28/11/12

VOLVER A NACER

Del segundo nacimiento
Cuando Nicodemo vino a Nuestro Señor aquella noche y le reconoció como maestro enviado por Dios, Él le respondió con algo insólito, algo desconcertante: “En verdad, en verdad te digo: si uno no fuere engendrado de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”

¿De qué me está hablando este maestro?- Pensaría Nicodemo- ¿Qué es esto de nacer de nuevo? ¿Acaso puede el hombre volver al vientre de su madre y volver a nacer? ¿Qué es esta cosa que me dice? Jamás oí cosa semejante en Israel. Ni siquiera de sus más grandes maestros. Tampoco recuerdo haber leído nada semejante en Moisés ni en la ley.

Por eso Nicodemo le respondió: “¿Cómo puede un hombre nacer si ya es viejo? ¿Acaso puede entrar segunda vez en el vientre de su madre y nacer?” Y Jesús le dijo: “En verdad, en verdad te digo: quien no naciere de agua y Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te haya dicho: es necesario que nazcáis de nuevo”……Y Nicodemo, más desconcertado aún, le respondió: “¿Cómo puede ser eso?” Respondió Jesús y le dijo: “¿Tú eres maestro de Israel, y esto no sabes?” (Jn. 3,1-10)

Un maestro de Israel, como creía de sí mismo Nicodemo, no sabe esto, esto que le dice con tanta autoridad Jesús, esto que no entiende. Y no lo entiende en su crudo sentido carnal pues no es éste precisamente el sentido en que le habla el Señor. “El hombre carnal no entiende las cosas del Espíritu” (I Cor. 2, 14), como dirá más tarde San Pablo, inspirado por el mismo Espíritu Santo.

Este segundo nacimiento debe darse en el hombre, debe darse en la vida del hombre. Está el nacimiento del agua, el nacimiento del bautismo, pero es preciso también el nacimiento del espíritu. El nacimiento del bautismo nos limpia del pecado original y nos incorpora a la Iglesia, al cuerpo místico de Cristo, pero es necesario que conjuntamente se produzca también el nacimiento del Espíritu. Si esto, por alguna razón no se da así es preciso que en algún momento de la vida se complete con ese segundo nacimiento según el Espíritu. Podemos ser bautizados de niños y recibir allí las gracias necesarias para una vida santa según el Espíritu, pero también podemos, como comúnmente ocurre, que la vida religiosa que llevamos desde niños se convierta en una rutina, en una costumbre casi exterior- cuando no del todo exterior- en un mero cumplimiento de ritos y preceptos que van perdiendo paulatinamente su vida y sentido, en una repetición rutinaria, mecánica, no viva, en donde la convicción intelectual no está alimentada como debiera, donde el crecimiento físico no es acompañado, a un mismo ritmo, por el crecimiento espiritual.

“Y Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.” Dice San Lucas, en su Evangelio, (Luc. 2,52) hablando de Jesús niño. Y, hablando de la infancia de San Juan Bautista: “Y el niño crecía y se robustecía en el espíritu”… (Luc. 1, 80)

También San Pablo en una de sus epístolas les dice a los cristianos que es preciso y necesario el crecimiento interior diciéndoles que cuando uno es niño solo puede beber leche y comer comida de niño, pero, a medida que nos aproximamos a la adultez, el alimento debe ser sólido, es decir, adecuado a un adulto. “Y yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Leche os di a beber, no manjar sólido, pues todavía no erais capaces.” (I Cor. 3, 1-2)

El crecimiento exterior del cuerpo debe ir acompañado de un crecimiento interior espiritual. Y puede requerirse para ello, para que esto sea posible, en algunos casos- ¿o en muchos?- una muerte y una resurrección; una muerte y un nuevo nacimiento; una caída en la oscuridad más profunda para acceder a una subida a la luz.

Muchos maestros espirituales hablaron de esto en diversas formas, especialmente San Juan de la Cruz, cuando nos habla de la noche del espíritu, en su “Subida al monte Carmelo” y en “La noche oscura”. Alguien dirá que no es del segundo nacimiento de lo que habla allí San Juan de la Cruz, pero, si se fijan bien, verán que hay una profunda correspondencia. Aunque, en otro sentido, se pueda hablar, también, de grados en la vida espiritual (que es de lo que propiamente está hablando San Juan de la Cruz). Pero, aquí podemos hablar también, en un sentido diverso, de estadios, pues de un estadio de vida espiritual más exterior, se pasa, de un salto, a un estadio más elevado y profundo. Porque se trata de una conversión, de un cambio de dirección en profundidad.

Si no hemos vivido este segundo nacimiento debemos pedírselo al Padre, como nos enseñó Nuestro Señor:”Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad a golpes y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama a golpes se le abre. Y ¿a quién de vosotros que sea padre, le pedirá su hijo un pan… ¿por ventura le dará una piedra? O también un pescado… ¿por ventura en vez de pescado le dará una serpiente? O si le pide un huevo, ¿por ventura le dará un escorpión? Si, pues, vosotros, malos como sois, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidieren?”(Luc. 11,9-13).

Otra consideración que debemos hacer es aquella de hacer notar que hay tantas y tan distintas formas de alcanzar este nuevo, o segundo nacimiento, como personas existen, con sus distintos temperamentos y aptitudes. Tal vez un hecho externo, una experiencia determinada, un dolor, una lectura, el conocimiento de una persona, etc. puedan ser ocasión (¡Ojo! “ocasión”, no “causa”) de hacer posible este nuevo nacimiento. Puede ocurrir en edad temprana, en la juventud, en la madurez; puede ocurrir inesperadamente; pueden tardarse años. Creo que fue el poeta Paul Claudel quien tuvo una iluminación de esta naturaleza al entrar a la catedral de Notre Dame mientras se celebraba una Misa. El escritor Giovanni Pappini se convirtió, ateo y líder socialista como era, mientras le tomaba lecciones de catecismo a su sobrinita. Dicen de Gilbert Keith Chesterton que fue ocasión de su conversión la muerte de su hermano en la primera gran guerra. Y, así, podríamos enumerar muchísimos casos de los más diversos, como también aquellos otros menos espectaculares, por decir así, que llevaron años de penosa preñez. Pero este segundo nacimiento debe darse porque sin él “no podremos ver el reino de Dios.”

El reino de Dios reside en lo profundo de nosotros mismos, no en actos meramente exteriores, como tantas veces recalcó Jesús a los jefes religiosos de su tiempo. “No penséis que vine a destruir la Ley o los Profetas: no vine a destruir sino a dar cumplimiento” (Mat. 5, 17) es decir, real y verdadero cumplimiento, “en espíritu y en verdad” (Jn. 4, 23) como le dijo a la samaritana. Cristo nos trajo la interiorización de la ley. “Mirad que el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc.17, 21) no precisamente fuera. El segundo nacimiento es un nacimiento hacia el interior. La religión puramente externa es el fariseísmo, es la muerte de la religión, es la falsificación de la religión, es el pecado contra el Espíritu Santo.

