que no le asegure su cualidad y sus atribuciones de rey. »

«Un niño nos ha nacido y un hijo nos ha sido dado », escribe Isaías en su visión profética. « El imperio ha sido asentado sobre sus hombros... » Daniel es aún más explícito: « Yo miraba en las visiones de la noche y he aquí que, sobre las nubes, vino como un Hijo de hombre; él avanzó hasta el anciano y le condujeron ante él. Y éste le dio el poder, gloria y reinado, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominación es una dominación eterna que no acabará minea y su reino no será nunca destruido... »

Pero en este sentido podría invocarse toda la Sagrada Escritura y la Tradición toda. La unanimidad es absoluta.

«Príncipe de los reyes de la tierra» le llama San Juan en el Apocalipsis, y sobre sus vestiduras como sobre El mismo, pudo leer el Apóstol: «Rey de los reyes y Señor de los señores. »

CRISTO ES REY UNIVERSAL


Por tanto, Jesucristo es Rey.

Rey por derecho de nacimiento eterno, puesto que es Dios...

Rey por derecho de conquista, de redención, de rescate.

Y esta realeza se comprende que es universal. Nada, en efecto, puede ser más universal, más absoluto que esta realeza, puesto que Cristo es, El mismo, el principio y el fin de toda la Creación.

Para que no quepa duda alguna, no obstante, Nuestro Señor se cuidó de precisar: «Omnia potestas data es mihi in coelo et in térra.» «Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra.»

En el cielo y en la tierra..., que es como decir: en el orden sobrenatural y en el orden natural.

«Ahí está efectivamente, escribe Monseñor Pie, el nudo de la cuestión... No olvidemos ni permitamos que se olvide lo que nos enseña el gran Apóstol: que Jesucristo después de haber descendido de los cielos, ha ascendido a ellos, a fin de cumplir todas las cosas: ut impleret omnia. No se trata de su presencia en cuanto Dios, puesto que esta presencia ha existido siempre, sino de su presencia como Dios y hombre a la vez. De hecho Jesucristo se halla, desde entonces, presente en todo, así en la tierra como en el cielo; llena el mundo con su nombre, su ley, su luz, su gracia. Nada existe fuera de su esfera de atracción o de repulsión; ninguna cosa, ni ninguna persona, pueden serle del todo extrañas e indiferentes; se está con El o contra El; ha sido colocado como piedra angular: piedra de edificación para unos, piedra de tropiezo y de escándalo para otros, piedra de toque para todos. La historia de la humanidad, la historia de las naciones, la historia de la paz y de la guerra, la historia de la Iglesia sobre todo, no es sino la historia de Jesús que todo lo colma: ut impleret omnia » (8).

«Ni en su persona, ni en el ejercicio de sus derechos, puede ser Jesucristo dividido, disuelto, fragmentado; en El, la distinción de las naturalezas y de las operaciones no puede ser jamás la separación, la oposición; lo divino no puede repugnar a lo humano, ni lo humano a lo divino. Al contrario, El es la paz, la aproximación, la reconciliación; es el engarce que de dos cosas hace una... Por eso San. Juan nos dice: « Todo espíritu que disuelve a Jesucristo no es de Dios, sino que es justamente ese anticristo de quien habéis oído que está para llegar y que al presente se halla ya en el mundo...» Así cuando yo oigo, concluye Monseñor Pie, ciertos rumores que crecen, ciertos aforismos que prevalecen de día en día y que introducen en el corazón de las sociedades, el disolvente bajo la acción del cual debe perecer el mundo, lanzo este grito de alarma: guardaos del anticristo» (9).


CRISTO ES REY TODOPODEROSO


Sí, todo poder ha sido dado a Cristo en el cielo y en la tierra.

Esta verdad está en la base misma del catolicismo.

La encontramos en las epístolas y los discursos de San Pedro. La volvemos a encontrar, subyacente en toda la enseñanza de San Pablo. Su fórmula «non est potestas nisi a Deo», no es, en el fondo, otra cosa que la expresión de la misma idea, de una manera más particular.

Jesucristo ha pedido y su Padre le ha concedido. Todo desde entonces le ha sido entregado. Está a la cabeza y es el jefe de todo, de todo sin excepción. « En El y rescatados por su sangre», escribía San Pablo a los Colosenses (10), «tenemos la redención y la remisión de los pecados; que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en El fueron creadas todas las cosas del Cielo y de la Tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades; todo fué creado por El y para El. El es anterior a todo y todo subsiste en El. El es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. El es el principio, el primogénito de los muertos; para que tenga la primacía sobre todas las cosas. Y plugo al Padre que en El habitase toda plenitud de la divinidad y por El reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su Cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo en Jesucristo Nuestro Señor». Tal es la enseñanza del Apóstol.

«No establezcáis, pues, en modo alguno excepción allí donde Dios no ha dejado lugar a la excepción, exclama monseñor Pie. El hombre individual y el jefe de familia, el simple ciudadano y el hombre público, los particulares y los pueblos, en una palabra, todos los elementos de este mundo terrestre, cualesquiera que sean, deben sumisión y homenaje al nombre de Jesús».

CRISTO ES REY DE LAS NACIONES


Jesucristo rey universal... y, por tanto, rey de los reyes, rey de las naciones, rey de los pueblos, rey de las instituciones, rey de las sociedades, rey del orden político como del orden privado.

Después de lo que se acaba de decir, ¿cómo se concibe que pueda ser de otro modo?