El que encuentra es porque ha estado buscando, tal vez sin estar claramente consciente de ello, a veces sin saber realmente la meta final de su búsqueda, pero la revelación de este enigma se resuelve luminosamente como un descubrimiento, como un hallazgo, como un maravilloso encuentro con aquello que más anhelaba en lo más íntimo de su ser y con todo su ser, y, como dijo Nuestro Señor, como un tesoro hallado en un campo mientras se cavaba sin saber; como una perla preciosa por la cual uno vende todo cuanto tiene para conseguirla. (Mt. 13,44-45) Vender todo lo que uno tiene es abandonar como inservible e inútil todo lo que se valorizó como un tesoro hasta entonces. Es dejar un falso y equivocado amor, por uno verdadero. Muchos de los ejemplos mencionados antes tienen su iluminación en esto. La ocasión de que hablábamos antes no es más que el reconocimiento de aquello que con toda el alma andábamos buscando. Un hecho cualquiera que nos toca en el momento preciso toma la forma adecuada de nuestra búsqueda; se transforma en el símbolo que trasciende todas las palabras. Lo indecible, lo inefable, se nos revela como la clave de todas las cosas. Allí se produce el “clic”, el encastre justo en donde todo toma sentido, un sentido nuevo de todas las cosas. Allí muere todo lo que poseíamos hasta entonces, y muere como un vestido viejo. “…Si uno está en Cristo, es una nueva creación. Lo viejo pasó: mirad se ha hecho nuevo.”(II Cor. 5, 17) La luz ha venido al mundo.

Cristo no usó de palabras o de conceptos abstractos para describirnos el reino de los cielos, la inhabitación del Espíritu en nosotros, sino que usó de símbolos y de figuras, de parábolas y, aún, de los ejemplos luminosos de sus milagros: resucitando muertos, dando vista a los ciegos y haciendo andar a los paralíticos.

El segundo nacimiento es una resurrección. “En verdad, en verdad os digo que se llega la hora, y es ésta, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán.”(Jn. 5,25). Cristo nos trae la novedad de la gracia, la buena noticia de la gracia. La gracia hace posible el cumplimiento de la ley, que era muerte para los judíos. Pero, además, Cristo nos trae una nueva ley: la ley del amor, que supera, perfecciona y trasciende a la ley de Moisés. Cristo nos trae la interiorización de la ley transfigurada por la ley del amor. Cristo nos revela que Dios es Padre. Cristo nos revela que “Dios es Amor.”(I Jn. 4, 8). 

El nuevo nacimiento por la fe y el abandono a la gracia se produce en el instante del abandono de nuestro yo, en la renuncia a nuestra propia vida, a nuestra propia e ilusoria voluntad. Y éste es el primer acto de verdadero amor, que es renuncia y olvido del propio yo. Y éste olvido del propio yo produce la paradoja de hallar a aquel Yo que es más yo que yo mismo, produce la unión con Dios.

“Pero vivo…no ya yo, sino Cristo vive en mí.” (Gal. 2, 20) Llegó a decir San Pablo.

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; mas si muere, lleva mucho fruto.” (Jn. 12, 24)

“Quien quisiere poner a salvo su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por causa de mí, la hallará. Pues ¿qué provecho sacará un hombre si ganare el mundo entero, pero perdiere su alma?” (Mt. 16, 24-26)
“¡Lázaro, ven afuera!” (Jn. 11,43) 

Ariel Marthe 

Publicado en STAT VERITAS 

13/11/12

SAN JOSÉ, CUSTODIO DE LOS CORAZONES DE JESÚS Y MARÍA


Leído en corazones

San José Custodio de los Dos Corazones

Por Hna. María José Socías, sctjm


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Cuando hablamos de San José, hay un silencio que envuelve a su persona; silencio que vivió toda su vida. Su misión fue, después de la Santísima Virgen María, la mas importante que Dios le haya encomendado a criatura alguna, y al mismo tiempo la mas escondida: salvaguardar "los tesoros de Dios" --Jesús y María--y proteger con su silencio, presencia y santidad el misterio de la Encarnación y el misterio de la Santísima Virgen María.
En la primera venida del Hijo de Dios al mundo, las vidas de María y José fueron radicalmente escondidas; ahora --en estos momentos tan difíciles de la historia-- han salido a relucir para dar a los hombres testimonio del amor de Dios por la humanidad, y de lo que hace en los corazones de aquellos que son fieles a Su voluntad. Y así vemos como se ha despertado en estos tiempos, un nuevo interés en la persona de San José, en su santidad, en su misión y en su intercesión.
Los papas y San José: el Papa León XIII escribe "Quamquam Pluries" reafirmando su patrocinio sobre toda la Iglesia. El Papa Pío XII instaura la fiesta de San José, Obrero, el día 1 de mayo. Papa Juan Pablo II escribe"Redemptoris Custos"; habla de la misión de San José especialmente en estos tiempos donde la Iglesia enfrenta grandes peligros. De manera particular, Dios quiere hacer relucir la persona y misión de San José en su relación con los Sagrados Corazones de Jesús y María. La primera indicación de ello fue dada en las apariciones de la Virgen de Fátima, en Portugal. En la última aparición de la Virgen, el 13 de octubre, San José aparece junto con el Niño Jesús y bendice al mundo. Sor Lucía, la principal vidente, relata lo sucedido:
"Mi intención [en gritar a la gente que miraran hacía arriba,]no era llamarles la atención hacia el sol, porque yo no estaba consciente de su presencia. Fui movida a hacerlo bajo la dirección de un impulso interior. Después que Nuestra Señora había desaparecido en la inmensidad del firmamento, contemplamos a San José con el Niño Jesús y a nuestra Señora envuelta en un manto azul, al lado del sol. San José y el Niño Jesús aparecieron para bendecir al mundo, porque ellos trazaron la Señal de la Cruz con sus manos. Cuando un poco mas tarde, esta aparición desapareció, vi a nuestro Señor y a la Virgen; me parecía que era Nuestra Señora de los Dolores. Nuestro Señor apareció para bendecir al mundo en la misma manera que lo hizo San José. Esta aparición también desapareció y vi a Nuestra Señora una vez mas, esta vez como Nuestra Señora del Carmen."
Ese día en Fátima se hicieron presente los Dos Corazones y San José. Dios nos revela los Corazones de Jesús y María pues ellos son la esperanza de la humanidad. Es el amor y la misericordia de estos Dos Corazones la que salvara al mundo del pecado y de la muerte. Pero el misterio de la presencia de San José revela que, unido al amor de los Dos Corazones, Dios espera y busca el amor y la respuesta del hombre para con su hermano. El hombre, con su amor, intercesión y reparación, sumergidos en el amor de Jesús y María, también debe alcanzar gracias de conversión para la humanidad. Dios salvará la humanidad por medio del amor: el amor de Jesús y María y de todos aquellos que, como San José, se unan y vivan dentro de este amor.
I. La Unión del Corazón de San José con los Dos Corazones
Así, como por designio de Dios, el Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen está unido "indisolublemente al Corazón de Cristo", de manera que estos Dos Corazones permanecieran unidos para siempre y por ellos nos llegara la salvación, así mismo, por designio de Dios, el corazón que mas de cerca vive en alianza con éstos Dos Corazones es el corazón de San José.
Cuando contemplamos el corazón de San José, contemplamos un corazón puro, que dirige todos sus afectos y acciones hacia aquellos que le fueron encomendados, cuya grandeza él supo leer y entender. Todos los movimientos del corazón de San José tenían un solo objetivo: el amor de los Dos Corazones. Por ellos trabajó; por ellos obedeció; por ellos sufrió; a ellos los defendió y protegió sin interrupción. Su vida era para amar, consolar, proteger y cuidar a los Dos Corazones. Hay que recordar que San José no era Dios hecho hombre, ni tampoco fue concebido inmaculado; el nació con el pecado original igual que todos nosotros. Pero su corazón se hizo uno con el Corazón de María y a través de ella, con el Sagrado Corazón de Jesús. Veamos como se da en San José esta misteriosa unidad.
El Corazón de San José unido al Corazón de María, su Esposa
El corazón de San José vivió en plena comunión con el Inmaculado Corazón de María. Ella fue para el, igual que lo es para todos nosotros, el camino que lo condujo al misterio del Dios hecho Hombre. En el sueño del ángel, oyó éstas palabras: "No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo nacido de ella es del Espíritu Santo." (Mt 1: 20) Con esto, es introducido no solamente en el misterio de la Encarnación, sino también en el misterio del corazón excepcional de la Virgen Santísima, escogida para ser Madre de Dios. San José se dio cuenta que el Mesías y Salvador, tan esperado por su pueblo, había de llegar al mundo a través del seno maternal de María, la mujer a quien Dios le había dado por esposa.
¿Cuál fue la respuesta de San José? "Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomo consigo a su mujer" (Mt 1:24). En otras palabras, San José se consagrá a María, a su persona, a su corazón, y a su misión. Accedió a la voluntad de Dios quien designó que el, y todo el genero humano, había de recibir al Redentor por manos de María. Mucho mas que todas las generaciones que llamarán bendita a la Virgen por las maravillas que Dios ha hecho en ella (cf. Lc 1:48-49), San José las supo ver, ponderar, y amar, levantandose así en su corazón, un profundo deseo de protegerla.
San José vivó en perfección la consagración al Inmaculado Corazón de María. Es él, el perfecto devoto de la Virgen, y nosotros debemos aprender de él. El es el primer ejemplo del mensaje que San Juan Eudes escuchó del Corazón Eucarístico de Jesús: "Te he dado este admirable Corazón de Mi Madre, que es Uno con el Mío, para ser Tu verdadero Corazón también...para que puedas adorar, servir y amar a Dios con un corazón digno de su Infinita Grandeza".
Debemos pedirle que nos enseñe como amar con todo nuestro corazón a la Santísima Virgen, a quien amó con todas las fuerzas de su corazón y de quien recibió, con profundo agradecimiento, el Sagrado Corazón de Jesús, el Salvador.
El Corazón de San José unido al Corazón de Jesús
Después del de la Virgen, el corazón de San José es el que mas cerca estuvo del Corazón del Redentor. San José amaba con verdadero amor paternal a Cristo. Su corazón estaba unido de tal forma al de Jesús, que mucho antes que San Juan se recostara sobre el pecho del Señor, ya San José conocía plenamente los latidos del Corazón de Cristo y aún mas, Cristo conocía perfectamente los latidos del corazón de su padre virginal, puesto que toda su niñez la pasó recostado del pecho de su padre, San José.
En esta comunión de "corazón a Corazón", ¿qué secretos insondables habrá descubierto San José en el Corazón de su Hijo? El Ángel le había revelado en sueño que el Hijo de María era quien "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1:21). Entendió que el Corazón del Emmanuel era un corazón humilde, misericordioso y redentor. Era el Corazón de Dios, formado por el Espíritu Santo, que vino a salvar a su pueblo. No para una salvación meramente temporal, sino mucho mas profunda; era la salvación del mal que había entrado en el corazón humano: el egoísmo, el desamor, la división, la injusticia.... el pecado.
Estos secretos insondables fueron conocidos plenamente por San José, por la intimidad de contemplación de los corazones de Jesús y María. Lo encontramos al lado de la Santísima Virgen en los misterios gozosos del Santo Rosario. Al convivir y contemplar lo que se desarrollaba en la vida de Jesús y en la vida de su esposa, su corazón crecía en admiración y amor a Dios y en ardientes deseos de participar plenamente en su obra.
II. San José y el Triunfo de los Dos Corazones
La presencia de San José en dos de las apariciones de la Santísima Virgen aprobadas por la Iglesia --Knock y Fátima-- muestran el deseo de Dios de que se reconozca a San José. En la aparición de Fátima vemos como Dios no dejó duda alguna de la importancia de San José en su plan para la conversión del mundo a través del Inmaculado Corazón de María. Fue la misma Virgen María la que anunció, en su aparición del día 13 de septiembre, de que en octubre no solo haría un milagro para que todo el mundo creyera, sino que San José vendría con el Niño Jesús a bendecir al mundo. La Virgen le dijo:
"Continúen rezando el rosario para obtener el fin de la guerra. En octubre, Nuestro Señor vendrá, así como nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen. San José aparecerá con el Niño Jesús y bendecirá al mundo."
¿Por qué Dios hizo de la presencia de San José en Fátima, un elemento visible en el misterio del triunfo que se avecina? Porque San José es el modelo para toda la humanidad de unión con los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Y ademas, lo que fue su misión en la tierra, continúa siendolo en el cielo: él fue y es el protector de los Dos Corazones. Él protegió el Corazón Inmaculado de María y el Sagrado Corazón de Jesús, que latía en el seno de la Virgen. Los protegió celosamente y por eso ellos triunfaron en su corazón. ¿Cómo no va a ser ahora quien los proteja, asegurando su triunfo en los corazones de todos los hombres?
San José, dado como protector de los Dos Corazones en el principio, es ahora encomendado por Dios como protector de toda la familia humana. De forma particular, San José es protector de todos aquellos que aman a los Dos Corazones, que se han unido a ellos y que promueven su pronto Reinado en la humanidad.
Es San José el que enseña de forma mas plena a los apóstoles de los Dos Corazones, a tener plena unidad interior con el corazón de Jesús y el de María, porque fue precisamente él, el tercer corazón, que se unió a ellos en amor, en servicio y en fidelidad.
Son los apóstoles de los Dos Corazones los que de una manera nueva deben acogerse a la protección de San José y pedirle a él que les enseñe a amar, a servir, a sacrificarse y a permanecer unidos a éstos Dos Corazones como él lo hizo toda su vida.
¡San José, Custodio de los Dos Corazones.... Ruega por nosotros!