Si Jesucristo es rey universal, ¿cómo podría esa realeza no ser también realeza sobre las instituciones, sobre el Estado: realeza social? ¿Cómo se la podrá llamar universal sin ella?

Si las discusiones son tan vivas sobre este punto, es porque tocamos el terreno de aquel a quien la Escritura llama precisamente «el príncipe de este mundo». He aquí que perseguimos al dragón hasta su último reducto, que lo acosamos donde pretende hacer su guarida... ¿qué hay de extraño que redoble la violencia escupiendo llamas y humo para intentar cegarnos?

¡Cuántos se dejan engañar!

«Hay hombres en estos tiempos, observaba ya monseñor Pie, que no aceptan y otros que sólo aceptan a duras penas los juicios y decisiones de la Iglesia... ¿Cómo dar el valor de dogma (dicen o piensan) a enseñanzas que datan del «Syllabus» o de los preámbulos de la primera constitución del Vaticano?

Tranquilizaos, responde el obispo de Poitiers, las doctrinas del «Syllabus» y del Vaticano son tan antiguas como la doctrina de los apóstoles, de las Escrituras... A quienes se obstinan en negar la autoridad social del Cristianismo, San Gregorio Magno da la respuesta (11). En el comentario del Evangelio en que se cuenta la Adoración de los Magos... al explicar el misterio de los dones ofrecidos a Jesús por estos representantes de la gentilidad, el santo doctor se expresa en estos términos:

Los Magos—dice—reconocen en Jesús la triple cualidad de Dios, de hombre y de rey. Ofrecen al rey oro, al Dios incienso, al hombre mirra. Ahora bien—prosigue—, hay algunos heréticos: sunt vero non nulli hoeretici, que creen que Jesús es Dios, que creen igualmente que Jesús es hombre, pero que se niegan en absoluto a creer que Su reino se extiende por todas partes: sunt vero nonnulli hoeretici, qui hunc Deum credunt, sed ubique regnare nequaquam credunt.

Hermano mío, continúa Monseñor Pie, dices que tienes la conciencia en paz, y al aceptar el programa del catolicismo liberal, crees permanecer en la ortodoxia, ya que crees firmemente en la divinidad y humanidad de Jesucristo, lo que basta para considerar tu cristianismo inatacable. Desengañaos. Desde el tiempo de San Gregorio, había «algunos heréticos» que, como tú, creían en esos dos puntos; pero su herejía consistía en no querer reconocer en el Dios hecho hombre una realeza que se extiende a todo... No, no eres irreprochable en tu fe, y el Papa San Gregorio, más enérgico que el «Syllabus», te inflige, la nota de herejía, si eres de los que considerando un deber ofrecer a Jesús el incienso, no quieren añadirle el oro... » (12), es decir, reconocer y proclamar Su realeza social.

Y, en nuestros días, Pío XI, con particular insistencia ha querido recordar al mundo la misma doctrina en dos encíclicas especialmente escritas sobre este tema: Ubi Arcano Dei y Quas Primas.

Esta es, pues, la enseñanza eterna de la Iglesia, y no una determinada prescripción de detalle, limitada a una sola época. En los comienzos de la Era Cristiana, como más tarde, lo relativo a la conducta ha podido venir a mezclarse con lo relativo a los principios. «Pero el derecho, señala Monseñor Pie (13), el principio del estado cristiano, del príncipe cristiano, de la ley cristiana, que yo sepa jamás han sido discutidos hasta estos últimos tiempos, ni escuela católica alguna pudo nunca entrever en su destrucción un progreso y un perfeccionamiento de la sociedad humana…», como hoy se oye repetir tantas veces.

NOTAS:

1 Comienzo del Evangelio de San Juan.
2 Dom Paul Delatte, Les èpitres de saint Paul, t. II, p. 288.
3 Dom. Paul Delatte, idem, p. 287.
4 Idem, p. 287-8.
5 ...quiere, ante todo, el fin, en el orden de la intención. El enfermo quiere, en primer lugar, curarse; tal es su intención. Para esto tomará la medicina... «Finís primun in intentione, ultimatum in executione». «El fin primero en el orden de la «intención, es el último en el orden de la realización».
6 San Francisco de Sales...: Dios «eligió crear a los hombres y a los Ángeles como para acompañar a su Hijo, participar de sus gracias y de su gloria y adorarle y alabarle eternamente». (Traité de l'Amour de Dieu, t. II, cap. IV, página 100.)
7 René Marie de la Broise, «Etudes-» de los Padres jesuitas, t. LXXIX, 301.
8 Op. cit., t. V, p. 166.
9 Card. Pie, Œuvres, t. IV, p. 588 (cit. San Juan: 1.a Epístola. IV. 3). 
10 Epístola de San Pablo a los Colosenses, I, 12-20 ... Epístola de la Fiesta de Cristo Rey.
11 Excelente ocasión para destacar cuán perfectamente ilustra este pasaje la doctrina de Pío XII en Humani Generis. «Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las Encíclicas no exijan, de por sí nuestro asentimiento, pretextando que los «Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su Magisterio. «Pues son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: El que a vosotros oye, a Mí me oye, y, la mayor parte de las «veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece—por otras razones— « al patrimonio de la doctrina católica... »
12 Op. cit., t. VIII, p. 62 y 63.
13 Op. Cit., t. V, p. 179-180.
(Fragmento)
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