28/10/12

EN LA FIESTA DE CRISTO REY


Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús

(para ser rezada en la Fiesta de Cristo Rey)
Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser: y afin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón.
Muchos, por desgracia, jamás os han conocido: muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón santísimo.
Oh Señor, sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, porque no perezcan de hambre y de miseria.
Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos: devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.
Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría o del Islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino.
Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos bautismo de redención y de vida, la Sangre que un día contra sí reclamaron.
Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confin de la tierra no resuene sino esta voz: “Alabado sea el Corazón Divino, causa de nuestra salud; a El se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Así sea.

21/10/12

EL CORAZÓN


Corazón


Fuente: www.Almundi.org


Aunque el corazón es un símbolo de extraordinaria riqueza, los diversos conceptos que hay de él podrían resumirse básicamente en dos: uno que llamaremos “débil” o moderno, y otro “fuerte” o clásico.

a) Concepto débil


Consiste en tomar al corazón como símbolo de la “afectividad” en general, entendida ésta como “conjunto de estados anímicos”, sin más precisiones. Es una noción cómoda y poco crítica, pues engloba por igual experiencias muy heterogéneas sin necesidad de distinguirlas. Por sus connotaciones psicológicas, además, tendría la ventaja de librar a la palabra “corazón” de romanticismos y fantasías, que la Modernidad desdeña como cosa de mujeres y niños. Este “corazón psicológico” está en consonancia con el racionalismo liberal, rasgo dominante de nuestra cultura, y también es típico de aquellas doctrinas éticas excesivamente ligadas a la Medicina. Así, cuando se habla del corazón como “sede de los sentimientos” se suele hacer abstracción de la realidad que éstos revelan, del fin a que apuntan o del fondo de que nacen; los sentimientos serían aprovechables pero no descifrables; cabría usarlos pero no leerlos; domesticarlos, pero no entenderlos. Este corazón-afectividad supone a los sentimientos mudos y opacos de por sí, “masa psíquica humanamente neutra”, cuyo valor ético les sobrevendría desde fuera por parte de la razón, como mano que modela la arcilla. Vistos así, lo importante sería su ductilidad más que su autenticidad, es decir, su aptitud para ser modelados más que su grado de transparencia: habría que usarlos como herramienta más que como ventana, pues a través de ellos no cabría ver más que espejismos o frivolidades.

En este planteamiento subyace una antropología dualista, cuyas raíces modernas son básicamente el racionalismo cartesiano y el puritanismo protestante, aunque también se debe al intelectualismo de fondo propio de toda la cultura occidental desde sus albores. Me refiero a la proverbial oposición entre cabeza y corazón, que en la práctica suele traducirse en discriminación hacia la mujer. En este sentido escribe Rafael Alvira: “La dialéctica entre la cabeza y el corazón está documentada en la historia del pensamiento al menos desde el siglo V antes de Jesucristo... La filosofía ha sido siempre construida y desarrollada en forma predominantemente ‘masculina’, puesto que, en la mencionada disputa, la simbología ha colocado también al hombre en la cabeza y a la mujer en el corazón” (Filosofía de la vida cotidiana, p. 100).
Este corazón entendido como afectividad se revela problemático apenas lo relacionamos con las dos potencias del alma, entendimiento y voluntad. Respecto a ellas nos vemos abocados a una disyuntiva: o bien relegamos la afectividad a la esfera de lo físico, como quiere el racionalismo, o bien la erigimos como una “tercera potencia” espiritual, que entiende y quiere a su manera. Esta última es la postura de insignes autores como Hildebrand, Stein, Guardini y Haecker, que siguen la línea de Pascal (“el corazón tiene razones que la razón no conoce”).

Parece más acertado, sin embargo, y más acorde con la tradición literaria, patrística y bíblica, entender el corazón no como una “tercera potencia” sino como un modo peculiar de entender y querer, más aún, el modo plenamente humano, en la misma medida en que es integrador, concreto, personalista y existencial. Estas son precisamente las notas que caracterizan al que hemos llamado “concepto fuerte” de corazón.

b) Concepto fuerte


El concepto débil descrito anteriormente es extraño a la gran tradición literaria de todos los tiempos, que es tanto como decir a la experiencia amorosa del hombre concreto. Para esta tradición y en particular para la Biblia, el corazón no es tanto afectividad como intimidad, siendo la intimidad el sentido de la afectividad: su verdad, su lógica, su fin. Ello implica reconocer en los sentimientos cierta “transparencia”, fundada en la unión substancial (córpore et ánima unus), por la cual las realidades más netamente espirituales comparecen sensiblemente: la vocación, la gracia, la fe, el compromiso, el pecado, etc. Esta misteriosa compenetración entre cuerpo y espíritu está al servicio del amor: en ella nos vivimos completamente libres para el don total de nuestra persona. En otras palabras, el corazón es tanto más auténtico cuanto más orientado a la comunión amorosa, pues el amor lo acrisola y afina. Obviamente el pecado empaña esta transparencia, y su amenaza es constante e insidiosa.

Desde el punto de vista ético, por consiguiente, es menester combinar la ascesis de los sentimientos con su atenta “lectura” a la luz de la reflexión, el diálogo, la oración y el acompañamiento espiritual: en una palabra, cultivando la interioridad. Este nexo entre dominio e interpretación de los sentimientos se encuadra en la gran tradición espiritual del cristianismo –que en este punto diverge netamente de la oriental– según la cual la lucha interior se abre de modo natural a la contemplación, y la ascética, a la mística.

Sólo en esta perspectiva es posible un sutilísimo discernimiento, imprescindible en la buena amistad, para deslindar nociones aparentemente afines, pero realmente distantes, tales como sensibilidad y sensiblería, intimidad y privacidad, franqueza e insolencia, ternura e infantilismo, fortaleza y dureza, romanticismo y cursilería, elegancia y afectación, misericordia y debilidad, lo femenino y lo mujeril, etc. Son matices de extraordinaria importancia para la convivencia, cuyo descuido torna incompresible el misterio de la mujer y obstruye su labor humanizadora.

A continuación proponemos, sin pretensiones de exhaustividad, algunos aspectos de este corazón-intimidad o “concepto fuerte”: Morada interior y lugar del encuentro.

Con la analogía de la “profundidad”, “ahondamiento”, etc., a que alude la palabra intimidad (de ‘intimus’, superlativo del latín ‘interior’) evocamos aquella distancia que hay entre el ser y el aparecer: siempre soy más de lo que parezco, aún no soy quien debo, mi espíritu redunda más allá de mi cuerpo, etc. En este sentido necesitamos hablar de un “dentro” o “centro escondido” para referirnos a la verdad de la persona: eso es el corazón. De ahí que el Catecismo de la Iglesia, recogiendo una tradición milenaria, lo describa como “morada donde habito y me adentro” (cfr n. 2563). Se trata de una interioridad vivificante, como la del corazón fisiológico: no se ve pero da vida a lo que se ve. Es, pues, el lugar donde la persona late y mana, desde donde vive. También lo llama el Catecismo “lugar del encuentro” porque permite a los amigos ser morada el uno para el otro, inhabitar recíprocamente, hasta el punto de exclamar: “¡qué alegría vivir sintiéndose vivido!” (Pedro Salinas). La traducción externa de esta vivencia íntima la constituye el arte de la hospitalidad, que es una cierta plasmación visible del propio corazón.

De lo dicho deducimos que el corazón realiza en su sentido más puro el concepto de “habitar”. ¿Qué significa esta palabra sino “existir para adentro y desde dentro”? No en vano su etimología latina (frecuentativo de ‘habeo’, haber) pone en relación las siguientes palabras: a) ‘habitación’, como creación de la arquitectura y la decoración; b) ‘haber’, como sinónimo de ‘tener’, por ejemplo utensilios y herramientas; c) ‘hábito’, como sinónimo de vestido, indumentaria; d) ‘hábito’ como virtud, autodominio, fuerza moral. Estos haberes proceden todos de la habitación última y radical que es el corazón.

Órgano de la integración.


A diferencia del concepto débil o psicologista, el fuerte se inserta en una verdadera teoría del amor, pues es el amor el que revela la intimidad, la ahonda y la orienta al don de sí. A la luz del amor, fuerza integradora y reveladora por excelencia, el hombre aparece en su concreción y singularidad, en su proyección histórica y en su dramatismo. La vida, en efecto, se hace intensa cuando se vive de corazón. Esta plenitud o excelencia viene dada por tres movimientos, que constituyen su latido: integrarse por las virtudes, conocerse por el diálogo, darse por el amor. En estos tres actos, simultáneos e interdependientes, se afianza el totum humano: carne y espíritu, memoria y proyecto, tiempo y eternidad.

A partir de este proceso de integración “hacia dentro” se abre de modo natural otro “hacia fuera”, configurando la convivencia y la cultura. En efecto, el temple ético, la lucha ascética, la finura de espíritu (integración hacia dentro), hacen a la persona capaz de conciliar categorías y órdenes aparentemente incompatibles (integración hacia fuera): lo abstracto y lo imaginario, lo femenino y masculino, lo público y lo privado, lo familiar y lo profesional, el trabajo y el descanso, lo práctico y lo teórico, etc. Y lo logra además actuando “de corazón”, mediante una bien entrenada espontaneidad, que es al mismo tiempo dominio de sí y don de Dios.



Organo del sentido.


En el corazón la verdad comparece en forma de sentido, que no es lo mismo que sentimiento. El sentido es “lo que las cosas quieren decir”: a qué llaman, qué preguntan, adónde llevan. Ciertamente está expuesto a ofuscaciones y engaños, consecuencia del pecado, pero eso no impide al corazón ser el órgano del sentido. Con él alcanzamos niveles de verdad inaccesibles a la razón abstracta: hay cosas, en efecto, que sólo entendemos cuando lloramos, reímos, contemplamos, besamos, jugamos, descansamos, soñamos...; y son, además, las fundamentales de la vida.

Para captar el sentido hay que tomarse en serio la realidad, lo cual no es tan fácil como parece: hay que aceptarla como viene, asumirla sin deformarla, arriesgarse a ella, responderla con honradez. Sólo un corazón bien templado es capaz de sentir la verdad, que es el modo más perfecto de comprenderla: si no hiere ni acaricia ni apremia, en una palabra, si no es dramática, apenas es una verdad sino un dato.

Pero pocas veces sentido y sentimiento coinciden. Se requiere, además de un severo ejercicio de sinceridad, cierta conversión interior. A esto se refiere la antítesis carne/piedra de la que habla la Sagrada Escritura (Ezequiel 11, 19; 36, 26). La expresión “corazón de piedra”, en contra de lo que parece, no se refiere al hombre de carácter frío y duro sino al embotado por el vicio, insensible para el misterio, aunque sea psicológicamente emocionable y sentimental. E inversamente ocurre con el “corazón de carne”, imagen que profetiza la perfecta Humanidad de Cristo en la que estamos llamados a participar.

Es de notar que la plenitud de lo humano se expresa aquí en términos de ternura para el sentido, netamente diversa de la “ternura sentimental”. En efecto, la experiencia sensible de la verdad es señal de cierta integración cuerpo-espíritu, aunque sea esporádica e imperfecta, que experimentamos como un don. Así ocurre en la contemplación mística (“conocimiento sabroso e intuitivo de la verdad”, “simplex intuitus veritatis”), a la que está llamado el cristiano corriente.

La distinción entre “ternura para el sentido” y “ternura sentimental” es de capital importancia para apreciar la perspectiva femenina de la ética, librándola de prejuicios inveterados. Esta perspectiva se caracteriza por: a) La mujer discierne mejor entre “dato” y “sentido”, verdad de algo y verdad de alguien; el varón en cambio suele interpretar la “ternura para el sentido” como “blandura emocional”. b) La mujer comprende de manera más honda y espontánea la dimensión estética de la vida y por tanto su ingrediente contemplativo.

Como resumen de todo lo expuesto transcribimos el punto n. 2563 del Catecismo de la Iglesia Católica, que formula con excepcional claridad lo que aquí hemos llamado “concepto fuerte” de corazón:

“El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo "me adentro"). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza”.

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"Corazón sacratísimo de Jesús, paciente y de infinita misericordia, ten piedad de nosotros. Corazón sacratísimo de Jesús, lleno de bondad y de amor, ten piedad de nosotros. Corazón sacratísimo de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo, ten piedad de nosotros. Corazón sacratísimo de Jesús, esperanza de los que en Ti mueren, ten piedad de nosotros...».

4/10/12

SAN FRANCISCO DE ASÍS Y LA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA

Leído en FRANCISCANOS
LA ESPIRITUALIDAD DE SAN FRANCISCO
DE ASÍS
por Gratien de París, o.f.m.cap.


Advertimos al lector que, del amplio aparato de notas que lleva el libro, aquí suprimimos muchas de ellas, así como las numerosas referencias bibliográficas.
Al descender la gracia divina sobre una naturaleza tan bien provista de dones intelectuales y tan adornada de cualidades físicas y morales como la de Francisco, debía producir una espiritualidad en extremo fecunda. Fue tal la influencia ejercida por esta espiritualidad en el movimiento franciscano y por él en la vida religiosa de los siglos posteriores, que es indispensable conocerla bien a fondo.
Elementos esenciales de toda vida espiritual son: 1.º, un ideal particular; 2.°, un conjunto de ideas y sentimientos que de él derivan; 3.°, caracteres que la especifiquen; 4.°, frutos que le sean propios.
Nuestra vida espiritual consiste en tender a la perfección, o lo que es lo mismo, en esforzarnos por conseguir nuestro fin mediante la unión con Dios según la doctrina de Jesucristo. Desde los primeros días de la Iglesia no han cesado sus obispos y doctores de presentarnos a Jesús como el modelo acabado del cristianismo, y de explicarnos en sus sermones y en sus comentarios a la Santa Escritura las funciones y los fundamentos de la vida espiritual. Difícilmente se hallará algo más variado que la aplicación de estos principios, porque aun cuando la doctrina predicada y practicada por Cristo es necesariamente el ideal a que todas las almas cristianas deben aspirar, ni todas se inspiran en ella de la misma manera, ni todas beben el amor de Dios en la misma fuente principal, ni producen todas idénticos frutos. De ahí esa maravillosa diversidad de espiritualidades en el seno de la Iglesia Católica.
I. Ideal de San Francisco
Las diversas fases de la conversión de San Francisco nos hicieron ya asistir a la génesis de su ideal. Primeramente, una fe viva y sencilla iluminó su alma, no bien el sentimiento religioso se hubo despertado en ella; bajo los rayos de esta luz, el temor de Dios y el arrepentimiento se apoderaron de él. Más tarde, la visión de Jesús Crucificado enciende en su corazón un amor ardiente, que le comunica la valentía necesaria para someterse a las purificadoras pruebas del propio renunciamiento, ineludible preliminar de toda vida perfectamente cristiana. Y, por último, este encendido amor le lleva a la imitación de Cristo. El amor fue quien reveló a Francisco -que no había cursado las escuelas teológicas- las excelencias y grandezas del dogma de la Encarnación. Que de él estaba plenamente penetrado, nos lo dicen sus cartas, sus reglas, sus admoniciones casi en cada una de sus páginas. El Verbo hecho carne es el centro de su vida: Jesús, el Hijo de Dios, es para él en verdad el mediador entre Dios y los hombres, el autor de nuestra salvación, el fundamento de nuestra esperanza, Aquel por quien y en quien es necesario orar, el camino, la verdad y la vida, la luz del mundo... nuestro modelo.
Imitar a Cristo, será, pues, el ideal de San Francisco de Asís. Su principal deseo, dice Tomás de Celano, su intención más elevada y su resolución suprema, era el observar en todas las cosas el santo Evangelio, practicar la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, seguir sus huellas e imitar sus ejemplos (1 Cel 84). «¡Oh, cristianísimo varón -exclama San Buenaventura-, que en su vida trató de configurarse en todo con Cristo viviente, que en su muerte quiso asemejarse a Cristo moribundo y que después de su muerte se pareció a Cristo muerto! ¡Bien mereció ser honrado con una tal explícita semejanza!» (1).
San Francisco no se contenta ni con una imitación parcial o puramente externa, ni con una fácil y remota semejanza. Su constante ambición fue la de evitar el fariseísmo y profesar una religión verdaderamente interior. «El espíritu de la carne -decía- quiere y se esfuerza mucho en tener palabras, pero poco en las obras; y no busca la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres» (1 R 17). «¡Ay de aquellos que se contentan de solas las apariencias de vida religiosa!» (2 Cel 157). Para él, imitar a Cristo no consiste solamente en regular su conducta tomando por norma de vida los preceptos y consejos evangélicos más o menos mitigados por los consejos de la prudencia humana, sino en hacer suyas propias las ideas de Cristo, en sentir y pensar como Él pensaba y sentía y obrar como Él obraba.

14/9/12

HOY 14 DE SEPTIEMBRE


Visto en BLOG DE RADIO SAN MIGUEL ARCÁNGEL

EXALTACIÒN DE LA SANTA CRUZ





Crux mihi certa salus

Crux est quam semper adoro

Crux Dómini mecum

Crux mihi refugium

Orémus
Deus, qui nos hodierna die exaltationis Sanctae Crucis annua solemnitate laetificas: praesta, quaesumus; ut cuius mysterium in terra cognovimus, eius redemptionis praemia in coelo mereamur.
Per eúmdem Christum Dominum nostrum...Amen

8/9/12

CUMPLEAÑOS DE NUESTRA SEÑORA SANTÍSIMA, NUESTRA MADRE DEL CIELO


Leído en MILES CHRISTI

MARÍA SANTÍSIMA HABLA SOBRE SU NATIVIDAD

 Natividad de Santa María (anónimo)

A un alma escogida, llamada Agustín del Divino Corazón, la Santísima Virgen le reveló detalles desconocidos de Su vida. Y hoy, con motivo de la fiesta de su Natividad, los queremos compartir con vosotros. (Tomado del libro "MARÍA, ARCA DE LA SALVACIÓN")

Mi madre, Ana, sufrió desplantes, agravios y burlas por su infertilidad; mi padre padeció el desprecio de uno de los sacerdotes cuando llegó al templo a presentar una ofrenda.Mis padres, siendo tan buenos sufrieron al verse señalados, al sentirse criticados, relegados.

Joaquín, mi Padre, se dirigió al lugar más alejado de sus rebaños, cerca de la montaña del Hermón, montaña hermosa, adornada de verdes pastizales, sembrada de esplendidos árboles frutales. Allí permaneció triste y apesadumbrado por algún tiempo.La angustia de Ana, mi madre, fue extrema al ver que no regresaba. 

Mi madre sumida en la aflicción, rogaba a Dios que al menos su buen esposo volviera, así quedara estéril, pero se le apareció un Ángel diciéndole que el Señor había oído su oración, oración que subió como incienso a la Casa de Padre, oración que le cambiaría la vida porque en Jerusalén a la entrada del Templo, bajo la puerta dorada, del lado del valle de Josafat encontraría a Joaquín, oración que allí sería escuchada, ofrenda que ahora sí sería bien recibida, porque en su vientre empezaba a florecer una azucena pura de hermosura sin igual. 

Mi madre agradeció a Dios por sus beneficios, regresó a su casa con su corazón rebosante de alegría. Después de mucho orar se quedó dormida pero un rostro luminoso, junto a ella, le hizo despertar; ser celestial que escribía con letras de oro y letras rojas brillantes que su fruto sería único, que la fuente de esa concepción era la bendición recibida de Abraham. Su vientre contenía el vaso más purísimo, su vientre se abría para recibir un fruto santísimo, fruto que de capullo pasaría a ser la rosa más preciosa de cualquier jardín, rosa que perfumaría el mundo entero con la exquisitez de su aroma.

Como se acercaba mi alumbramiento, mi madre se arrodilló y recitó un cántico, y oró profunda y largamente. De pronto un resplandor celestial llenó la habitación, moviéndose alrededor de Ana, mi madre. La luz tomó la forma de la zarza que ardía junto a Moisés sobre el monte Horeb. La llama penetraba el interior de mi madre. Al instante ella me recibía en sus brazos, me envolvió en su manto y me apretó contra su pecho. Y las mujeres que la acompañaban entonaron juntas un canto de acción de gracias. Mi madre me levantó en el aire para ofrecerme a Dios y la habitación se inundó de luces multicolores y se escuchaba a los Ángeles que cantaban.

Más tarde entró Joaquín, mi padre, y arrodillándose lloró de alegría porque sabía que la recién nacida era un portento de Dios para la humanidad. Me tomó en sus brazos y entonó un cántico de alabanza, cántico que resonaba armoniosamente, cántico de júbilo porque su corazón estaba rebosado de la presencia de Dios, cántico acompañado de las flautas y de las cítaras de los Santos Ángeles, Ángeles que sabían que la niña acabada de nacer era un prodigio de la mano de Dios porque cambiaría el transcurso de la historia. De ella se hablaría por generaciones sin fin.

Hijos míos, os narro parte de mi vida para que comprendáis la elección que hizo Dios en Mí desde mucho antes de nacer. Abrid vuestros ojos y reconoced el gran misterio de mi Inmaculada Concepción.

27/8/12

LA COMUNIÓN QUE SANTIFICA EL ALMA


La Comunión que santifica el alma y la que la deja indiferente
"El fruto de una buena comunión consiste en el temor al pecado, al interior;
en la bondad para todos, en lo exterior”
La comunión es por sí sola santificante; pero no produce estos efectos más que cuando el alma está bien dispuesta. El fuego, por naturaleza es consumidor y abrasador; pero no produce estos efectos sino cuando los cuerpos donde se arroja pueden ser consumidos o abrasados. Echadlo sobre el mármol, no se consumirá; echadlo en el agua se apagará…
El alma a quien santifica la comunión es:
El alma fervorosa que se afianza observando los mandamientos de Dios con la práctica habitual de sencillos consejos, que no vacila jamás cuando se trata de cumplir un deber.
El alma que con frecuencia se da cuenta de lo que está permitido, a fin de precaverse contra lo prohibido.
El alma que no trata de averiguar si lo que le prohiben es pecado, pues se contenta con saber que no puede hacerlo, o sencillamente que tal acto o tal pensamiento pueden desagradar a Dios.
El alma a quien la gracia encuentra dócil a su voz, y casi insensible a los encantos del mundo; que se habitúa en los momentos de duda a volverse rápidamente a Dios, y que por santa costumbre, tiene su corazón constantemente levantado hacia Dios.
El alma caritativa y pacífica que se compadece fácilmente de todo lo que sufren las almas que la rodean; que olvida pronto lo que la hacen sufrir; a quien edifican las virtudes de los demás; que no se escandaliza de las flaquezas de que se da cuenta.
El alma humilde y modesta que da buen ejemplo sin pretender ser alabada; que en todo anhela agradar a Dios y vivir ignorada de todos; que no le atormenta ver que se engrandecen los demás, mientras ella permanece en la esfera modesta en donde Dios la ha colocado.
El alma que sigue rectamente su camino llorando algunas veces, sufriendo otras, a menudo, pero sin inquietarse jamás, porque está en manos de Dios.
El alma que después de una falta grave, se humilla, se mortifica, se vuelve más vigilante, se confiesa, y torna a reanudar su vida tranquila y habitual.
*
El alma a quien la comunión deja indiferente; es el alma disipada que está llena de frivolidades y que ocupa su espíritu en bagatelas y vanidades, que se divierte en conversaciones fútiles, y que no encuentra momento para recogerse; alma curiosa, indiscreta, satírica, que emplea su caridad en censura de los vicios y todo su celo en publicarlos.
Alma tan acostumbrada a juzgar mal al prójimo como bien a sí misma, demasiado modesta para ver en ella algún defecto que reprocharse, y excesivamente envidiosa al hallar algún mérito que tener que elogiar en las otras.
Alma floja, ociosa, delicada, vanidosa, pronta, impaciente, caprichosa, que deja siempre por donde pasa, una idea falsa de lo que es la devoción.
Alma presuntuosa que no estima santo más que lo que ella quiere, bueno lo que ella hace, juicioso lo que ella piensa, prudente lo que ella aconseja.
Alma cuya devoción es completamente externa, que multiplica las prácticas piadosas sin pensar en reformar su interior; cuya devociónes afectuosa, más que nada, no deseando ni buscando sino sentimientos tiernos y conmovedores, y desesperándose cuando no se siente emocionada.
Alma rutinaria, que comulga por que las demás comulgan, que hace una cosa porque la ha hecho siempre, y que se jacta de ser siempre la misma, porque no altera ni el número de sus oraciones ni las veces que comulga.
*
Examínate, hija mía; no es preciso tener todas las virtudes indicadas, para que la comunión santifique; uno solo de estos actos que acabas de leer, practicados fielmente durante mucho tiempo bastará para preparar tu alma  y para que saque frutos copiosos de la comunión.
FUENTE: Abate Silvano. “El libro de piedad de la juventud femenina en el colegio y en la familia”. Aviñon. Aubanel Hermanos, editores. Págs.504-507

25/8/12

A NUESTRO SEÑOR EN EL CALVARIO




En esta tarde, Cristo del Calvario, 
vine a rogarte por mi carne enferma; 
pero, al verte, mis ojos van y vienen 
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados, 
cuando veo los tuyos destrozados? 
¿Cómo mostrarte mis manos vacías, 
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad, 
cuando en la cruz alzado y solo estás? 
¿Cómo explicarte que no tengo amor, 
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada, 
huyeron de mí todas mis dolencias. 
El ímpetu del ruego que traía 
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada, 
estar aquí, junto a tu imagen muerta, 
ir aprendiendo que el dolor es sólo 
la llave santa de tu santa puerta.

22/8/12

DEVOCIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA




Por devoción al Inmaculado Corazón de María, en latín cor immaculatum, los católicos entienden una especial consagración (devoción viene del latín devovere que significa consagrarse, ofrecerse) que está relacionada con las apariciones - que la Iglesia Católica considera verdaderas - que se produjeron en la localidad portuguesa de Fátima.

Sin embargo, hay indicios y menciones al corazón de la madre de Jesús de Nazaret en diversos padres de la Iglesia, textos que son retomados en el siglo XVII, como consecuencia del movimiento espiritual que procedía de San Juan Eudes (1601-1680), misionero francés fundador de los Eudistas.

Historia de la devoción al Inmaculado Corazón de María


Tres pastores de Portugal llamaron la atención declarando que la Virgen María se les presentó dejando mensajes que luego serían dados a conocer al mundo entero de boca de Sor Lucía, estas presentaciones de la Virgen fueron en seis oportunidades.

En diciembre del año 1925 la Virgen Santísima se le apareció a Lucía dos Santos, vidente de Fátima, y le prometió asistir a la hora de la muerte, con las gracias necesarias para la salvación, a todos aquellos que en los primeros sábados de cinco meses consecutivos, se confesasen, recibieran la Sagrada Comunión, rezasen una tercera parte del Rosario, con la intención de darle reparación.

En la tercera aparición, la Virgen de Fátima le dijo a Lucía:
Nuestro Señor quiere que se establezca en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado. Si se hace lo que te digo se salvarán muchas almas y habrá paz; terminará la guerra... Quiero que se consagre el mundo a mi Corazón Inmaculado y que en reparación se comulgue el primer sábado de cada mes... Si se cumplen mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz... Al final triunfará mi Corazón Inmaculado y la humanidad disfrutará de una era de paz.

La pequeña Jacinta presentía que llegaría su final en el mundo y, en una conversación con Lucía, ella, que apenas contaba con diez años, dijo:
A mí me queda poco tiempo para ir al Cielo, pero tú te vas a quedar aquí abajo para dar a conocer al mundo que nuestro Señor desea que se establezca en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Diles a todos que pidan esta gracia por medio de ella y que el Corazón de Jesús desea ser venerado juntamente con el Corazón de su Madre. Insísteles en que pidan la paz por medio del Inmaculado Corazón de María, pues el Señor ha puesto en sus manos la paz del mundo.

Consagración del mundo e institución de la fiesta


El 31 de octubre de 1942 cuando estaba en pleno auge la II Guerra Mundial, el papa Pío XII, al clausurarse la solemne celebración en honor de las apariciones de Fátima, conforme al mensaje de éstas, consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María.

Ante tu trono nos postramos suplicantes, seguros de alcanzar misericordia, de recibir gracias y el auxilio oportuno... Obtén paz y libertad completa a la Iglesia santa de Dios; detén el diluvio del neopaganismo; fomenta en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y del celo apostólico, para que los que sirven a Dios aumenten en mérito y número.

San Juan Eudes fue quien promovió la celebración litúrgica del Inmaculado Corazón de María; los papas León XIII y Pío X dieron a este santo el nombre de padre, doctor y primer apóstol de la devoción, en especial al culto litúrgico de a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Este santo consagró de manera particular a los religiosos de su congregación.

La fiesta del Corazón de María se celebró de manera pública y por primera vez en la historia el 8 de febrero de 1648 en la catedral de la ciudad de Autun: la misa y los oficios fueron compuestos por Juan Eudes y aprobados por el obispo diocesano. Varios obispos de Francia aprobaron los textos litúrgicos pero los jansenistas estaban en completo desacuerdo.

Para el año 1668, el día 2 de junio la fiesta y también los textos litúrgicos tuvieron la aprobación del cardenal legado para Francia, aunque al año siguiente se pidió a Roma la ratificación, pero la Congregación de Ritos dio una respuesta negativa.

En diferentes ocasiones se pidió a la Santa Sede la aprobación de la fiesta, una de ellas fue hecha como petición formal por el padre jesuita Gallifet en el 1726; esta causa fue tratada por Prospero Lambertini. La Congregación de Ritos llegó a responder por primera vez en 1727 con un non proposita, pues presentaba dificultades doctrinales. Luego de esta respuesta, Gallifet sin perder esperanzas vuelve a enviar la petición, pero para esta ocasión la respuesta fue oficialmente tajante y negativa, era el 30 de julio de 1729.

Siendo papa Pío IX, en 1855, la Congregación de Ritos aprobó para la celebración del Corazón de María nuevos textos para la misa y el oficio, utilizando algunas partes de los de san Juan Eudes. En 1914, con ocasión de la reforma del misal romano, la fiesta del Corazón de María fue trasladada del cuerpo del misal a un apéndice del mismo, entre las fiestas pro aliquibus locis.

Hubo muchas peticiones para que esta fiesta se extendiera a toda la Iglesia, en especial las peticiones de los Claretianos.

El 31 de octubre de 1942 y luego, de manera solemne, el 8 de diciembre en la Basílica de San Pedro, cumpliéndose el 25 aniversario de las apariciones de Fátima, Pío XII consagró la Iglesia y el género humano al Inmaculado Corazón de María.

El 4 de marzo de 1944, con el decreto Cultus liturgicus, el pontífice extendió a toda la Iglesia latina la fiesta litúrgica del Inmaculado Corazón de María, y asigno como día propio el 22 de agosto, que es la octava de la Asunción, y elevándola a rito doble de segunda clase.

Oración (acto de consagración al Inmaculado Corazón de María)


Oh, Virgen mía, Oh, Madre mía, yo me ofrezco enteramente a tu Inmaculado Corazón
y te consagro mi cuerpo y mi alma, mis pensamientos y mis acciones.
Quiero ser como tú quieres que sea, hacer lo que tú quieres que haga.
No temo, pues siempre estás conmigo.
Ayúdame a amar a tu hijo Jesús, con todo mi corazón y sobre todas las cosas.
Pon mi mano en la tuya para que esté siempre contigo. Amén.


Visto en WIKIPEDIA